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Ciencia

El experimento de apagar las redes sociales: qué cambia en el sueño, el estrés y la forma de vivir el día a día

Una pausa frente a la pantalla puede revelar mucho más de lo esperado sobre nuestros hábitos cotidianos. La ciencia ya comenzó a observar qué ocurre cuando reducimos el tiempo conectado.
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Revisar una notificación, responder un mensaje o deslizar el dedo para ver una publicación se han convertido en gestos casi automáticos. Para millones de personas, las redes sociales acompañan buena parte del día: están presentes durante los desplazamientos, los descansos, las comidas e incluso los minutos previos a dormir.

El problema no necesariamente está en utilizar estas plataformas, sino en lo difícil que puede resultar decidir cuándo dejarlas. La exposición permanente a estímulos, contenidos personalizados y pequeñas recompensas puede convertir unos minutos de entretenimiento en sesiones mucho más largas de lo previsto.

Por eso, las llamadas pausas digitales han empezado a despertar interés entre investigadores. Reducir temporalmente el uso de redes permite observar qué sucede cuando desaparece parte de ese estímulo constante y, sobre todo, si aparecen cambios en aspectos tan cotidianos como el descanso, el estrés o la satisfacción con la vida.

El cerebro frente al estímulo constante

Una de las explicaciones estudiadas se relaciona con la dopamina, un neurotransmisor implicado en los sistemas de recompensa y motivación. Anna Lembke, especialista en medicina de las adicciones y autora de Dopamine Nation, explicó a National Geographic que los “me gusta”, comentarios y determinados videos pueden activar estos circuitos.

La idea no significa que utilizar redes sociales implique automáticamente una adicción. Sin embargo, la exposición repetida a estímulos breves y potencialmente gratificantes puede contribuir a que algunas personas busquen cada vez más interacción para obtener una sensación similar de recompensa. De ahí que dejar de revisar el teléfono pueda resultar extraño o incómodo durante los primeros días.

La investigación científica también ha encontrado asociaciones entre determinados patrones de uso y cambios en algunas medidas relacionadas con el cerebro. Un estudio publicado en NeuroImage observó una relación entre una mayor cantidad de horas diarias en redes sociales y un menor grosor cortical en distintas regiones cerebrales relacionadas con funciones como la atención, el control ejecutivo, el procesamiento visual y la regulación emocional.

Otro trabajo, publicado en Nature, siguió durante cuatro años el desarrollo cerebral de niños estadounidenses. Los investigadores detectaron una asociación entre un uso más intenso de redes sociales y una variación en la trayectoria del volumen cerebeloso. Sin embargo, el efecto acumulado fue pequeño y los autores señalaron que probablemente no tuviera relevancia a nivel individual.

Estos resultados requieren cautela. Las investigaciones no permiten afirmar que las redes sociales sean responsables directas de esos cambios. Además, no todas las formas de utilizar una plataforma son iguales: conversar con familiares, mirar videos durante horas o participar activamente en una comunidad son experiencias diferentes.

Redes Sociales Y Trastornos
© DimaBerlin – Shutterstock

Dos semanas con un límite inesperado

La pregunta entonces cambia: ¿qué ocurre cuando, en lugar de observar los efectos del uso intensivo, se reduce deliberadamente el tiempo frente a las plataformas?

Un estudio publicado en Behavioral Sciences exploró precisamente esa posibilidad. Los investigadores Paige Coyne y Sarah Woodruff establecieron un límite de 30 minutos diarios de redes sociales durante dos semanas. Al finalizar el período, la mayoría de los participantes informó una mayor satisfacción con su vida, menos estrés y una mejor percepción de la calidad del sueño respecto de la situación previa.

El resultado resulta llamativo porque no fue necesario abandonar completamente las plataformas. El cambio consistió en establecer un límite concreto y mantenerlo durante un período determinado.

Aun así, hay una cuestión importante: los resultados se basaron en los informes de los propios participantes. Por lo tanto, reflejan cómo percibieron sus cambios durante el experimento y no constituyen una prueba definitiva de que reducir las redes sociales produzca los mismos efectos en todas las personas.

Otra investigación, publicada en Body Image, encontró mejoras relacionadas con la autoestima y la autocompasión, además de una disminución de la vergüenza corporal durante una intervención de este tipo. En ese experimento, las participantes también contaron con un grupo de WhatsApp para acompañarse durante el proceso.

Y allí apareció una dificultad que puede resultar familiar: el miedo a perderse algo.

Algunas adolescentes experimentaron inicialmente preocupación por quedar fuera de acontecimientos o conversaciones. El acompañamiento del grupo ayudó a reducir esa sensación de aislamiento, mostrando que las redes sociales no son únicamente una fuente de entretenimiento: también funcionan como espacios de pertenencia y conexión.

El verdadero desafío empieza cuando termina la pausa

Una desconexión temporal puede ser útil para observar hábitos, pero mantener los cambios después es otra cuestión. Anna Lembke recomendó establecer barreras concretas para evitar volver automáticamente al comportamiento anterior, como dejar el teléfono fuera de la habitación o desactivar las notificaciones.

También planteó sustituir parte de la gratificación inmediata de desplazarse por contenido por actividades que requieran una participación más activa, como cocinar, tocar un instrumento o realizar otras tareas que mantengan la atención alejada de la pantalla.

La evidencia disponible apunta a posibles beneficios de reducir el uso de redes sociales, especialmente en aspectos relacionados con el bienestar percibido, el estrés y el descanso. Sin embargo, todavía existen importantes preguntas abiertas.

Los estudios difieren en duración, edad de los participantes, cantidad de tiempo utilizado y tipo de interacción. Además, buena parte de la investigación disponible no permite establecer relaciones causales definitivas.

Por eso, una pausa digital no debería entenderse como una fórmula universal ni como una respuesta automática a cualquier problema de bienestar. Su utilidad puede estar, precisamente, en algo más sencillo: comprobar qué lugar ocupa realmente el teléfono en nuestra rutina.

Si dormir mejor, concentrarse, disfrutar de una conversación o pasar unas horas sin revisar una pantalla se vuelve difícil, ese comportamiento puede ofrecer una pista sobre nuestros hábitos digitales. Y quizá la pregunta más interesante no sea cuánto tiempo pasamos conectados, sino qué estamos dejando de hacer mientras lo hacemos.

 

[Fuente: Infobae]

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