El 10 de enero de 1992, el buque portacontenedores Ever Laurel navegaba desde Hong Kong hacia Tacoma, en Estados Unidos, cuando una tormenta lo sorprendió en el Pacífico Norte, cerca de la línea internacional de cambio de fecha. Las olas arrastraron doce contenedores al mar. Uno de ellos transportaba 28.800 juguetes de baño de plástico: patos amarillos, castores rojos, tortugas azules y ranas verdes, fabricados por la empresa The First Years.
El contenedor se abrió y los juguetes, que no tenían agujeros y por lo tanto no se llenaban de agua, quedaron flotando a merced del viento y las corrientes. Lo que parecía una anécdota terminó convirtiéndose en uno de los experimentos involuntarios más famosos de la oceanografía.
Un experimento que nadie planeó

El caso llamó la atención de dos oceanógrafos de Seattle, Curtis Ebbesmeyer y James Ingraham. Ingraham había desarrollado un modelo informático, llamado OSCURS, que calcula las corrientes superficiales del océano a partir de datos de presión atmosférica y viento registrados desde 1967. Había sido creado para ayudar a la industria pesquera, pero también servía para predecir hacia dónde viajan los objetos que flotan. Los juguetes, con su origen y fecha conocidos, eran una oportunidad perfecta para ponerlo a prueba.
No era la primera vez que lo intentaban. En 1990, otro buque había perdido en el Pacífico decenas de miles de zapatillas deportivas, y los dos investigadores ya habían usado los reportes de quienes las encontraban en las playas para estudiar las corrientes. Los juguetes de 1992 ofrecían un segundo experimento, todavía mejor, porque eran más resistentes y fáciles de identificar.
De Alaska al Ártico

El 16 de noviembre de 1992, diez meses después del accidente, aparecieron los primeros juguetes cerca de Sitka, en Alaska, a unos 3.200 kilómetros del lugar donde cayeron. Hasta agosto de 1993 se recuperaron unos 400 en la costa del golfo de Alaska. Gracias a la red de recolectores de playa que Ebbesmeyer fue armando, cada hallazgo se convertía en un dato.
Con esa información, los investigadores ajustaron el modelo y lograron predicciones sorprendentes. Anticiparon correctamente que algunos juguetes llegarían a las costas del estado de Washington en 1996. También previeron que otros quedarían atrapados en el hielo del Ártico, lo cruzarían lentamente y, años después, terminarían en el Atlántico Norte.
La historia generó tanto interés que, en 2003, la empresa fabricante ofreció una recompensa a quien encontrara uno de sus juguetes en Nueva Inglaterra, Canadá o Islandia. Con los años surgieron reportes de hallazgos en el Atlántico, aunque no todos resultaron ser auténticos: en 2007, un pato encontrado en la costa de Devon, en Inglaterra, fue presentado por la prensa como uno de los viajeros de 1992, pero un oceanógrafo que lo analizó concluyó que no lo era.
Lo que enseñaron los patos
Más allá de la curiosidad, el experimento aportó información valiosa. Ayudó a confirmar el funcionamiento de los giros oceánicos, los grandes sistemas circulares de corrientes que dominan cada cuenca, y a calcular cuánto tiempo puede tardar un objeto en recorrerlos. El sol y el agua de mar también dejaron su huella: los patos y castores perdieron su color y quedaron casi blancos, mientras que las tortugas y las ranas lo conservaron.
Esos mismos giros explican hoy uno de los grandes problemas ambientales del planeta. Las corrientes que llevaron a los juguetes por el Pacífico son las que concentran residuos plásticos en zonas como la llamada gran mancha de basura del Pacífico. Los patos de 1992 mostraron, sin quererlo, que lo que cae al mar no desaparece: puede viajar miles de kilómetros y durar décadas.
La historia inspiró libros, como Moby-Duck, del periodista Donovan Hohn, publicado en 2011, y hoy los juguetes originales son objetos de colección. Más de tres décadas después, siguen siendo un recordatorio de que el océano es un sistema conectado, y de que el plástico es mucho más duradero que la memoria de quienes lo pierden.