Saltar al contenido
Ciencia

El monte de Noé está perdiendo el hielo antes de que podamos leerlo. Científicos acaban de cartografiar por primera vez un archivo de clima y civilizaciones a 5.000 metros

Una expedición germano-turca ha escaneado el casquete glaciar del Ararat para decidir dónde extraer su primer núcleo de hielo. No busca un barco bíblico, sino huellas de volcanes, metalurgia y agricultura que el deshielo podría borrar para siempre.
Por

Tiempo de lectura 4 minutos

Comentarios (0)

El monte Ararat lleva siglos atrapado entre dos identidades. Para millones de personas es la montaña de Noé, el lugar donde la tradición sitúa el final del Diluvio Universal. Para la ciencia, en cambio, es un enorme volcán cubierto por un glaciar del que sabemos sorprendentemente poco.

Ahora esas dos historias han vuelto a cruzarse, aunque no de la forma que muchos titulares podrían sugerir.

Un equipo germano-turco pasó dos semanas sobre el casquete helado del Ararat, a más de 5.000 metros de altitud, soportando viento, frío y una concentración de oxígeno aproximadamente un 50% menor que en el valle. Su objetivo no era buscar restos del Arca de Noé. Ni siquiera perforaron todavía el hielo. Lo que hicieron fue algo menos espectacular a primera vista, pero científicamente mucho más útil: cartografiar el glaciar para descubrir dónde podría esconderse su registro más antiguo.

La expedición utilizó ondas de radar y mediciones sísmicas para calcular el espesor del hielo y reconstruir la forma del terreno oculto bajo él. Esos datos servirán para elegir el punto en el que, durante una futura campaña, los investigadores intentarán extraer el primer núcleo de hielo del monte Ararat.

La expedición no encontró el Arca porque nunca fue a buscarla

El monte de Noé está perdiendo el hielo antes de que podamos leerlo. Científicos acaban de cartografiar por primera vez un archivo de clima y civilizaciones a 5.000 metros
© Shuterstock / Esin Deniz.

El vínculo entre el Ararat y Noé es demasiado potente como para ignorarlo. Sin embargo, también suele simplificarse hasta convertir una tradición posterior en una coordenada bíblica exacta.

El Génesis no afirma que el Arca terminara sobre el pico que hoy conocemos como monte Ararat. El texto habla, en plural, de las “montañas de Ararat”, una expresión que probablemente hacía referencia a la región del antiguo reino de Urartu, extendido por territorios que hoy pertenecen a Turquía, Armenia e Irán. La identificación concreta con la enorme montaña turca se consolidó después dentro de distintas tradiciones religiosas.

Nada de esto elimina el valor cultural del lugar. Al contrario: explica por qué el Ararat se convirtió en una montaña cargada de relatos, peregrinaciones y búsquedas arqueológicas más o menos rigurosas. Pero esta nueva investigación pertenece a otro terreno.

Los científicos no están buscando madera fosilizada ni una forma de barco atrapada bajo el casquete. Están intentando saber cuánto hielo queda, cómo está distribuido y si sus capas son lo bastante antiguas y continuas como para permitir una reconstrucción fiable del pasado.

Esa diferencia es importante. El radar puede indicar dónde termina el hielo y empieza la roca, pero no convierte automáticamente cualquier anomalía en una embarcación bíblica. Por ahora, la expedición ni siquiera ha anunciado objetos, estructuras o restos arqueológicos ocultos bajo la superficie. Solo ha terminado el mapa necesario para decidir dónde perforar.

Un cilindro de hielo podría contar lo que la tierra no conservó

El monte de Noé está perdiendo el hielo antes de que podamos leerlo. Científicos acaban de cartografiar por primera vez un archivo de clima y civilizaciones a 5.000 metros
© Alfred-Wegener-Institut / Coen Hofstede.

Un núcleo glaciar se parece a una columna transparente extraída verticalmente de la montaña. Cada una de sus capas nació de antiguas nevadas que quedaron comprimidas y transformadas en hielo. Dentro pueden sobrevivir partículas de polvo, cenizas volcánicas, contaminantes, burbujas de aire y cambios químicos producidos hace siglos o milenios.

Por eso los investigadores hablan del Ararat como un posible archivo. Las excavaciones arqueológicas permiten estudiar edificios, enterramientos, herramientas y residuos depositados en lugares concretos. El hielo podría aportar algo diferente: una secuencia ambiental acumulada año tras año sobre una región entera.

Según la Universidad de Münster, sus capas podrían ayudar a reconstruir cómo afectaron a esta parte del mundo episodios como el Óptimo Climático Romano o la llamada Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía. También podrían contener señales de erupciones volcánicas y variaciones en la cantidad de polvo transportado por la atmósfera.

La parte más interesante aparece cuando la glaciología se mezcla con la arqueología. El Ararat se levanta cerca de Anatolia, Mesopotamia y el Cáucaso, una encrucijada en la que se desarrollaron algunas de las primeras comunidades agrícolas y importantes centros de minería y metalurgia.

El equipo espera que un futuro núcleo pueda conservar partículas procedentes de hornos antiguos o residuos generados por prácticas como la tala y quema. Encontrarlas permitiría seguir la expansión de ciertas actividades humanas más allá de los yacimientos donde se realizaban.

De momento, no deja de ser una hipótesis. Hasta que el hielo no sea extraído, fechado y analizado, nadie puede asegurar qué edad alcanza ni qué huellas contiene.

El verdadero descubrimiento puede desaparecer antes de salir a la luz

La urgencia del proyecto no procede de la Biblia, sino del calentamiento global. El casquete del Ararat se está reduciendo y cada temporada de deshielo puede eliminar sus capas superiores, mezclar señales antiguas o cortar por completo partes de la secuencia histórica.

Ahí está la paradoja. Los investigadores necesitan que el hielo sea suficientemente antiguo para conservar miles de años de información, pero también lo bastante estable como para que esa historia no haya sido deformada por el agua de fusión. El mejor lugar para perforar no será necesariamente el que tenga más hielo, sino aquel donde las capas formen la secuencia más larga y continua.

El trabajo realizado en julio fue, en esencia, una expedición de reconocimiento. El Instituto Alfred Wegener, la Universidad de Münster, la Universidad de Isparta y otras instituciones colaboraron para convertir un glaciar prácticamente desconocido en un mapa medible. El siguiente paso será regresar con una perforadora y extraer el cilindro que permita comprobar si todas esas promesas siguen allí dentro.

Puede que el hielo del Ararat nunca revele nada relacionado con Noé. Tampoco lo necesita para ser extraordinario.

La montaña quizá no pueda decirnos dónde terminó un viaje narrado hace milenios. Pero sí podría mostrarnos qué respiraban las sociedades antiguas, cuándo comenzaron a fundir metales, qué volcanes oscurecieron sus cielos y cómo cambió el clima alrededor de ellas. El problema es que ese libro ya ha empezado a borrarse antes de que podamos abrirlo.

Compartir esta historia

Artículos relacionados