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La historia de cómo nació la vida compleja en la Tierra tenía una grieta que no terminaba de cerrar. Ahora un análisis masivo de ADN sugiere que nuestros ancestros microbianos ya habían aprendido a usar oxígeno antes de dar el salto evolutivo decisivo

El origen de las células complejas arrastraba una contradicción incómoda: la teoría exigía una alianza entre dos microbios que, en principio, no podían convivir. Un nuevo estudio en Nature propone una salida elegante a ese viejo problema.

La vida compleja no apareció simplemente porque la evolución “avanzara”, sino porque en algún momento ocurrió una alianza biológica extraordinaria. Una arquea y una bacteria acabaron unidas de forma irreversible, y de esa unión nacieron las primeras células eucariotas, el linaje del que surgirían después animales, plantas, hongos y, mucho más tarde, nosotros. El problema es que esa historia siempre arrastró una contradicción difícil de ignorar: según el modelo clásico, esos dos organismos no deberían haber podido convivir sin matarse.

El origen de nuestra célula tenía un problema químico bastante serio

La teoría de la endosimbiosis lleva décadas siendo una de las piezas centrales de la biología evolutiva moderna. Explica cómo una célula ancestral incorporó a una bacteria que acabaría convirtiéndose en la mitocondria, la estructura que hoy permite a nuestras células generar energía de forma eficiente.

La idea es sólida y está ampliamente aceptada. Pero siempre tuvo una grieta. Para que ese encuentro ocurriera, el hospedador —una arquea ancestral— y la bacteria simbionte tenían que compartir, al menos durante un tiempo, el mismo entorno químico. Y ahí aparecía la paradoja: la bacteria parecía depender del oxígeno, mientras que la arquea ancestral se interpretaba como un organismo estrictamente anaerobio, es decir, adaptado a entornos donde el oxígeno sería casi un veneno.

Eso dejaba una pregunta muy incómoda flotando desde hace años. ¿Cómo pudieron encontrarse, coexistir y fusionarse dos formas de vida que, en teoría, vivían en mundos metabólicos incompatibles?

La respuesta puede estar en unas arqueas muy extrañas con nombre de dioses nórdicos

La historia de cómo nació la vida compleja en la Tierra tenía una grieta que no terminaba de cerrar. Ahora un análisis masivo de ADN sugiere que nuestros ancestros microbianos ya habían aprendido a usar oxígeno antes de dar el salto evolutivo decisivo
© Hiroyuki Imachi, Masaru K. Nobu,Nozomi Nakahara,Yuki Morono, Miyuki Ogawara, Yoshihiro Takaki, Yoshinori Takano, Katsuyuki Uematsu, Tetsuro Ikuta, Motoo Ito, Yohei Matsui, Masayuki Miyazaki, Kazuyoshi Murata, Yumi Saito, Sanae Sakai, Chihong Song, Eiji Tasumi, Yuko Yamanaka, Takashi Yamaguchi, Yoichi Kamagata, Hideyuki Tamaki, and Ken Takai.

El nuevo estudio, publicado en Nature por un equipo liderado desde la Universidad de Texas en Austin, ha centrado la atención en un grupo de microorganismos que en los últimos años se ha vuelto clave para entender nuestros orígenes: las arqueas de Asgard.

Estas arqueas son especialmente interesantes porque se consideran los parientes procariotas más cercanos de los eucariotas. Es decir, representan algo parecido a la rama microbiana más próxima al linaje que acabaría dando lugar a células complejas.

Dentro de ese grupo, los investigadores identificaron un linaje particularmente revelador: las Heimdallarchaeia. Y aquí es donde el viejo rompecabezas empieza a encajar mejor. Porque estas arqueas no solo toleran el oxígeno: muchas de ellas parecen utilizarlo activamente como parte de su metabolismo.

Eso cambia bastante la historia. Si nuestros ancestros más cercanos ya eran capaces de vivir en entornos oxigenados, entonces la gran alianza que dio origen a la célula compleja deja de parecer un encuentro químicamente imposible.

La escala del trabajo no ha sido menor: 15 terabytes de ADN y miles de genomas reconstruidos

Llegar a esta conclusión no fue cuestión de aislar un organismo extraño y observarlo al microscopio. El estudio se apoyó en una operación de minería genética enorme. El equipo reunió datos de múltiples expediciones marinas y procesó cerca de 15 terabytes de ADN ambiental, una cantidad de información gigantesca incluso para los estándares actuales de biología computacional.

