Una botella que cae al océano puede viajar miles de kilómetros, fragmentarse y terminar dentro de un animal. Una red abandonada comparte ese destino, pero añade un problema mucho más inquietante: continúa haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñada.
Sigue atrapando peces. Los peces atraen a depredadores y carroñeros, que también quedan enredados. Cuando los cuerpos se descomponen, la red recupera flotabilidad, cambia de ubicación y vuelve a empezar. No necesita combustible, barco ni tripulación.
Esa maquinaria sin dueño recibe el nombre de pesca fantasma. Y su escala ayuda a entender por qué buena parte de la basura acumulada en el centro del Pacífico no se parece en nada a los residuos que vemos junto a una carretera.
Una red perdida puede seguir trabajando durante décadas

Un estudio internacional entrevistó a 451 pescadores de siete países para calcular cuánto material desaparece durante las operaciones habituales. El resultado fue que alrededor del 1,82% de todos los aparejos utilizados globalmente acaba perdido en el océano cada año.
La cifra incluye casi 740.000 kilómetros de líneas principales de palangre (prácticamente la distancia necesaria para viajar hasta la Luna y regresar), más de 25 millones de nasas y trampas y miles de kilómetros cuadrados de diferentes tipos de redes.
Los autores publicaron los cálculos en Science Advances y advierten que las pérdidas pueden producirse por tormentas, enganches con el fondo, colisiones, conflictos entre artes de pesca o abandono deliberado.
El problema no termina cuando el aparejo deja de pertenecer a alguien. La NOAA ha documentado redes antiguas que todavía contenían animales recién capturados décadas después de perderse. En una investigación realizada en Puget Sound se identificaron al menos 117 especies dentro de aparejos recuperados.
Las redes pueden cortar tejidos, impedir que un animal nade o suba a respirar y provocar muertes por agotamiento, hambre o asfixia. También dañan arrecifes, fondos marinos y manglares cuando quedan enganchadas o son arrastradas por las corrientes.
La Gran Mancha guarda el registro de la pesca industrial

La Gran Mancha de Basura del Pacífico no es una isla sólida. Es una enorme zona del giro subtropical del Pacífico Norte donde las corrientes concentran fragmentos, cuerdas, boyas, cajas, redes y microplásticos.
En 2019, investigadores de The Ocean Cleanup y la Universidad de Wageningen recuperaron 6.093 objetos de más de cinco centímetros. Después buscaron idiomas, logotipos, marcas, fechas y cualquier detalle que permitiera reconstruir su procedencia.
El estudio publicado en Scientific Reports estimó que entre el 75% y el 86% de la masa del plástico flotante mayor de cinco centímetros podía estar relacionada con aparejos abandonados, perdidos o descartados por actividades pesqueras y acuícolas.
Una investigación anterior ya había calculado que las redes representaban al menos el 46% de toda la masa plástica de la mancha, aunque los microplásticos dominaban abrumadoramente cuando se contaba el número de piezas.
Esto no significa que las bolsas, envases o botellas hayan dejado de ser un problema. La Gran Mancha representa una parte concreta del plástico marino y sus corrientes favorecen especialmente a los objetos que permanecen flotando en alta mar.
Limpiar la mancha no detendrá la flota fantasma

Retirar las redes evita nuevas capturas y reduce su futura fragmentación en microplásticos, pero llegar hasta ellas es caro y peligroso. Algunas pesan toneladas, se encuentran enredadas en arrecifes o se extienden bajo la superficie más allá de lo que un equipo puede ver.
La solución también pasa por impedir que desaparezcan: marcar los aparejos, registrar las pérdidas, crear sistemas de devolución, introducir paneles biodegradables en las trampas y responsabilizar a fabricantes, flotas y Estados de su recuperación.
Porque una botella abandonada contamina. Una red abandonada, además, puede seguir matando mucho después de que el barco responsable haya regresado a puerto.