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Ciencia

Estados Unidos tenía miles de kilómetros de vallas para encerrar ganado. Lo que hicieron después con ellas terminó conectando a millones de personas

A finales del siglo XIX, los agricultores estadounidenses encontraron una forma inesperada de llevar el teléfono a lugares donde las compañías no querían invertir. Convirtieron las vallas de alambre de espino en improvisadas redes de comunicación.
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A finales del siglo XIX, buena parte de Estados Unidos estaba cubierta por kilómetros y kilómetros de alambre de espino. Aquellas vallas habían transformado el paisaje rural, delimitando propiedades, protegiendo cultivos y evitando que el ganado se desplazara libremente por las enormes llanuras del país. Pero había otro problema que los agricultores todavía no habían conseguido resolver: comunicarse entre ellos.

El teléfono ya existía, pero las grandes compañías consideraban que instalar redes en territorios poco poblados era demasiado caro. Las distancias eran enormes, los usuarios potenciales relativamente escasos y llevar postes y cables hasta cada granja parecía un negocio poco atractivo. Hasta que alguien encontró una solución que estaba literalmente delante de sus ojos.

Los agricultores comenzaron a convertir sus vallas de alambre de espino en líneas telefónicas improvisadas, capaces de conectar hogares separados por kilómetros sin necesidad de construir una infraestructura completamente nueva. La idea fue tan sencilla como ingeniosa y terminó formando parte de una revolución silenciosa que transformó las comunicaciones rurales estadounidenses.

El teléfono era un lujo, pero los agricultores ya tenían todo el cable que necesitaban

Estados Unidos tenía miles de kilómetros de vallas para encerrar ganado. Lo que hicieron después con ellas terminó conectando a millones de personas
© Unsplash / Kacie Long.

La historia comienza en 1874, cuando Joseph Farwell Glidden patentó uno de los diseños de alambre de espino que terminaría popularizándose por todo el oeste estadounidense. Según el Museo Nacional de Historia Estadounidense del Smithsonian, este material permitió sustituir las costosas cercas de madera y piedra por barreras metálicas baratas y resistentes.

Dos años después, Alexander Graham Bell patentó su teléfono. Sin embargo, la expansión de las redes telefónicas no siguió el mismo ritmo en ciudades y comunidades agrícolas. La situación comenzó a cambiar cuando las patentes fundamentales de Bell expiraron en la década de 1890 y aparecieron numerosos operadores independientes.

Los agricultores, acostumbrados a organizarse mediante cooperativas, comenzaron a crear sus propias redes. Pero algunos llevaron el ahorro todavía más lejos. En lugar de instalar cables nuevos, conectaban los aparatos telefónicos al alambre metálico que ya recorría los límites de sus propiedades.

La electricidad podía transportar las variaciones de señal necesarias para transmitir la voz a través de aquel conductor, aunque estuviera diseñado originalmente para contener animales. En determinados sistemas, una misma línea podía conectar veinte hogares o más.

Mazorcas de maíz, botellas y una red telefónica que funcionaba cuando quería

El procedimiento requería algo más que conectar un teléfono a una valla. Para evitar que la señal eléctrica escapara hacia el suelo, los agricultores tenían que aislar determinados puntos del tendido. Y ahí comenzaba la verdadera creatividad. Utilizaban materiales que encontraban en sus propiedades: cuellos de botellas de vidrio, piezas de goma, mazorcas de maíz secas y otros objetos capaces de reducir las pérdidas eléctricas.

La solución permitía ahorrar dinero, pero tenía inconvenientes evidentes. Las conexiones eran vulnerables a la humedad, a los contactos accidentales con la vegetación y al deterioro del propio alambre. Durante las lluvias, la calidad de las comunicaciones podía empeorar considerablemente. Algunas redes recibieron el apodo de sistemas shout and holler, algo así como «gritar y vocear», porque los usuarios tenían que elevar la voz para hacerse entender. Aun así, funcionaban suficientemente bien como para resultar útiles.

De hecho, una fotografía publicada por Scientific American en marzo de 1900 muestra a un hombre utilizando un teléfono instalado junto a una valla rural. La imagen documenta algo extraordinario: mucho antes de internet, algunas comunidades estaban construyendo sus propias redes de comunicación reutilizando una infraestructura que nunca había sido concebida para ese propósito.

Uno de aquellos niños acabaría cambiando para siempre la historia de la información

Estados Unidos tenía miles de kilómetros de vallas para encerrar ganado. Lo que hicieron después con ellas terminó conectando a millones de personas
© Unsplash / Matt L.

La historia tiene un protagonista inesperado. Durante su infancia en Gaylord, Michigan, un joven llamado Claude Shannon construyó un sistema telegráfico utilizando aproximadamente 800 metros de alambre de espino que conectaban su casa con la de un amigo. No era una línea telefónica convencional, sino un dispositivo para transmitir mensajes mediante código Morse.

El episodio está documentado por la Universidad de Michigan, donde Shannon estudiaría posteriormente matemáticas e ingeniería eléctrica. Décadas más tarde, aquel niño se convertiría en uno de los científicos más influyentes del siglo XX.

En 1948 formuló los fundamentos matemáticos de la teoría de la información, esenciales para comprender cómo transmitir datos de manera eficiente incluso cuando existen ruido e interferencias. Esto no significa que las vallas telefónicas originaran directamente su teoría, pero sí muestra hasta qué punto la experimentación con sistemas de comunicación formaba parte de sus intereses desde pequeño.

Mientras tanto, las redes rurales siguieron expandiéndose. En 1927 existían aproximadamente 6.000 cooperativas, asociaciones y pequeñas compañías telefónicas que prestaban servicio en zonas agrícolas estadounidenses. No todas utilizaban alambre de espino: muchas habían desarrollado ya redes convencionales. Con el tiempo, los cables de cobre y las infraestructuras profesionales sustituyeron aquellos sistemas improvisados.

Sin embargo, la historia dejó una enseñanza que sigue siendo relevante. La innovación tecnológica no siempre comienza inventando algo nuevo. A veces consiste en descubrir que una infraestructura construida para un propósito completamente diferente también puede resolver un problema que parecía imposible. Y, durante unas décadas, las mismas vallas que mantenían al ganado dentro de las granjas permitieron que las voces de sus propietarios viajaran mucho más allá de ellas.

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