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Esta es mi historia de horror cortesía de Airbnb

Danielle Steinberg
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No todas las historias de Airbnb son buenas.
Foto: Oyvind Solstad (Flickr)

Quiero empezar con decir que no odio a Airbnb. En realidad, a pesar de sus deficiencias, me encanta, y utilizo la aplicación casi exclusivamente cuando estoy viajando por placer. He tenido varias experiencias geniales entre las cuales se destacan: un chalet en la playa de una isla de surf en las Filipinas, una cabina en Escocia con una chimenea con un sitio para cortar madera perfecto para Instagram o una casa de vidrio perfecta para ver la Aurora en Islandia… pero esta experiencia es muy diferente a esas historias.

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A continuación escucharán una historia tan espeluznante y tan horrible que un representante de Airbnb dijo que era lo último que iban a aguantar en el mercado de Anaheim y retiró Airbnb de la región. (Nota: En realidad fue la ciudad de Anaheim cambió las reglas de alquiler a corto plazo, pero esa era la historia de Airbnb en aquel momento).

Día 1 (noche)

Todo empezó porque acordé ir a Vidcon, una pesadilla de conferencia para los influencers de las redes sociales y sus fans adolescentes, con dos antiguas colegas. Todas las que fuimos éramos mujeres de aproximadamente 25 años.

Ir a Vidcon (por el tercer año consecutivo) fue mi primer error. El segundo fue coger un vuelo de Southwest Airlines en el que había overbooking y enterarnos de que la aerolínea había mandado miles de dólares de nuestro equipo de grabación a Los Ángeles sin nosotras. Una de nuestras colegas en aquel entonces (llamémosla Presa #1) fue la primera en llegar en la casa privada que le habíamos alquilado a Airbnb. Presa #1 esperaba una interacción rápida con el anfitrión y luego silencio y libertad.

No obstante, como una cita de Tinder mala, el anfitrión — que había mentido y en realidad era 20 años mayor que su perfil — inmediatamente se puso a llorar cuando llegó.

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Se había divorciado en un momento y “se había dejado ir”, dijo. Pero las lágrimas eran solo el principio de un gran problema. El anfitrión no se iba. Presa #1 era demasiado dulce e inocente para pedirle que se fuera, así que le dejó llevarla a las instalaciones de Vidcon. (Ya lo sé, ya lo sé, pero como ya estás en la casa de un desconocido, ¿no pasa nada si te metes en su coche también…?) Sabes que estás desesperada por escapar si prefieres estar en unas instalaciones llenas de adolescentes chillando en vez de en tu Airbnb. Cuando llegó, se reunió con el resto de nuestro equipo y luego regresó a la casa.

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A las 3 de la mañana, Presa #2 y yo llegamos y escuchamos mientras Presa #1 nos contó su historia inquietante sobre nuestro anfitrión. Llamémosle el Padre Lloroso de la Casa. Afortunadamente, ya se había ido, así que pensamos que lo peor había pasado. Hasta que nos enteramos de que le había quitado el candado a la puerta principal.

Día 2

La mañana siguiente mientras nos arreglábamos para ir a la convención, ¿adivina quién llegó? El Padre Lloroso de la Casa. ¿Por qué? No teníamos ni idea. Le preguntamos sobre el candado que había desaparecido, y nos dijo que ya que el barrio era “seguro”, no necesitábamos un candado. No estábamos de acuerdo.

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Eventualmente, ganamos la discusión y dijo que reemplazaría el candado, lo cual nos hice sentir que por lo menos nuestras pertenencias (y nosotras) estaríamos seguras. Luego empezó a llorar otra vez. También propuso (varias veces, incluso en correspondencia antes de que llegáramos) de que dejáramos que su hermano, que no tenía trabajo, fuera nuestro chófer. Nos negamos. Nos fuimos de la casa (en un coche no conducido por su hermano) en un viaje de ocho horas para acudir a Vidon, una pesadilla. Cuando regresamos, encontramos que estábamos en otro infierno.

