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Ciencia

El silencio como salvación: lo que este alpinista encontró en la altitud

En una época donde todo emite sonido —pantallas, notificaciones, conversaciones, motores—, el silencio parece estar en peligro de extinción. Lo que antes era un respiro natural hoy se vive como ausencia incómoda
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El psicólogo Andrea Bariselli advierte que la pérdida del silencio no es solo acústica, sino mental: afecta la memoria, la salud emocional y la capacidad de conexión con uno mismo. En su libro más reciente, explora esta crisis a través de ciencia, reflexión y una historia real que simboliza todo lo que hemos olvidado: la de un alpinista que buscó en las cumbres algo que ya no encontraba en la tierra. Esta figura —obsesionada no con la cima, sino con lo que representa— encarna el último susurro de un mundo que se nos escapa entre el ruido. ¿Qué queda cuando todo calla? Quizás, lo más verdadero.

La era del ruido constante

Vivimos Rodeados De Estimulos Y De Ruidos
© Craig Adderley – Pexels

Vivimos rodeados de estímulos. Los paisajes sonoros ya no distinguen entre día y noche, ni entre público y privado. Escuchamos música mientras caminamos, podcasts mientras trabajamos, notificaciones mientras dormimos. No solo estamos expuestos al sonido: estamos sumergidos en él.

La neurociencia confirma que este entorno hiperestimulante no es neutro. Afecta la corteza prefrontal medial, zona del cerebro clave en la regulación emocional, la motivación y el pensamiento complejo. Lo preocupante no es tanto el volumen, sino la ausencia de pausas. La vida sin silencio es como una canción sin espacios: confusa, agotadora, plana.

Andrea Bariselli, psicólogo y divulgador italiano, advierte que estamos ante una crisis del silencio. En su ensayo Naturaleza y neurociencia, propone que el silencio no es un lujo, sino una necesidad vital. No se trata solo de descansar los oídos, sino de restaurar la mente. Sin ese espacio de calma, todo lo vivido se desordena.

El silencio que confronta, no consuela

Hay un tipo de silencio que no es pasivo ni vacío. Es denso, potente, hasta inquietante. No se encuentra bajando el volumen, sino alejándose del ruido de base que emite el mundo moderno. Ese silencio, profundo y natural, suele encontrarse en lo alto, donde no llega la señal del teléfono ni el rumor de la ciudad.

Para Bariselli, el silencio no es ausencia, sino presencia amplificada. Un espacio donde uno se enfrenta consigo mismo sin atajos. No se trata de relajación, sino de verdad: esa que emerge cuando nadie más habla, cuando el entorno no ofrece distracciones.

Pero este tipo de silencio parece estar desapareciendo. No por censura, sino por saturación. El planeta entero vibra con nuestra actividad. Las zonas quietas se reducen. Y con ellas, nuestra capacidad de escucharnos. Cuando el silencio se extingue, no solo perdemos descanso: perdemos acceso a lo esencial.

La historia de un hombre que subía buscando silencio

Hubo alguien que entendió esto de forma radical. No buscaba fama ni récords. Cada invierno regresaba a la misma montaña, una de las más inhóspitas del planeta. No era solo la cumbre lo que lo llamaba, sino el silencio absoluto que encontraba en su altitud mortal.

Durante una década, este alpinista polaco intentó alcanzar el Nanga Parbat. En cada expedición dejaba atrás el ruido, el tiempo y lo cotidiano. Para él, subir era despojarse. El silencio de la altura era la única forma que conocía de tocar la libertad.

Su nombre era Tomek Mackiewicz. Su historia es la de alguien que vivía por un instante irrepetible: ese en que la mente calla y solo queda el cuerpo frente a lo inmenso. Murió allí, a más de 7.000 metros, después de alcanzar la cima. Lo acompañaba Élisabeth Revol, quien logró sobrevivir tras una arriesgada evacuación. Tomek no volvió. Pero quizás, encontró lo que tanto buscaba.

¿Puede el silencio salvarnos del colapso?

Los estudios indican que el silencio activa procesos cerebrales restaurativos: promueve la neurogénesis, baja el estrés y reorganiza la actividad mental. Pero más allá de lo biológico, el silencio devuelve sentido. Como en la música, donde una pausa hace que una nota resuene.

No se trata de desconectarse del mundo, sino de escucharlo sin interferencias. Por eso crecen prácticas como las caminatas silenciosas, los retiros sin palabra, el turismo hacia zonas remotas. Porque cada vez más personas intuyen que el silencio no es vacío: es plenitud.

El legado de Mackiewicz no es solo deportivo, es simbólico. Representa a quienes no soportan el ruido de lo trivial, y se arriesgan por una sensación que no se puede grabar ni publicar. Bariselli sugiere que proteger el silencio es también protegernos del olvido de nosotros mismos. Y que quizás, en un mundo saturado de sonido, el verdadero acto de rebeldía es callar.

[Fuente: Muy Interesante]

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