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Ciencia

En 1982 Israel empezó a liberar 28 asnos salvajes en pleno desierto del Néguev. Cuatro décadas después son más de 300 y han recolonizado un territorio del que habían desaparecido

La reintroducción comenzó con 28 asnos salvajes asiáticos en Makhtesh Ramon y continuó con otros diez ejemplares. Más de 40 años después, la población supera los 300 animales y vuelve a ocupar amplias regiones del Néguev.
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A principios de los años 80, devolver al asno salvaje asiático (Equus hemionus) al desierto del Néguev era un experimento de conservación con un margen de error enorme. La forma local de estos équidos había desaparecido de la región a comienzos del siglo XX, castigada por la caza, la pérdida de hábitat y, sobre todo, la competencia por los escasos puntos de agua.

El proyecto comenzó en 1982 en Makhtesh Ramon, una enorme depresión erosionada en medio del desierto. Durante los siguientes años se liberaron allí 28 animales, 14 machos y 14 hembras. Una década después llegaron otros diez ejemplares a Wadi Paran. En total, apenas 38 animales tuvieron que reconstruir una población prácticamente desde cero.

Más de cuatro décadas después, el resultado es difícil de ignorar. Un estudio publicado en 2026 estima que quedan más de 300 ejemplares en libertad, distribuidos por buena parte de las regiones áridas del sur de Israel. Lo que empezó como un pequeño grupo en un cráter ha terminado convirtiéndose en una población capaz de expandirse por sí sola.

De 28 animales a una población repartida por el desierto

En 1982 Israel empezó a liberar 28 asnos salvajes en pleno desierto del Néguev. Cuatro décadas después son más de 300 y han recolonizado un territorio del que habían desaparecido
© Carmel Ecology Lab / Technion y Ben-Gurion University.

La historia empezó realmente antes de la primera liberación. En 1968 se creó una población reproductora en la reserva Hai-Bar Yotvata utilizando apenas 11 animales procedentes de poblaciones iraníes y turcomanas. Sus descendientes formarían la base de las liberaciones posteriores. La apuesta era particularmente arriesgada porque una población fundada por tan pocos individuos puede perder diversidad genética rápidamente.

Los primeros 28 fueron liberados entre 1982 y 1987 en Ein Saharonim, dentro de Makhtesh Ramon. Otros diez llegaron entre 1992 y 1993 a Wadi Paran, unos 35 kilómetros al sur. Después ocurrió algo que ya no dependía directamente de los conservacionistas: los animales comenzaron a expandirse.

Durante los años 90 avanzaron hacia las tierras altas del Néguev y el valle de Arava. Estudios posteriores muestran que buena parte de la población terminó concentrándose en las zonas más altas, donde existen algo más de precipitaciones y vegetación que dentro del propio cráter.

La Autoridad de Parques y Naturaleza de Israel ya consideraba la reintroducción un éxito cuando la población rondaba los 300 ejemplares. Los análisis genéticos posteriores tampoco encontraron señales claras de los problemas de cruzamiento que podían temerse al mezclar animales procedentes de dos subespecies diferentes.

El agua decidió dónde podían vivir y hasta qué machos podían reproducirse

En 1982 Israel empezó a liberar 28 asnos salvajes en pleno desierto del Néguev. Cuatro décadas después son más de 300 y han recolonizado un territorio del que habían desaparecido
© Andrew Shiva / Wikimedia.

En un desierto, recuperar una especie no consiste simplemente en abrir una puerta y dejarla marchar.

Los asnos salvajes necesitan beber regularmente y en las tierras altas del Néguev casi no existen fuentes permanentes. Por eso la autoridad israelí instaló puntos artificiales de agua, que acabaron convirtiéndose en centros fundamentales para la población. Durante los meses cálidos, cuando además coincide la época reproductiva, muchos animales se concentran alrededor de ellos.

El agua incluso terminó influyendo en la genética.

Los machos dominantes defienden territorios valiosos y consiguen una parte desproporcionada de los apareamientos. Al existir pocos puntos de agua, unos cuantos machos podían monopolizar las mejores zonas. En 2020, los gestores añadieron nuevas fuentes artificiales precisamente para repartir a los animales por más territorios. Investigaciones posteriores encontraron que aumentó el número de machos que lograban reproducirse, una forma de reducir el riesgo de pérdida de diversidad genética.

Su regreso sí afecta al desierto, pero no lo ha convertido mágicamente en un oasis

En 1982 Israel empezó a liberar 28 asnos salvajes en pleno desierto del Néguev. Cuatro décadas después son más de 300 y han recolonizado un territorio del que habían desaparecido
© Moshe Cohen.

Los grandes herbívoros pueden transportar semillas, consumir vegetación y modificar el paisaje simplemente moviéndose por él. De hecho, estudios con asnos salvajes persas han demostrado que sus excrementos pueden transportar semillas de numerosas plantas por ambientes áridos, donde la dispersión resulta especialmente difícil. Pero el caso del Néguev también deja una advertencia interesante sobre cómo contamos estas historias.

Un seguimiento realizado durante seis años en Makhtesh Ramon comparó parcelas accesibles a los asnos con otras valladas para excluirlos. Los investigadores no encontraron cambios significativos generales en cobertura vegetal, riqueza de especies, diversidad o estructura de la comunidad vegetal atribuibles a los équidos.

Tampoco hay buena evidencia científica en los estudios del Néguev de que estos animales estén excavando los grandes pozos que a veces se atribuyen a burros asilvestrados en otros desiertos. De hecho, la literatura sobre esta población destaca justamente lo contrario: su supervivencia depende en buena medida de manantiales escasos y de puntos de agua creados por los gestores de conservación. Eso no hace menos extraordinaria la historia.

En 1982 había que transportar animales criados en cautividad hasta un rincón del desierto con la esperanza de que sobrevivieran. Hoy existe una población de más de 300 ejemplares que se reproduce, se desplaza entre distintas regiones y ha recuperado parte del territorio perdido.

El gran cambio del Néguev quizá no sea que 28 asnos hayan convertido el desierto en un oasis. Es que un animal que llevaba décadas desaparecido volvió a formar parte de él por sus propios medios.

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