La historia de la vida en la Tierra suele contarse desde dentro: erupciones, choques de continentes, impactos que oscurecieron el cielo. Pero un equipo de astrofísicos de la Universidad de Keele acaba de añadir un actor externo que hasta ahora parecía improbable: las supernovas cercanas.
Al reconstruir el vecindario interestelar de los últimos 500 millones de años, creen haber identificado un patrón inquietante. Dos grandes extinciones no empezaron aquí abajo, sino a años luz de distancia.
El rastro invisible que dejó una explosión estelar

Durante algunas décadas, la cronología de la vida parecía encajar con explicaciones puramente geológicas. El final del Ordovícico y el declive del Devónico tardío —dos crisis que borraron más del 60% de las especies marinas— se atribuían al clima, a glaciaciones repentinas o a desequilibrios en los océanos.
Pero faltaba una pieza.
Los investigadores de Keele se dieron cuenta de que ambas extinciones coincidían con periodos en los que la atmósfera terrestre pudo haber perdido gran parte de su ozono. Ese tipo de daño no suele producirse desde la superficie… pero sí es compatible con algo que golpea desde fuera: una avalancha de radiación procedente de la muerte de una estrella masiva.
La clave fue elaborar un censo exhaustivo de estrellas OB (las más grandes, calientes y de vida corta) situadas a menos de un kiloparsec del Sol. Al modelar su evolución, calcularon cuántas de ellas habrían explotado como supernovas a distancias capaces de afectar la atmósfera terrestre. La coincidencia temporal con ambas extinciones se volvió demasiado precisa para ignorarla.
Cómo una supernova puede apagar la vida en un planeta

Una supernova no tiene que destruir un mundo para dejarlo inhabitable. Basta con que esté lo suficientemente cerca. Cuando el ozono se erosiona, la radiación ultravioleta inunda la superficie: afecta a la fotosíntesis, interrumpe ciclos ecológicos, altera la química oceánica y diezma a los organismos más vulnerables. Ese daño en cadena encaja sorprendentemente bien con lo que muestran los registros fósiles del Ordovícico y el Devónico tardío: ecosistemas colapsando desde la base.
El equipo también ha encontrado señales físicas que apuntan en la misma dirección. Hierro interestelar —un subproducto típico de supernovas— atrapado en rocas profundas, en hielo antártico e incluso en muestras lunares recogidas por las misiones Apolo. Es un rastro químico que solo puede explicarse por la influencia de explosiones estelares relativamente cercanas.
“Estas detonaciones son algunas de las más energéticas del Universo. Si ocurren a la distancia justa, no destruyen el planeta, pero sí su equilibrio biológico”, explican los autores.
Dos extinciones, un patrón cósmico

Los datos reconstruyen un escenario bastante inesperado:
- Hace 445 millones de años, una supernova habría desencadenado el colapso del Ordovícico, una extinción que eliminó al 60% de los invertebrados marinos.
- 372 millones de años atrás, otro estallido habría impulsado la crisis del Devónico tardío, que transformó por completo la fauna de peces y arrecifes.
Ambas extinciones aparecen sincronizadas con el ritmo estimado de supernovas cercanas (unas pocas por millón de años dentro del alcance crítico de la Tierra). Y ambas muestran firmas geológicas compatibles con un cielo que se volvió demasiado hostil.
Es una idea sencilla pero algo disruptiva: el Universo no solo formó nuestro planeta. También lo ha herido.
¿Puede volver a ocurrir?
La buena noticia es que hoy no hay ninguna estrella a una distancia peligrosa. Betelgeuse y Antares, las candidatas más obvias para estallar en algún momento del próximo millón de años, están demasiado lejos: veremos sus explosiones como un espectáculo astronómico, no como una amenaza biológica.
La mala es que el fenómeno no es excepcional. Cada cierto tiempo, una supernova se enciende en el vecindario galáctico. Y si algo ha demostrado este estudio es que la vida en la Tierra ha estado expuesta antes… y probablemente volverá a estarlo.
La historia de las extinciones masivas acaba de sumar un nuevo antagonista. Uno silencioso, distante y capaz de cambiarlo todo con un destello.