Doblar una hoja de papel hasta convertirla en una figura compleja es relativamente sencillo si sigues instrucciones claras. Hacer lo mismo con tejido vivo, en cambio, parecía hasta ahora fuera de alcance. Ese es el punto de partida de este avance.
Un equipo liderado por el Instituto de Bioingeniería de Cataluña (IBEC), junto con la UPC y el CIMNE, ha desarrollado una estrategia para programar tejidos celulares de forma que, partiendo de una estructura plana, sean capaces de plegarse por sí mismos hasta adquirir formas tridimensionales definidas. El trabajo, publicado en Science, no intenta imitar directamente órganos reales, sino entender y controlar las reglas físicas que permiten que esos tejidos se formen. Y ahí está la clave.
No se trata de construir tejido, sino de decirle cómo debe doblarse
El problema no es que las células no puedan generar formas complejas. Lo hacen constantemente dentro del cuerpo. Pulmones, intestinos o riñones están llenos de pliegues que son esenciales para su función. El desafío es otro: controlar ese proceso.
Hasta ahora, la bioingeniería ha intentado replicar estructuras biológicas mediante andamiajes o moldes. Este enfoque es distinto. Aquí no se fuerza la forma desde fuera, sino que se programa desde dentro.
Los investigadores han demostrado que basta con controlar cómo se orientan las células para que el tejido genere tensiones internas que, al liberarse, producen pliegues específicos. Es, literalmente, un tipo de “origami celular”, donde las instrucciones no son líneas sobre papel, sino patrones de organización microscópica.
El secreto está en cómo se alinean las células

Muchas células del cuerpo tienen forma alargada y tienden a alinearse entre sí, generando lo que se conoce como orden nemático. Según explica un artículo publicado en El Mundo, este es un comportamiento similar al de las fibras de un tejido o los píxeles de una pantalla. Pero lo interesante ocurre cuando ese orden se rompe.
En esos puntos (llamados defectos topológicos) se concentran fuerzas que influyen directamente en cómo se deforma el tejido. Son pequeñas irregularidades que, a gran escala, determinan la forma final.
El equipo logró manipular esos defectos mediante micropatronaje químico, creando superficies con “carriles” por los que las células se ven obligadas a orientarse. Al decidir dónde aparecen esas zonas de tensión, pueden controlar cómo se doblará el tejido cuando se libere. El resultado no es inmediato, pero sí predecible.
De una lámina plana a una estructura tridimensional
Mientras el tejido permanece adherido a la superficie, las tensiones quedan contenidas. Pero cuando se libera, ocurre lo importante. Las fuerzas internas acumuladas se redistribuyen y el tejido comienza a plegarse. No de forma aleatoria, sino siguiendo el patrón previamente diseñado.
Los investigadores han conseguido generar formas relativamente simples (como cuencos, estructuras similares a tazas o configuraciones con pétalos), pero el objetivo no era la complejidad, sino demostrar que el principio funciona. Y funciona.
Un paso clave hacia la medicina regenerativa
El potencial más inmediato está en la regeneración de tejidos. Muchos problemas médicos no se deben solo a la pérdida de células, sino a la pérdida de forma. Un intestino sin sus pliegues, por ejemplo, pierde gran parte de su capacidad de absorción. Lo mismo ocurre en otros órganos donde la geometría es esencial. Si es posible diseñar tejidos que recuperen esa estructura, se abre una vía completamente nueva.
No se trataría solo de reparar, sino de reconstruir con precisión. A largo plazo, la idea es poder generar tejidos fuera del cuerpo que mantengan la forma adecuada para ser funcionales tras un trasplante. No es algo inmediato, pero este tipo de control es un requisito básico para llegar ahí.
Y más allá de la medicina: robots que combinan lo vivo y lo artificial

Hay otra línea de aplicación que, como reconocen los propios investigadores, suena más cercana a la ciencia ficción, pero ya está en desarrollo: la robótica biohíbrida. Los robots actuales tienen una limitación clara: son rígidos.
Eso dificulta tareas que, para los organismos vivos, son triviales, como manipular objetos blandos o adaptarse a entornos variables. Los tejidos biológicos, en cambio, son flexibles, dinámicos y capaces de generar fuerzas por sí mismos. Integrar tejidos vivos en sistemas artificiales podría permitir crear dispositivos mucho más adaptables.
No se trata de replicar un organismo completo, sino de diseñar componentes funcionales que combinen lo mejor de ambos mundos. Una especie de ingeniería donde la biología no es un límite, sino una herramienta.
Diseñar la biología en lugar de copiarla
Quizá lo más interesante de este trabajo no sea una aplicación concreta, sino el cambio de enfoque. Durante décadas, la biología se ha estudiado como algo que hay que observar, entender y, en el mejor de los casos, imitar. Este tipo de investigaciones propone algo distinto. Utilizar las leyes físicas que rigen los tejidos para diseñarlos desde cero.
No copiar un órgano, sino crear uno nuevo siguiendo reglas controladas. Es un paso sutil, pero importante. Porque en ese momento, la pregunta deja de ser cómo funciona la biología… y pasa a ser hasta dónde podemos llegar cuando empezamos a programarla.