Los aditivos alimentarios forman parte de numerosos productos industriales y suelen provocar dudas entre los consumidores. Sin embargo, calificarlos a todos como peligrosos resulta tan incorrecto como considerar que pueden consumirse sin ningún tipo de límite.
En la Unión Europea, cada sustancia autorizada debe superar una evaluación de seguridad antes de poder utilizarse en alimentos. Además, su empleo está limitado a determinados productos y cantidades, según la evidencia científica disponible.
Incluso algunos compuestos que aparecen identificados con un número E están presentes naturalmente en los alimentos. Un ejemplo es el ácido ascórbico, conocido como vitamina C, que cuando se utiliza como aditivo recibe el código E300.
Los #aditivos alimentarios como los #colorantes y edulcorantes pueden afectar tu salud a largo plazo: desde alergias hasta riesgos metabólicos.
Lee etiquetas, elige opciones naturales y cuida lo que comes 😉 pic.twitter.com/5jnjaOqYVP
— CINyS – INSP (@1CINyS) February 9, 2025
Para qué se utilizan los aditivos
Estas sustancias cumplen funciones muy diferentes. Los conservantes ayudan a evitar el crecimiento de microorganismos y prolongan la vida útil de los alimentos, mientras que los antioxidantes retrasan procesos de oxidación que pueden alterar su calidad.
También existen colorantes, espesantes, estabilizantes, emulsionantes, edulcorantes y potenciadores del sabor, entre muchas otras categorías.
Por eso, no tiene sentido evaluar todos los aditivos de la misma manera: cada uno posee características, funciones y posibles efectos diferentes.
Los llamados números E tampoco indican que una sustancia sea especialmente peligrosa. El código simplemente señala que ese compuesto está autorizado como aditivo dentro de la Unión Europea bajo determinadas condiciones.
Para establecer esas condiciones, los organismos reguladores analizan estudios sobre toxicidad, exposición alimentaria y posibles efectos adversos. En muchos casos también establecen una ingesta diaria admisible, es decir, una cantidad que podría consumirse diariamente durante toda la vida sin que se espere un riesgo significativo para la salud.
Algunos pueden provocar reacciones
Que un aditivo haya sido autorizado no significa que todas las personas reaccionen de la misma forma.
Los sulfitos, por ejemplo, pueden provocar síntomas en personas sensibles, especialmente en algunos pacientes con asma. Otros compuestos también pueden generar intolerancias o reacciones particulares sin que esto signifique que sean perjudiciales para toda la población.
Algo similar ocurre con el glutamato monosódico, conocido como E621. Durante años se lo relacionó con dolores de cabeza y otros síntomas, pero los estudios disponibles no permiten afirmar que su consumo habitual dentro de los niveles autorizados provoque migrañas de manera generalizada.
Los colorantes también suelen generar preocupación, aunque tampoco pueden clasificarse todos como cancerígenos o peligrosos. Cada sustancia debe analizarse individualmente y las autoridades pueden restringir o retirar un aditivo cuando aparecen nuevas evidencias sobre posibles riesgos.
Las decisiones regulatorias en materia de aditivos alimentarios se sustentan en evidencia científica y evaluaciones de riesgo que permiten proteger la salud de la población.
Recientemente se actualizaron las disposiciones sanitarias relacionadas con el uso de la Eritrosina (Rojo… pic.twitter.com/Dp4Mc2TNjA— Riesgos Sanitarios Querétaro (@DPCRS_Qro) September 1, 2026
El problema puede estar más allá de los aditivos
Uno de los aspectos más importantes es observar el alimento completo y no únicamente su lista de números E.
Muchos productos con numerosos aditivos son también ultraprocesados con grandes cantidades de azúcar, sal o grasas y un bajo contenido de fibra. Por eso, cuando estos alimentos se relacionan con determinados problemas de salud, no siempre puede atribuirse el efecto únicamente a los aditivos.
La frecuencia de consumo, la cantidad ingerida, el grado de procesamiento y la calidad general de la dieta también influyen.
Reducir el consumo de ultraprocesados y priorizar alimentos frescos o mínimamente procesados permite disminuir la exposición a determinados aditivos y, al mismo tiempo, mejorar la calidad nutricional.
En definitiva, encontrar un número E en una etiqueta no convierte automáticamente a un alimento en peligroso. La clave está en mantener una alimentación variada, leer los ingredientes y evitar tanto el alarmismo como el consumo excesivo de productos altamente procesados.