El 17 de noviembre de 2012, José Salvador Alvarenga salió desde la costa de Chiapas, México, acompañado por Ezequiel Córdoba. El plan era pasar apenas un par de días pescando en el Pacífico y regresar con la captura. El viaje terminó el 30 de enero de 2014, en una diminuta isla de las Islas Marshall, a más de 10.000 kilómetros de donde había comenzado.
Entre ambas fechas transcurrieron 438 días.
Una tormenta sorprendió a los pescadores mar adentro y dejó su pequeña embarcación de fibra de vidrio sin capacidad de regresar a puerto. La lancha medía alrededor de siete metros, estaba abierta y no tenía vela. A partir de ese momento, Alvarenga y Córdoba quedaron prácticamente a merced del viento y de las corrientes del mayor océano del planeta.
Las estimaciones sitúan el desplazamiento de Alvarenga en torno a 6.700 millas, unos 10.800 kilómetros, desde México hasta el atolón de Ebon. Una distancia comparable a atravesar varias veces Europa de punta a punta, pero sin rumbo, combustible ni posibilidad de decidir hacia dónde avanzar.
Cuando se acabó la comida, el propio océano se convirtió en su despensa

Los suministros que llevaban estaban pensados para una salida corta. Cuando desaparecieron, comenzó otra clase de supervivencia. Alvarenga relató posteriormente que atrapaba peces, tortugas y aves marinas, muchas veces con las manos, y los comía crudos. Recogía agua de lluvia siempre que podía y llegó a beber sangre de tortuga; durante algunos periodos de extrema escasez aseguró que también bebió su propia orina.
El bote terminó funcionando como un diminuto ecosistema flotante. Peces pequeños se refugiaban bajo el casco y atraían animales mayores, mientras las aves que descansaban sobre la embarcación podían convertirse en alimento.
Pero Córdoba comenzó a deteriorarse. Según la reconstrucción realizada posteriormente por el periodista Jonathan Franklin, enfermó después de alimentarse de aves crudas y terminó rechazando la comida. Murió durante los primeros meses del viaje, dejando a Alvarenga completamente solo en mitad del Pacífico.
Desde entonces, el problema dejó de ser únicamente conseguir comida. Alvarenga tenía que soportar tormentas, calor, sed y una soledad casi absoluta. Para conservar alguna referencia temporal, contaba los ciclos de la Luna. Llegó a ver barcos mercantes en la distancia y trató desesperadamente de llamar su atención, pero ninguno lo encontró.
Su historia parecía imposible hasta que los científicos simularon el viaje

Cuando apareció en las Islas Marshall, hubo dudas. Una persona que afirmaba haber cruzado prácticamente todo el Pacífico dentro de una lancha durante más de un año parecía demasiado extraordinaria. Entonces los oceanógrafos hicieron las cuentas.
Investigadores de la Universidad de Hawái en Mānoa introdujeron 16 trazadores virtuales en un modelo de corrientes y vientos del Pacífico, colocándolos cerca de la costa mexicana. Tras simular unos 13 meses de deriva, varias trayectorias pasaban cerca de Ebon.
De hecho, los recorridos que se aproximaban al atolón quedaban contenidos en una franja de apenas unos 190 kilómetros. Los investigadores concluyeron que la historia de Alvarenga era compatible con los patrones reales de viento y circulación oceánica durante aquel periodo.
El océano podía haber hecho exactamente aquello.
Después de 438 días apareció una isla donde solo había visto agua
El 30 de enero de 2014, después de más de un año sin pisar tierra, Alvarenga vio algo diferente en el horizonte: vegetación. Había llegado a Tile Islet, dentro del atolón de Ebon, en las remotas Islas Marshall. Cuando estuvo suficientemente cerca abandonó la embarcación y alcanzó la costa. Allí encontró una vivienda perteneciente a dos habitantes locales, que terminaron dando aviso a las autoridades.
El rescate puso fin a una de las historias de supervivencia marítima más extraordinarias documentadas en tiempos modernos. También dejó una escala difícil de procesar: Alvarenga había salido para pasar un fin de semana pescando y terminó viendo 438 amaneceres en el Pacífico antes de volver a pisar tierra.
Y quizá lo más increíble es que no fue el azar puro lo que lo llevó hasta allí. Años después, los modelos oceánicos demostraron que aquella pequeña lancha había seguido, durante miles de kilómetros, una auténtica autopista invisible de corrientes que cruzaba el Pacífico desde México hasta las Islas Marshall.