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Ciencia

Las acrópolis griegas no fueron siempre templos elevados, refugios ciudadanos ni antiguos palacios de reyes. Un estudio de los textos clásicos revela que muchas funcionaron como fortalezas de tiranos y guarniciones extranjeras

Una revisión sistemática de las referencias antiguas cuestiona la idea de que todas las acrópolis siguieron la evolución conocida de Atenas. Estos espacios amurallados tuvieron funciones muy distintas y pasaron de simbolizar el orgullo de una ciudad a representar el poder impuesto desde las alturas.
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La Acrópolis de Atenas ha condicionado durante tanto tiempo nuestra imagen de la Antigua Grecia que terminó funcionando como modelo para explicar todas las demás. Una colina elevada, protegida por murallas, ocupada por grandes santuarios y convertida en símbolo de la ciudad democrática.

El problema es que ese esquema no encaja necesariamente con el resto del mundo griego.

Un estudio publicado en The Annual of the British School at Athens sostiene que buena parte de las interpretaciones tradicionales sobre las acrópolis se construyó a partir de datos insuficientes y de una generalización excesiva del caso ateniense. Según explica en el artículo Robin Rönnlund, investigador de la Universidad de Gotemburgo especializado en urbanismo griego, el término tuvo funciones y significados variables desde Homero hasta el siglo II d. C.

La investigación no afirma que las acrópolis nunca albergaran templos, palacios o población refugiada. Su conclusión es más matizada: no existe evidencia suficiente para tratar esos usos como una evolución común y universal de las ciudades griegas.

La historia perfecta de reyes, democracia y templos quizá nunca existió

Las acrópolis griegas no fueron siempre templos elevados, refugios ciudadanos ni antiguos palacios de reyes. Un estudio de los textos clásicos revela que muchas funcionaron como fortalezas de tiranos y guarniciones extranjeras
© Greece.

Durante buena parte del siglo XX se popularizó una secuencia aparentemente lógica. Las acrópolis habrían comenzado como residencias fortificadas de reyes prehistóricos; después, con el nacimiento de sistemas políticos más participativos, el poder habría descendido hacia las ágoras; finalmente, las antiguas fortalezas se habrían transformado en santuarios o refugios para momentos de guerra.

En referencia al estudio publicado por Cambridge University Press, Rönnlund considera que este modelo no cuenta con un respaldo arqueológico o textual suficiente para ser aplicado de manera general. Buena parte de su origen estaría en una lectura histórica de un pasaje de la Política de Aristóteles que, en realidad, planteaba qué tipo de emplazamiento fortificado podía convenir teóricamente a cada régimen.

La interpretación posterior convirtió ese planteamiento abstracto en una supuesta descripción de cómo evolucionaron realmente las ciudades griegas.

A esto se sumó la excepcionalidad de Atenas. Su acrópolis sí fue un gran centro religioso y monumental, pero trasladar automáticamente esa función a decenas de ciudades distintas ocultó sus diferencias políticas, militares y urbanas.

Una acrópolis no era simplemente cualquier “ciudad alta”

El propio significado de la palabra resulta menos evidente de lo que parece. Según explica Rönnlund en su investigación, akropolis no debería entenderse de manera literal únicamente como “ciudad alta”, sino como una parte extrema, periférica o separada de la polis.

Las fuentes analizadas describen generalmente un recinto amurallado cercano a una ciudad, casi siempre situado en una posición elevada, pero diferenciado del asentamiento habitado. El término hacía referencia al espacio encerrado por las fortificaciones, no necesariamente a toda la colina.

El estudio recopiló 133 lugares descritos como acrópolis en las fuentes antiguas, aunque el autor considera que 84 corresponden de manera clara al ámbito griego. Esta diversidad impide establecer una única función válida para todos ellos.

Algunas acrópolis fueron antiguas estructuras desarrolladas durante siglos. Otras fueron construidas deliberadamente en ciudades nuevas. Algunas contuvieron santuarios importantes, mientras que otras estuvieron dominadas por instalaciones militares.

Los textos hablan mucho más de tiranos y soldados que de refugiados

Uno de los resultados más reveladores aparece al revisar quiénes ocupaban realmente estos espacios. Según documenta Rönnlund en The Annual of the British School at Athens, las fuentes antiguas relacionan repetidamente las acrópolis con gobernantes autoritarios y fuerzas militares.

El investigador identificó 66 pasajes en los que un tirano aparece residiendo o controlando una acrópolis. Aunque muchas referencias se concentran en Siracusa, el patrón también aparece en otras ciudades del mundo griego.

La relación con las guarniciones extranjeras fue aún más importante. Atenas, Esparta y posteriormente Macedonia utilizaron acrópolis para alojar tropas encargadas de vigilar ciudades sometidas. Desde una posición fortificada, un contingente relativamente pequeño podía controlar los accesos, observar a la población y conservar un punto defensivo incluso si estallaba una rebelión.

Esta experiencia habría modificado profundamente el significado político del término. Según resume el artículo de Cambridge University Press, la acrópolis pasó de aparecer como expresión de orgullo cívico en textos del periodo clásico a convertirse, en la literatura posterior, en metáfora de dominio opresivo.

No era solo una fortaleza sobre la ciudad. Podía representar el lugar desde el que un poder ajeno controlaba a quienes vivían debajo.

Tampoco eran el refugio habitual de toda la población

Las acrópolis griegas no fueron siempre templos elevados, refugios ciudadanos ni antiguos palacios de reyes. Un estudio de los textos clásicos revela que muchas funcionaron como fortalezas de tiranos y guarniciones extranjeras
© Shutterstock / Biggunsband.

Otra imagen muy extendida muestra a los habitantes corriendo hacia la acrópolis cuando comenzaba un ataque. Sin embargo, el estudio encuentra muy pocos ejemplos claros de ese comportamiento.

Según señala Rönnlund, las referencias a civiles refugiados en estos recintos se concentran en situaciones excepcionales, especialmente durante las guerras macedónicas narradas por Livio. En la mayoría de los casos, los habitantes permanecían dentro de las murallas de la ciudad baja, abandonaban el asentamiento o buscaban protección en otros lugares.

La arqueología también invita a la cautela. Muchas acrópolis eran demasiado pequeñas para alojar a toda la población de una ciudad, junto con provisiones, animales y soldados.

Eso no significa que nadie pudiera refugiarse allí. Significa que no parece haber sido su función general, permanente y definitoria.

Ni siquiera el papel religioso fue igual en todas partes

El Partenón ha reforzado la idea de que las acrópolis eran, ante todo, plataformas sagradas dedicadas a la divinidad protectora de la ciudad. El nuevo análisis muestra que la situación fue mucho más irregular.

Rönnlund encontró menciones a decenas de cultos situados en acrópolis, pero gran parte de esos testimonios procede de Pausanias, un autor del siglo II d. C. que recorrió Grecia muchos siglos después del periodo clásico.

Al retirar esas referencias tardías, la cantidad de testimonios anteriores disminuye de manera considerable. El culto a Atenea aparece en diferentes lugares, aunque el modelo ateniense de Atenea Polias no se reproduce de forma sistemática en otras ciudades.

Las acrópolis podían ser espacios religiosos, pero también militares, políticos, simbólicos o una combinación cambiante de todos ellos.

El verdadero hallazgo del estudio no consiste en sustituir un relato sencillo por otro. Consiste en reconocer que nunca existió una acrópolis griega universal. Atenas fue una posibilidad entre muchas, y quizá la más engañosa para intentar comprenderlas a todas.

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