A partir de ese material lograron ensamblar más de 13.000 nuevos genomas microbianos, ampliando de forma drástica lo que se conocía sobre la diversidad genética de las arqueas de Asgard.

Ese volumen de datos importa mucho porque cambia la resolución con la que podemos observar el problema. Durante años, estas arqueas apenas aparecían como trazas débiles en secuenciaciones parciales. Ahora, con una cobertura mucho más profunda, empiezan a emerger patrones que antes simplemente no eran visibles.

Lo más importante no es solo que toleraran oxígeno, sino que ya tenían parte de la maquinaria para usarlo

El estudio no se limita a decir que estas arqueas vivían en entornos oxigenados. Va más allá. Utilizando herramientas de predicción estructural de proteínas, los investigadores encontraron que varias de las proteínas presentes en las Heimdallarchaeia tienen formas y funciones compatibles con rutas metabólicas basadas en oxígeno.

Eso significa que no estamos hablando simplemente de organismos que “aguantaban” ese gas, sino probablemente de microbios que ya habían empezado a sacarle partido energético.

Y ese matiz es clave. Porque la gran ventaja evolutiva del oxígeno no está solo en sobrevivir a su presencia, sino en aprovecharlo para obtener más energía. Si nuestros ancestros microbianos ya habían dado ese paso antes de la endosimbiosis, entonces la aparición de la célula compleja deja de parecer una colisión improbable entre extraños incompatibles y empieza a parecer una alianza mucho más plausible.

La geología de la Tierra primitiva también encaja mejor con esta nueva historia

La historia de cómo nació la vida compleja en la Tierra tenía una grieta que no terminaba de cerrar. Ahora un análisis masivo de ADN sugiere que nuestros ancestros microbianos ya habían aprendido a usar oxígeno antes de dar el salto evolutivo decisivo
© Shutterstock / Choksawatdikorn.

Una de las razones por las que este hallazgo resulta tan convincente es que no aparece aislado del contexto planetario. Encaja bastante bien con lo que ya sabemos sobre la historia del oxígeno en la Tierra.

Después del Gran Evento de Oxidación, ocurrido hace unos 2.400 millones de años, el planeta no se transformó de golpe en un mundo lleno de oxígeno. El proceso fue largo, irregular y geográficamente desigual. Pero hace alrededor de 1.700 millones de años, los niveles de oxígeno en ciertos entornos superficiales y costeros ya eran mucho más relevantes de lo que durante mucho tiempo se asumió.

Eso abre un escenario muy distinto al clásico. En lugar de imaginar a nuestros ancestros refugiados en fondos anóxicos y aislados del oxígeno, este estudio sugiere que algunas de las arqueas más cercanas a nosotros habitaban ya sedimentos costeros y ambientes relativamente oxigenados, justo el tipo de lugar donde una interacción estable con bacterias aerobias resulta mucho más verosímil.

La gran paradoja quizá no se resuelva con un único fósil o una única especie, sino cambiando el escenario completo

Lo más interesante de este trabajo es que no “resuelve” el origen de la vida compleja con una única prueba definitiva, como si se tratara de una pieza perdida que de pronto encaja sola. Lo que hace es algo más importante: cambia el paisaje en el que estábamos imaginando ese origen.

Durante mucho tiempo, el relato dominante partía de una incompatibilidad casi insalvable. Ahora, en cambio, empieza a perfilarse una imagen mucho más coherente: nuestros ancestros microbianos no eran criaturas obligadas a huir del oxígeno, sino organismos capaces de convivir con él y, probablemente, de usarlo a su favor.

Eso convierte el gran salto evolutivo que dio origen a las células complejas en algo menos milagroso y más comprensible. No porque deje de ser extraordinario, sino porque por fin empieza a tener sentido químico, ecológico y evolutivo al mismo tiempo.

A veces el gran avance no es descubrir un nuevo ancestro, sino demostrar que la vieja historia estaba mal ambientada

La paradoja del oxígeno llevaba décadas funcionando como una especie de nota al pie incómoda en una de las historias más importantes de la biología. No destruía la teoría, pero sí la dejaba con una pregunta abierta demasiado grande.

Este nuevo estudio no cierra definitivamente el debate, pero sí hace algo muy valioso: elimina una de las contradicciones más molestas del relato sobre nuestro origen celular. Y eso cambia bastante la perspectiva.

Porque si nuestros ancestros ya habían aprendido a respirar oxígeno antes de incorporar a la bacteria que se convertiría en mitocondria, entonces la aparición de la vida compleja no fue el resultado de una convivencia imposible, sino el siguiente paso lógico de una transición que el planeta ya estaba empezando a permitir.

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