El Laboratorio de Biología Marina de la Universidad de Sevilla, dirigido por el catedrático José Carlos García Gómez, lleva años monitoreando la expansión de Rugulopteryx okamurae, un alga de origen asiático detectada por primera vez en 2015 en las costas del Estrecho de Gibraltar. Casi una década después, sus conclusiones son contundentes: la propagación del alga en Andalucía es un fenómeno sin precedentes a nivel mundial, y su erradicación in situ resulta hoy tecnológica y biológicamente imposible.
Alfombras que asfixian el fondo marino

El impacto sobre la biodiversidad local es crítico. El alga forma densas alfombras sobre los fondos rocosos que reducen drásticamente la luz y el espacio disponible para el resto de los organismos. Especies nativas de crecimiento lento, como corales y esponjas, están siendo desplazadas junto con erizos y mejillones, en un proceso de homogeneización que, en varias de las zonas estudiadas, ya llevó al alga a ocupar el 100% del fondo marino disponible.
El golpe también llega a la actividad pesquera: distintos estudios señalan pérdidas de entre el 50% y el 100% en la pesca artesanal de ciertas especies, en las zonas más afectadas por la colonización. Las redes de los pescadores salen del agua cargadas de toneladas de alga en lugar de pescado, alterando por completo la dinámica productiva del sector en la zona del Estrecho.
Por qué ni siquiera arrancarla a mano sirve de algo
A primera vista, combatir una invasión de algas podría parecer tan simple como arrancarlas o aplicar algún producto para eliminarlas. Pero la escala del problema hace que cualquier intervención de limpieza manual localizada resulte prácticamente inútil frente a la extensión total de la costa afectada, cuando en muchas zonas la especie ya ocupa la totalidad del fondo marino disponible.
A eso se suma otro factor determinante: normalmente, cuando una especie invasora lleva entre 8 y 10 años establecida en un ecosistema, la fauna local comienza a adaptarse para depredarla, lo que ayuda a frenar naturalmente su expansión. Eso no ocurrió en este caso. El Instituto de Investigación y Formación Agraria y Pesquera de Andalucía (IFAPA) confirmó que el erizo común llegó a alimentarse del alga, pero su impacto resultó ínfimo y no alcanza para revertir la invasión.
Un modelo de supercomputación para anticiparse, no para erradicar
Con la erradicación total ya descartada como objetivo realista, la estrategia actual pasa por anticiparse a la propagación del alga. El proyecto RUGULOPTERYX, impulsado desde la Universidad de Málaga, modela el comportamiento de la especie mediante supercomputación, con el objetivo de identificar las llamadas ventanas de vulnerabilidad de los espacios protegidos entre el Estrecho y las islas Baleares. El sistema se apoya en redes de estaciones centinela pensadas para detectar la llegada del alga a nuevas zonas antes de que el ecosistema local colapse por completo.
De problema ambiental a materia prima
Frente a un volumen de biomasa que ya se mide en miles de toneladas depositadas en playas como las de Tarifa y Algeciras, otra línea de trabajo apunta a encontrarle un uso económico al propio alga. El IFAPA lidera proyectos que buscan transformarla en materia prima para la agricultura, con aplicaciones como biofertilizantes, biopesticidas, compost y extractos beneficiosos para el cultivo de la vid.
También se estudia su incorporación en piensos para peces de piscifactoría, donde mostró mejoras en los niveles de omega-3, en la microbiota intestinal y en la respuesta inmunitaria de los ejemplares alimentados con ella. Una tesis doctoral reciente de la propia Universidad de Sevilla, además, exploró su aprovechamiento integral para obtener compuestos antioxidantes, bioenergía en forma de biogás y fertilizantes, en un intento por convertir una de las mayores amenazas ecológicas del litoral andaluz en un recurso con valor económico real.
Una convivencia forzada, no una victoria
La situación actual no es un triunfo de la gestión ambiental, sino la aceptación de un límite: cuando una invasión biológica alcanza determinada escala geográfica y ecológica, ni la tecnología disponible ni los mecanismos naturales de control logran revertirla. Lo que queda es aprender a monitorearla, mitigar sus efectos más graves y, en la medida de lo posible, sacarle algún provecho a una biomasa que, de todos modos, va a seguir llegando a las costas del sur de España.