Ahí estaba el Padre Lloroso de la Casa, sentando en la casa con la música y la televisión a todo volumen y todas las puertas abiertas. Él estaba en la puerta principal, en realidad montado encima de ella, intentando arreglar el candado. Dijo que había estado ahí todo el día intentando arreglarlo. Presa #2 y yo le pedimos permiso para hacerlo nosotras mismas, y lo arreglamos dentro de una hora. Luego le dijimos que se fuera otra vez.

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Eran las 19 horas, y decidimos meternos en la piscina de afuera. 15 minutos después, cuando estábamos ya relajadas, llegaron los limpiadores de piscina. No nos dijeron nada, solo empezaron a… limpiar. Así que nos movimos y nadamos para intentar evitar la red de limpieza y entramos a la casa. Nos arreglamos y salimos de ahí corriendo para cenar y, no lo sé, salir de fiesta con los adolescentes de Vidcon.

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Día 3

Aquí es cuando las cosas empiezan a estar un poco borrosas. También es difícil recordar cuántas veces fuimos y regresamos al Airbnb solo para encontrarnos con el Padre Lloroso de la Casa, que tenía la música y la televisión a todo volumen. Una parte de mí cree que nunca se fue y que solamente se escondió en el garaje y regresó a la casa cuando vio que nos fuimos. Déjame decirte: nunca he mirado por si había cámaras en un baño como en aquella experiencia.

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De todos modos, una vez regresamos y encontramos que las puertas a nuestras habitaciones estaban abiertas y que nuestras maletas no estaban en el estado en el que los dejamos. En la habitación de Presa #2, encontramos que sus altavoces JBL estaban encima de su bolso aunque habían estado debajo de toda su ropa antes de irnos. Esto nos condujo a confirmar que teníamos todo nuestro equipo de grabación (algo que hacen neuróticamente los productores de vídeo), y que no nos faltaba nada.

Por lo tanto, hicimos la cosa lógica: pensamos que lo que pasó se debía a fantasmas. En otra ocasión, regresamos y encontramos que nuestras botellas de agua, llenas cuando nos fuimos, estaban vacías. De nuevo… ¿fantasmas, verdad? Pasamos todo el tiempo que podíamos fuera de la casa, compartiendo historias raras del Airbnb con nuestros colegas. La pesadilla, sin embargo, no se había acabado todavía.

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Día 4 (la mañana)

Llegó el día. Por fin habíamos terminado con Vidcon, terminado con Anaheim, terminado con esa puta casa y terminado con el Padre Lloroso de la Casa. Nos dijo que dejáramos las llaves (a su puerta recién arreglada, de nada, Padre Lloroso) y que nos fuéramos. Nos teníamos que ir antes del mediodía, así que nos levantamos temprano, pusimos todo nuestro equipo de grabación y nuestras maletas en el garaje cerrado, y fuimos a desayunar e ir a la tienda de surf y skate favorita de Presa #2. (Su patineta morada fue lo único bueno que sacamos de este viaje). Cuando regresamos alrededor de las 11, el garaje estaba abierto para que todo el mundo viera y cogiera nuestras cosas.

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Había seis hombres mayores caminando por la casa, garaje, patio, por todos sitios. Dijeron que eran jardineros con llaves al garaje y a la casa. Cogimos nuestras cosas cuanta antes (después de revisar que teníamos todo nuestro equipo) y nos fuimos, feliz de dejar ese lugar para siempre.

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¿Qué pasó después?

Después de otro vuelo jodido de 24 horas a Washington, D.C., con Southwest, llegamos a casa. Tuvimos una discusión larga y decidimos quejarnos con Airbnb. Casi no lo hicimos porque el Padre Lloroso de la Casa nos daba pena. Pero resulta que tomamos la decisión correcta.

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Cuando Airbnb se puso en contacto con él, les dijo furiosamente que le habíamos robado $15.000 en pertenecías de su casa y mandó como pruebas una foto de los altavoces JBL de Presa #2. Sí, había rebuscado en nuestras cosas, hecho una foto de los altavoces personales de Presa #2 encima de su maleta abierta y le había mandado a Airbnb esa foto como evidencia de que le habíamos robado sus putas cosas.

Bueno, ¿quieres contar tu historia de horror de Airbnb?

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