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Ciencia

En el océano nieva sin parar, y esa nieve guarda carbono en el fondo del mar. Lo que nadie había medido es qué tan pegajosa es

Los copos más viscosos pueden llevar hasta seis veces más carbono a las profundidades. Los modelos climáticos todavía no tienen en cuenta ese detalle
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A cualquier hora y en cualquier océano del planeta está nevando. No es agua congelada, sino una lluvia constante de partículas que caen desde la superficie hacia las profundidades: restos de plancton muerto, heces de pequeños animales, mucosidad, polvo y microorganismos que se aglutinan en copos blanquecinos. Los oceanógrafos la llaman nieve marina.

Esa nieve es uno de los mecanismos más importantes que tiene el planeta para retirar carbono de la atmósfera. Y un estudio reciente descubrió que una propiedad en la que casi nadie se había fijado, su viscosidad, puede cambiar cuánto carbono termina atrapado en el fondo del mar.

La bomba biológica del océano

Fitoplancton
© Por University of Rhode Island/Stephanie Anderson – NASA Earth Expeditions, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=95501788

El fitoplancton absorbe dióxido de carbono en la superficie al hacer fotosíntesis. Cuando muere o es comido, parte de ese carbono queda en las partículas que forman la nieve marina. Si esos copos llegan a las profundidades antes de descomponerse, el carbono puede quedar almacenado durante siglos o milenios, lejos de la atmósfera. Este proceso se conoce como bomba biológica.

Según los autores del nuevo estudio, la nieve marina transporta cada año más de 10.000 millones de toneladas de carbono desde la superficie hacia aguas más profundas. Pero solo unos 2.000 millones de toneladas llegan lo bastante abajo como para quedar guardadas por largos períodos. El resto se pierde en el camino, porque las bacterias descomponen las partículas mientras caen y el carbono vuelve al agua.

Copos con un corazón duro

Un equipo de la Institución Scripps de Oceanografía, de la Universidad de California en San Diego, y de la Universidad de Lincoln, en el Reino Unido, se propuso mirar dentro de esos copos. Los resultados se publicaron en la revista Science.

Para lograrlo desarrollaron una técnica que les llevó unos cuatro años: combinaron microscopía confocal en tres dimensiones con moléculas fluorescentes que cambian su brillo según la densidad del entorno. Así obtuvieron mapas 3D de la viscosidad dentro de cada partícula, y pudieron ver en vivo cómo las bacterias alteraban su estructura.

Descubrieron que los copos no son uniformes. Las bacterias colonizan primero las zonas externas, más blandas, y no pueden llegar al núcleo denso hasta que esas capas se rompen. «Piénsenlo como un gusano en una manzana: la pulpa es fácil de penetrar, pero el corazón es difícil de masticar», explicó Bryce Inman, que realizó la investigación como posdoctorando en Scripps.

Seis veces más carbono

Ciclo Del Carbono Azul
© By Original: Kevin Saff Vector: FischX – Own work based on: Carbon cycle-cute diagram.jpeg (i.e. https://earthobservatory.nasa.gov/features/CarbonCycle), Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4134181

En los experimentos de laboratorio, las partículas más viscosas tardaron más en fragmentarse. Al mantenerse enteras durante más tiempo, se hundieron más y llevaron su carbono más abajo. Según el estudio, los agregados más pegajosos pueden transportar más de seis veces más carbono a las profundidades que los menos densos, un resultado que las simulaciones por computadora respaldaron.

El problema es que los modelos climáticos actuales no incluyen la viscosidad de la nieve marina. Si esta propiedad influye tanto como sugiere el estudio, las estimaciones de cuánto carbono absorbe el océano podrían necesitar ajustes.

Un rompecabezas con muchas piezas

No es el único hallazgo reciente que complica el panorama. En marzo, un estudio del MIT publicado en la revista PNAS mostró que las bacterias que viajan en la nieve marina también disuelven el carbonato de calcio que funciona como lastre y ayuda a las partículas a hundirse. «Lo que mostramos es que el carbono puede no hundirse tan profundo ni tan rápido como se esperaba», explicó Andrew Babbin, uno de sus autores.

Ambos trabajos apuntan a lo mismo: el destino del carbono en el océano se decide en una escala microscópica, dentro de copos que suelen medir apenas unos milímetros. Entender lo que pasa ahí será clave para calcular cuánto puede ayudar el mar a frenar el cambio climático.

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