Durante años, el olfato fue el gran olvidado entre nuestros sentidos. Sin embargo, investigaciones recientes lo colocan en el centro de la salud cerebral y emocional. Perder la capacidad de oler no solo impacta en la calidad de vida, sino que puede ser un aviso temprano de trastornos neurológicos graves. La buena noticia: hay formas de ejercitarlo y protegerlo.
El olfato como alerta temprana del deterioro neurológico

La ciencia ha comenzado a dar al olfato la atención que merece. Se ha comprobado que una disminución en esta capacidad sensorial puede ser uno de los primeros indicadores de enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer, el párkinson o la esclerosis múltiple. Incluso puede predecir la mortalidad en personas de mediana edad, según el neurobiólogo Michael Leon.
Además, pruebas olfativas han demostrado tener más precisión que algunos exámenes tradicionales a la hora de anticipar el deterioro cognitivo leve. En pruebas con miles de adultos, los resultados en ejercicios de memoria, atención o fluidez verbal eran notablemente más bajos en quienes tenían un olfato debilitado.
Recuperar un sentido olvidado: cómo y por qué entrenar el olfato
El olfato, a pesar de haber sido históricamente infravalorado, puede entrenarse y mejorarse. Investigadores como Thomas Hummel han comprobado que una práctica diaria basada en la exposición a olores específicos (como limón, rosa, clavo o eucalipto) durante algunas semanas puede recuperar la sensibilidad olfativa e incluso inducir mejoras estructurales en el cerebro.

Estudios recientes han ido más allá: en un ensayo clínico, se usó un difusor de aromas nocturno con 40 esencias distintas durante seis meses, y los resultados mostraron un aumento de más del 200% en la memoria verbal en personas mayores. La estimulación constante de este sistema sensorial parece promover cambios neuroplásticos positivos.
Más allá del aroma: emociones, memoria e inflamación
El sistema olfativo está íntimamente conectado con áreas cerebrales clave para la memoria y las emociones. Su deterioro no solo afecta la percepción sensorial, sino que puede provocar aislamiento, depresión y pérdida de la calidad de vida. Las personas que lo pierden describen su experiencia como vivir “dentro de una burbuja”.
Además, ciertos olores pueden tener efectos directos sobre la inflamación cerebral. Mientras que los aromas agradables como la lavanda o los cítricos parecen reducirla, los olores desagradables pueden incrementarla, elevando el riesgo de enfermedades como el alzhéimer.
Fuente: Infobae.