Entrar en una habitación y olvidar para qué se fue, perder momentáneamente el hilo de una conversación o necesitar más tiempo para concentrarse son situaciones bastante habituales en la mediana edad. Aunque pueden despertar preocupación, no siempre significan que el cerebro esté siguiendo un camino inevitable hacia el deterioro. La investigación científica muestra que este órgano conserva una capacidad sorprendente para adaptarse y modificar algunas de sus estructuras y funciones. Y ciertos cambios relacionados con hábitos cotidianos podrían ser, al menos en parte, reversibles.
El cerebro conserva una capacidad que cambia las reglas
Esa posibilidad está relacionada con la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para adaptarse, aprender, reorganizarse y recuperarse parcialmente después de determinadas lesiones o cambios.
Barbara Sahakian, profesora de neuropsicología clínica de la Universidad de Cambridge, explicó que esta capacidad continúa durante la edad adulta. Puede manifestarse de diferentes maneras. La neuroplasticidad estructural implica modificaciones físicas, como la formación de nuevas conexiones entre neuronas, mientras que la funcional permite que determinadas regiones asuman o redistribuyan funciones cuando otras resultan afectadas.
Esto no significa que cualquier daño cerebral pueda desaparecer ni que modificar un hábito garantice una recuperación completa. La magnitud y duración del daño son factores importantes. Sin embargo, algunas investigaciones indican que determinadas mejoras pueden comenzar a observarse en cuestión de semanas y continuar durante meses.
El alcohol es uno de los ejemplos más estudiados. Anya Topiwala, investigadora clínica de la Universidad de Oxford, participó en investigaciones que encontraron una relación entre un mayor consumo de alcohol y una reducción del volumen del hipocampo, una estructura esencial para la memoria.
El consumo prolongado y elevado también se ha relacionado con cambios en la materia gris y blanca, fundamentales para diferentes procesos cognitivos y para la comunicación entre regiones cerebrales. Lo interesante aparece cuando se observa qué ocurre después de abandonar el alcohol.
Según la evidencia recopilada por The Telegraph, algunos procesos de recuperación pueden comenzar pocos días o semanas después de dejar de beber y extenderse durante seis a 12 meses o incluso más. Una revisión de personas con trastorno por consumo de alcohol encontró que, después de siete meses de abstinencia, aumentó significativamente el grosor cortical en 25 de las 34 regiones analizadas.
En casos de dependencia alcohólica, sin embargo, abandonar el consumo de manera repentina puede ser peligroso y debe realizarse con supervisión profesional.
Moverse puede cambiar algo más que los músculos
El ejercicio aparece como otra de las herramientas con potencial para favorecer la salud cerebral. En un ensayo con 120 adultos mayores sedentarios, los participantes fueron divididos entre un grupo que realizó ejercicio aeróbico y otro que practicó estiramientos y ejercicios de tonificación.
Después de un año, quienes realizaron actividad aeróbica habían aumentado aproximadamente un 2% el volumen del hipocampo. Los investigadores estimaron que ese incremento podía equivaler a recuperar aproximadamente uno o dos años de reducción relacionada con el envejecimiento.
La explicación podría estar relacionada, entre otros mecanismos, con el aumento del flujo sanguíneo provocado por el ejercicio cardiovascular. Una mayor circulación permite transportar oxígeno y nutrientes hacia el cerebro.
Pero el entrenamiento no tiene por qué limitarse a caminar, correr o andar en bicicleta. Investigaciones recientes también han relacionado el entrenamiento de fuerza regular con mayores niveles de BDNF, una proteína vinculada a procesos de neuroplasticidad. Además, se han observado asociaciones con cambios en la conectividad funcional y con determinados aspectos de la memoria.
La actividad física, por tanto, no solo representa una estrategia para cuidar el corazón o mantener la masa muscular. También puede formar parte de una rutina destinada a preservar la capacidad del cerebro para adaptarse.
Aprender mantiene al cerebro fuera de su zona cómoda
La estimulación intelectual constituye otra pieza importante. Aprender un idioma, comenzar a tocar un instrumento o adquirir una habilidad completamente nueva obliga al cerebro a establecer y reforzar conexiones.
Sahakian recomienda dedicar unos 20 o 30 minutos, entre tres y cuatro veces por semana, a una actividad que todavía no se domine y que suponga un verdadero desafío.
La idea no es simplemente entretenerse, sino enfrentarse a algo que exija atención, memoria y aprendizaje. Un estudio realizado con estudiantes de Medicina observó cambios significativos en el volumen de una zona del hipocampo entre una evaluación realizada semanas antes de los exámenes finales y otra posterior.
Esto sugiere que el aprendizaje intenso puede producir modificaciones medibles incluso en períodos relativamente cortos.
Dejar de fumar también puede cambiar la trayectoria
El tabaco representa otro de los hábitos relacionados con el deterioro cerebral. Fumar afecta los vasos sanguíneos que suministran oxígeno y nutrientes al cerebro y está relacionado con procesos de inflamación y estrés oxidativo.
Un análisis de datos del UK Biobank encontró una fuerte asociación entre el antecedente de fumar diariamente y un menor volumen cerebral. Sin embargo, abandonar el hábito podría modificar parte de esa trayectoria.
Mikaela Bloomberg, investigadora principal del University College London, señaló que algunos cambios neuroquímicos asociados al tabaquismo crónico pueden comenzar a acercarse a los niveles observados en personas que no fuman durante las semanas y meses posteriores al abandono.
Además, una investigación publicada en 2025, basada en más de 9.000 fumadores de 40 años o más, encontró que quienes habían dejado de fumar experimentaban una disminución más lenta de la memoria y la fluidez verbal durante los años siguientes que quienes continuaban fumando.
La alimentación completa el rompecabezas
La dieta también puede influir en el mantenimiento de las funciones cerebrales. Entre los patrones estudiados se encuentra la dieta MIND, que combina elementos de las dietas mediterránea y DASH.
Su enfoque prioriza verduras, frutos rojos, cereales integrales, legumbres, frutos secos y pescado graso, mientras limita alimentos como la carne roja y los productos ultraprocesados.
En un ensayo realizado con 37 mujeres con obesidad, seguir este patrón alimentario durante tres meses se relacionó con mejoras en memoria, reconocimiento verbal y atención. También se observó un aumento del volumen de una región del lóbulo frontal relacionada con el lenguaje y el control de los impulsos.
La conclusión general es prudente, pero alentadora: el cerebro adulto no es una estructura completamente fija. Reducir hábitos perjudiciales, mantenerse físicamente activo, aprender cosas nuevas, dejar de fumar y mejorar la alimentación pueden contribuir a modificar algunos procesos asociados con el envejecimiento cerebral. No se trata de recuperar mágicamente un cerebro joven, sino de aprovechar una capacidad que permanece activa mucho después de la juventud.