En abril de 1982, cinco asnos salvajes asiáticos salieron de un recinto de cría y comenzaron a recorrer libremente el cráter Ramón, en pleno desierto del Néguev. Era una prueba. La especie había desaparecido de aquella región a principios del siglo XX y los conservacionistas israelíes querían comprobar si podían devolverla a un territorio del que los humanos la habían borrado.
Funcionó. Entre 1982 y 1987 se liberaron allí 28 ejemplares (14 machos y 14 hembras) y, entre 1992 y 1993, otros diez llegaron a Wadi Paran. El experimento terminó generando una población capaz de reproducirse y extenderse por sí misma.
La Autoridad de Parques y Naturaleza de Israel calculaba en 2022 que ya había unos 450 animales en libertad. Investigaciones publicadas en 2026 siguen describiendo una población superior a los 300 ejemplares distribuida por amplias zonas áridas del país. Pero lo interesante es que, con el paso de los años, los científicos descubrieron que recuperar al animal también significaba recuperar parte del funcionamiento del desierto.
No eran burros domésticos ni procedían de África

Hay un detalle importante porque la historia suele contarse de forma bastante confusa. Los animales liberados no eran burros domésticos ni una mezcla con asnos salvajes africanos.
La subespecie que antiguamente habitaba esta parte de Oriente Próximo, el asno salvaje sirio (Equus hemionus hemippus), se extinguió. Para intentar ocupar de nuevo su nicho ecológico, Israel creó en 1968 una población de cría en Hai-Bar Yotvata utilizando onagros iraníes y kulan turcomanos, dos poblaciones del asno salvaje asiático. De ese grupo surgieron los ejemplares liberados posteriormente en el Néguev.
La apuesta era arriesgada. Los primeros estudios realizados después de la liberación mostraron, sin embargo, que la población aumentaba y que incluso los ejemplares nacidos en libertad tenían mayor éxito reproductivo que algunos de los animales originales. Para 1993 ya habían nacido decenas de crías en el desierto. Aquello permitió considerar la reintroducción un éxito de conservación. Solo que los animales estaban haciendo algo más.
Cada vez que comían estaban transportando plantas a otro lugar
En 2014, investigadores de la Universidad Ben-Gurion del Néguev estudiaron los excrementos de tres grandes herbívoros: el asno salvaje asiático, el órice árabe y la gacela dorcas.
El objetivo era comprobar qué ocurría con las semillas que los animales ingerían mientras se desplazaban por el desierto. Y encontraron algo especialmente interesante: cada especie transportaba un conjunto diferente de plantas, con mucho menos solapamiento de lo esperado. Los asnos salvajes dispersaban numerosas especies que otros herbívoros no estaban moviendo de la misma manera. Eso importa mucho en un ecosistema árido. Una semilla puede entrar en el aparato digestivo de un animal en un punto del desierto y salir kilómetros después rodeada de materia orgánica. El herbívoro se convierte así, literalmente, en un sistema móvil de dispersión de semillas.
Los investigadores concluyeron que recuperar grandes mamíferos que habían desaparecido podía restaurar procesos ecológicos que también se habían perdido con ellos.
No “reforestaron” el Néguev de la noche a la mañana, pero la historia es incluso más interesante
Aquí merece la pena introducir un matiz. No hay evidencia científica que permita afirmar que esos 28 asnos hayan convertido por sí solos una llanura degradada en un bosque, ni que fueran ellos los responsables del espectacular efecto sobre las acacias que suele acompañar a esta historia.
El estudio de 2014 encontró que el gran especialista en transportar semillas de acacia era en realidad el órice árabe, otra especie reintroducida. Las semillas que habían atravesado su aparato digestivo y quedaban depositadas junto a sus excrementos llegaron a mostrar una germinación 250 veces superior a la de semillas no ingeridas y sin estiércol. Eso no resta importancia a los asnos. Más bien cambia por completo la lectura del experimento.
En 1982 se pretendía devolver una especie al Néguev. Cuatro décadas después, el resultado demuestra que cuando desaparece un gran herbívoro no se pierde únicamente un animal: también desaparecen las semillas que transportaba, las plantas que ayudaba a dispersar y las relaciones que mantenía funcionando a su alrededor. Y a veces, para restaurar un paisaje, no basta con plantar árboles. También hay que devolverle los animales que hacían posible ese paisaje.