Nadie puede oler el espacio directamente. No hay aire que transporte las moléculas hasta la nariz y, sin traje, la exposición al vacío sería letal en segundos. Sin embargo, la ciencia encontró maneras indirectas de responder una pregunta que parece infantil pero que dice mucho sobre la química del universo: ¿a qué huele el cosmos?
Las respuestas son sorprendentes. Algunas regiones de nuestra galaxia contienen moléculas asociadas al aroma del ron y al sabor de las frambuesas. Otras, mucho más cercanas, desprenden gases que recuerdan a huevos podridos, establos y almendras amargas.
Una nube de gas con aroma a ron

A unos 26.000 años luz de la Tierra, cerca del centro de la Vía Láctea, se encuentra Sagitario B2, una enorme nube molecular de gas y polvo donde nacen estrellas. Es uno de los grandes laboratorios químicos de la galaxia: allí los astrónomos identificaron decenas de moléculas orgánicas distintas.
En 2009, un equipo liderado por Arnaud Belloche, del Instituto Max Planck de Radioastronomía, junto a Robin Garrod, de la Universidad de Cornell, y Holger Müller, de la Universidad de Colonia, analizó esa nube con el radiotelescopio de 30 metros del IRAM, ubicado en el Pico Veleta, en Sierra Nevada, España. En la revista Astronomy & Astrophysics, reportaron la detección de dos moléculas complejas: el cianuro de n-propilo y el formiato de etilo.
Esta última es la protagonista de la historia. En la Tierra, el formiato de etilo es uno de los compuestos responsables del sabor de las frambuesas y tiene un olor que recuerda al ron. Por eso, los investigadores bromearon con que el centro de la galaxia “huele a ron y sabe a frambuesa”. Más allá de la anécdota, el hallazgo fue importante porque demostró que en el espacio pueden formarse moléculas orgánicas de gran complejidad, algunas emparentadas con los ingredientes químicos de la vida.
Lo que cuentan los astronautas
Los astronautas son los únicos humanos que tuvieron algo parecido a un contacto olfativo con el espacio. Tras las caminatas espaciales, al volver a la esclusa y quitarse el casco, muchos notaron un olor particular impregnado en los trajes y equipos. Thomas Jones lo describió como ozono, ligeramente acre, similar a pólvora quemada o a equipos eléctricos. Don Pettit lo comparó con los humos de soldadura, con un matiz dulce y agradable.
En la Luna la experiencia fue parecida. Los astronautas del programa Apolo notaron que el polvo lunar que se colaba en el módulo tenía un olor intenso. Buzz Aldrin lo asoció con carbón quemado y Harrison Schmitt, geólogo del Apolo 17, con pólvora recién disparada. Curiosamente, el polvo lunar no contiene pólvora: los científicos creen que el aroma se debe a reacciones químicas del material al entrar en contacto con el oxígeno y la humedad de la cabina.
Un cometa que huele a huevo podrido

El caso más completo de “olfato espacial” llegó con la misión Rosetta de la Agencia Espacial Europea, que orbitó el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko entre 2014 y 2016. Su instrumento ROSINA, un espectrómetro capaz de identificar las moléculas del gas que rodea al cometa, permitió reconstruir su perfume. El resultado no fue agradable.
Según el equipo de Kathrin Altwegg, de la Universidad de Berna, responsable del instrumento, el cometa despide sulfuro de hidrógeno, con olor a huevo podrido; amoníaco, similar al de un establo; cianuro de hidrógeno, con aroma a almendras amargas; dióxido de azufre, que recuerda al vinagre, además de formaldehído y disulfuro de carbono. En conjunto, una combinación poco recomendable para cualquier nariz.
Urano, el planeta más maloliente
El sulfuro de hidrógeno también aparece mucho más cerca. En 2018, un equipo liderado por Patrick Irwin, de la Universidad de Oxford, usó el telescopio Gemini Norte, en Hawái, para analizar la luz reflejada por las nubes altas de Urano. Como explicó la NASA, los investigadores confirmaron que esas nubes contienen sulfuro de hidrógeno, el gas que da a los huevos podridos su olor característico.
Eso sí, olerlo sería el menor de los problemas. Un humano que descendiera por la atmósfera de Urano moriría asfixiado por el hidrógeno, el helio y el metano, y congelado a temperaturas cercanas a los 200 grados bajo cero, mucho antes de preocuparse por el aroma.
Al final, el “olor del espacio” es una forma divertida de hablar de algo serio: la química cósmica. Cada molécula detectada en una nube, un cometa o un planeta ayuda a entender cómo se formaron los ingredientes que, en al menos un rincón del universo, terminaron dando origen a la vida.