A medida que el Ártico se calienta a un ritmo mucho más acelerado que el resto del planeta, sus paisajes están cambiando de forma inesperada. Donde antes había suelo helado y rocas estériles, ahora crecen nuevos ecosistemas húmedos capaces de capturar carbono. Las turberas se están extendiendo y, aunque por ahora ayudan, su expansión es una moneda al aire para el futuro del clima.
Un ecosistema en expansión gracias al deshielo

Un estudio reciente publicado en Communications Earth and Environment confirma que las turberas árticas han aumentado considerablemente su superficie en los últimos 40 años. Investigadores de distintas universidades analizaron imágenes satelitales, datos de drones y observaciones directas en terreno para entender este fenómeno, que se da sobre todo en zonas donde el verano se ha vuelto más cálido, como el archipiélago de Svalbard, al norte de Noruega.
El secreto está en el permafrost. A medida que este suelo permanentemente congelado comienza a descongelarse, libera agua que permite que la vegetación vuelva a crecer. Esto crea las condiciones ideales para que se formen turberas: terrenos húmedos donde la materia orgánica se acumula sin descomponerse por completo, atrapando enormes cantidades de carbono.
Según los expertos, muchas de estas nuevas superficies vegetalizadas actúan ya como sumideros naturales, capturando CO₂ de la atmósfera de forma activa. Pero este proceso no es inmediato ni del todo estable.
De aliado climático a posible amenaza

Las turberas recién formadas también emiten metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente que el dióxido de carbono. Sin embargo, tras un periodo prolongado de humedad, estas emisiones se estabilizan, y la turbera empieza a funcionar como una trampa de carbono altamente eficiente.
El verdadero riesgo, advierten los científicos, es que olas de calor extremas o incendios forestales desestabilicen este delicado equilibrio. Si las turberas se secan, podrían liberar todo el carbono acumulado durante décadas, convirtiéndose en una amenaza climática en lugar de un recurso.
Karen Anderson, de la Universidad de Exeter, resume la paradoja: “A corto plazo, estas nuevas turberas nos ayudan. Pero a largo plazo, si no reducimos nuestras emisiones, podrían volverse en nuestra contra”.