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Ciencia

Encontraron en Canadá las rocas más antiguas del mundo y tienen 4.300 millones de años: lo que guardan adentro puede reescribir la historia de la Tierra

Un equipo de geólogos analizó la formación de Nuvvuagittuq, en la bahía de Hudson, y confirmó que sus rocas tienen al menos 4.160 millones de años, con estimaciones que podrían llegar a 4.300 millones. Son anteriores a cualquier material terrestre conocido hasta ahora. Para datarlas usaron dos relojes isotópicos de samario que convergieron en la misma edad, lo que refuerza la solidez del hallazgo
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La Tierra tiene 4.500 millones de años, pero casi no quedan rastros de sus primeros 500 millones. Ese período, llamado Hadiano, fue tan violento —impactos de meteoritos, océanos de magma, una corteza que se fundía y recristalizaba sin parar— que prácticamente no dejó rocas intactas. Por eso cada vez que aparece un fragmento de ese tiempo, la geología entera presta atención.

Un equipo encabezado por el investigador Jonathan O’Neil acaba de analizar con nuevos métodos la formación de Nuvvuagittuq, un afloramiento costero en la bahía de Hudson, en el noreste de Canadá. La conclusión, publicada en julio de 2025, es que esas rocas tienen al menos 4.160 millones de años y posiblemente hasta 4.300 millones. Si el valor máximo se confirma, serían las rocas más antiguas jamás encontradas en la Tierra.

El método que hizo posible datar rocas que nadie había podido fechar bien

Datar rocas tan antiguas es extraordinariamente difícil. El método más habitual, basado en el mineral zircón, no funciona aquí porque estas rocas no lo contienen. El equipo de O’Neil recurrió en cambio a dos relojes isotópicos distintos basados en el decaimiento del samario a neodimio: uno con una vida media muy corta (el samario-146) y otro con una vida media mucho más larga (el samario-147).

La clave está en que el reloj de vida corta es casi inmune a los eventos de calor y deformación que sufrieron las rocas a lo largo de miles de millones de años, mientras que el de vida larga puede reiniciarse con esos mismos eventos. Al usar ambos en paralelo y encontrar que convergen en la misma edad —4.160 millones de años—, el equipo obtuvo una validación cruzada que refuerza enormemente la fiabilidad del dato. Para asegurarse aún más, identificaron intrusiones de magma más joven que cortan las rocas antiguas, lo que fija una edad mínima independiente.

Qué pueden contarle a los científicos sobre los primeros océanos de la Tierra

Lo que hace especialmente valiosa a la formación de Nuvvuagittuq no es solo su edad, sino su composición. Algunas de sus unidades parecen haberse formado por precipitación directa desde agua de mar, lo que las convierte en un registro químico de los océanos primitivos de la Tierra. Temperatura, salinidad, concentración de minerales: todo eso podría leerse en esas rocas si se analizan con suficiente detalle.

O’Neil lo resumió en una frase que captura bien el alcance del hallazgo: estas rocas pueden contarles cómo eran los primeros océanos, su temperatura, e incluso si pudieron albergar las huellas más antiguas de vida. Esa última posibilidad es la que más excita a los investigadores: si las condiciones químicas de esos océanos primitivos eran favorables para reacciones prebióticas, Nuvvuagittuq podría guardar evidencia de los pasos previos al origen de la vida.

Por qué este hallazgo también guía la búsqueda de vida en otros planetas

Entender cómo era la Tierra cuando la vida pudo haber surgido por primera vez tiene una aplicación directa en astrobiología. Si los científicos logran reconstruir el ambiente químico de esos primeros océanos, tendrán un modelo concreto de las condiciones que hacen posible la vida, y podrán buscarlo en otros cuerpos del Sistema Solar: lunas con océanos subsuperficiales como Europa o Encélado, o en la superficie de Marte durante su pasado húmedo.

En ese sentido, las rocas de Nuvvuagittuq no son solo un récord de antigüedad: son una guía para saber dónde y qué buscar cuando se exploran otros mundos.

Qué falta para confirmar los 4.300 millones de años

La edad mínima de 4.160 millones de años está respaldada por datos convergentes y es ya un hito científico. La cifra de 4.300 millones, en cambio, es la estimación más probable según los modelos isotópicos pero aún necesita confirmación con técnicas independientes y más muestras del mismo afloramiento.

Los próximos pasos incluyen mapeos detallados de la formación, nuevos análisis isotópicos y una reconstrucción de la historia térmica de las rocas para separar la señal original de las cicatrices dejadas por eventos posteriores. Si el valor de 4.300 millones se robustece, la geología tendrá que reescribir lo que sabe sobre cuándo y cómo se formó la primera corteza terrestre sólida, y sobre las condiciones en las que la Tierra pasó de ser una roca fundida a un planeta capaz de albergar vida.

[Fuente: Hablando Claro]

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