En 1973, un mandato federal apagó los sueños de atravesar Estados Unidos a velocidades supersónicas. Medio siglo después, una decisión ejecutiva ha vuelto a encender la mecha. Lo que está en juego no es solo viajar más rápido, sino inaugurar una era donde la velocidad y el silencio vuelen juntos.
Del veto histórico al corte Mach

La prohibición de vuelos supersónicos comerciales sobre territorio estadounidense nació de un problema tan impresionante como molesto: el estampido sónico. Los primeros modelos, como el Tu-144 soviético o el Concorde franco-británico, podían superar la barrera del sonido, pero lo hacían con un estrépito capaz de sacudir ventanas y despertar protestas.
Durante más de cinco décadas, esa restricción confinó la velocidad supersónica a rutas transoceánicas. Sin embargo, la tecnología ha avanzado. El concepto de crucero sin estampido, perfeccionado por empresas como Boom Supersonic, permite volar por encima de los 9.100 metros y disipar las ondas antes de que alcancen el suelo. En enero de 2025, una prueba real confirmó que el corte Mach es posible: el rugido se quedó atrapado en la atmósfera.
Competencia y cuenta regresiva

El calendario oficial es claro: el veto quedará sin efecto antes de diciembre de 2024, los estándares de ruido se fijarán en 2026 y las reglas definitivas llegarán en junio de 2027. El objetivo es ambicioso, pero no imposible; la regulación de drones siguió un ritmo similar.
En esta nueva carrera, Boom Supersonic no está sola. Lockheed Martin y la NASA trabajan en el X-59, un avión que coloca sus motores en la parte superior para reducir las ondas de choque. Las pruebas en tierra ya están en marcha, y su diseño apunta a un vuelo supersónico casi imperceptible para quienes permanezcan bajo su ruta.
Si los plazos se cumplen, en apenas unos años podríamos desayunar en Nueva York y cenar en Los Ángeles tras un vuelo de tres horas, en un cielo donde la velocidad regrese… pero el estruendo quede atrás.