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Ciencia

El desierto avanzaba sin freno en China hasta que unos microbios plantados por científicos comenzaron a fabricar suelo fértil sobre las dunas, cambiando por completo el ecosistema

Un ambicioso proyecto está utilizando organismos microscópicos para estabilizar dunas y acelerar en pocos meses un proceso natural que normalmente puede tardar hasta una década.
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Durante generaciones, el crecimiento del desierto fue considerado una batalla casi imposible de ganar. La arena avanzaba, sepultaba campos, amenazaba poblaciones y obligaba a construir barreras que no siempre conseguían detenerla.

Ahora, China está ensayando una estrategia completamente diferente. En vez de intentar plantar directamente sobre las dunas, sus científicos están utilizando microorganismos capaces de transformar gradualmente la superficie arenosa en algo mucho más parecido al suelo.

Los protagonistas son las cianobacterias, diminutos seres fotosintéticos que aparecieron en la Tierra hace aproximadamente 3.500 millones de años. Su capacidad para sobrevivir en ambientes extremos podría convertirlas en una herramienta inesperada contra la desertificación.

Un laboratorio natural en uno de los desiertos más difíciles de China

El proyecto se desarrolla en el desierto de Tengger, situado en la región autónoma de Ningxia Hui, en el noroeste del país. Es un territorio castigado por tormentas de arena, escasez de agua y terrenos que apenas pueden conservar nutrientes.

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© Gizmodo.com

En esta zona, la desertificación ya ha modificado profundamente el paisaje. Las dunas se desplazan con el viento, la agricultura resulta extremadamente complicada y numerosas comunidades permanecen expuestas al avance de la arena.

Frente a este escenario, las autoridades chinas planean aplicar el tratamiento microbiano sobre una superficie de entre 5.333 y 6.667 hectáreas durante los próximos cinco años. La propuesta se aleja de los programas convencionales de plantación: en este caso, la respuesta se encuentra en la microbiología.

Las algas microscópicas que pueden crear una piel sobre la arena

La tecnología fue desarrollada en la Estación Experimental de Investigación del Desierto de Shapotou, vinculada a la Academia China de Ciencias. El equipo encabezado por Zhao Yang lleva más de tres décadas buscando formas eficientes de inmovilizar las dunas.

Su investigación se concentró en determinadas cepas de cianobacterias, también conocidas como algas verdeazuladas. Cuando estos organismos reciben suficiente humedad, producen una costra biológica que se adhiere a los granos y funciona como una capa protectora.

Esta biocostra compacta las partículas, reduce la erosión causada por el viento y ayuda a conservar el agua. Con el tiempo, la superficie desarrolla una especie de cubierta viva donde otros microorganismos y algunas plantas pueden comenzar a establecerse.

Las cianobacterias cumplen un papel fundamental porque pueden generar materia orgánica en lugares donde prácticamente no existe. Una vez instalada la colonia, disminuye el movimiento de la arena, aumenta la retención de humedad y aparece un microambiente más favorable para otras formas de vida.

En otras palabras, la arena suelta comienza a adquirir algunas de las propiedades físicas y biológicas del suelo.

El desafío era conseguir que sobrevivieran fuera del laboratorio

Los primeros resultados prometedores llegaron en 2010, cuando el equipo comprobó que una cianobacteria podía intervenir en la formación de suelo desértico. Sin embargo, reproducir el fenómeno en el exterior resultó mucho más complicado.

Los microorganismos crecían sin problemas bajo condiciones controladas, pero gran parte de ellos moría al quedar expuesta al entorno del desierto. En 2016, los investigadores consiguieron mejorar su supervivencia introduciéndolos entre los granos mediante presión. La tasa superó el 60%, aunque el procedimiento exigía electricidad, carreteras y maquinaria, por lo que no era viable para cubrir superficies enormes.

La solución fue fabricar una especie de “semilla de suelo”. Los científicos seleccionaron siete cepas entre más de 300 especies y las combinaron con materia orgánica fina hasta obtener una mezcla pastosa. Después, colocaron el material en moldes hexagonales para producir bloques sólidos parecidos a pequeños terrones.

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© Gizmodo.com

Estos bloques pueden transportarse y distribuirse con relativa facilidad. Cuando llega la lluvia, los microorganismos se activan, se reproducen y comienzan a extenderse por la arena.

Un proceso natural que pasa de diez años a solo uno

La formación espontánea de una biocostra puede necesitar entre cinco y diez años. Con el método desarrollado en China, el mismo proceso podría completarse en aproximadamente doce meses.

Las costras obtenidas también soportan vientos de hasta 36 kilómetros por hora. Esa resistencia permite fijar las dunas y reduce considerablemente la posibilidad de que las partículas vuelvan a desplazarse.

El objetivo no consiste únicamente en cubrir la arena. El proceso busca crear una secuencia ecológica: primero se estabiliza la superficie, después se acumulan humedad y nutrientes y, finalmente, el terreno puede sostener vegetación.

La iniciativa forma parte de la denominada Gran Muralla Verde de China, conocida oficialmente como el Programa Forestal de Protección de las Tres-Norte. Este proyecto comenzó en 1978 con el propósito de contener la expansión de los desiertos del norte mediante árboles, barreras vegetales y sistemas como los tableros de paja.

La diferencia es que ahora China no solo pretende impedir que la arena avance: quiere modificarla desde su estructura más básica.

La posibilidad de cambiar el futuro de las regiones áridas

La región de Ningxia Hui espera extender esta tecnología sobre miles de hectáreas, aunque sus posibles aplicaciones trascienden las fronteras chinas. Países de África, Mongolia y otras zonas secas siguen atentamente los resultados.

Si el sistema demuestra que puede funcionar a gran escala, su impacto podría alcanzar la agricultura, la seguridad alimentaria y la estabilidad de comunidades amenazadas por la pérdida de tierras productivas.

Todavía se trata de una tecnología experimental, vulnerable y dependiente de ciertas condiciones ambientales. Sin embargo, los microorganismos ya están mostrando que pueden transformar la superficie del desierto.

Durante siglos, la llegada de las dunas parecía marcar el final de un territorio fértil. Este proyecto plantea una posibilidad mucho más esperanzadora: que incluso la arena pueda convertirse en el punto de partida de un nuevo ecosistema.

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