Matar una cabra en una isla enorme puede ser relativamente sencillo. Encontrar la última cabra de una isla de casi medio millón de hectáreas es otra historia.
Ese fue exactamente el problema al que se enfrentaron los responsables del Proyecto Isabela en Galápagos. Durante años habían utilizado cazadores, perros y helicópteros para reducir una población invasora que estaba destruyendo algunos de los ecosistemas más extraordinarios del planeta. El método funcionaba mientras había miles de animales. Cuando quedaron unos pocos, cada superviviente podía esconderse entre bosques, cuevas y kilómetros de terreno volcánico. Y bastaba con que quedaran un macho y una hembra para que el problema pudiera empezar otra vez.
La solución fue extraña incluso para los estándares de la conservación: capturar cabras, esterilizarlas, colocarles radiocollares y devolverlas al mismo lugar del que intentaban erradicarlas. Después solo había que esperar a que hicieran aquello para lo que estaban programadas socialmente: buscar otras cabras.
Las llamaron cabras Judas.
Todo empezó con unas cabras que nunca deberían haber estado allí
Las cabras habían llegado a Galápagos de la mano de marineros y balleneros, que las utilizaban como una reserva de carne disponible durante futuros viajes. El problema apareció cuando aquellos animales domésticos quedaron sueltos en ecosistemas insulares que nunca habían evolucionado para soportar semejante presión de grandes herbívoros.
En el norte de Isabela la situación se volvió especialmente grave. Las cabras atravesaron en la década de 1970 el istmo de Perry, una franja de unos 12 kilómetros de lava extremadamente accidentada que hasta entonces había funcionado como barrera natural. Apenas 10 o 15 años después de llegar a las laderas del volcán Alcedo, su población había explotado.
Más de 100.000 cabras llegaron a ocupar la zona de Alcedo, según Galápagos Conservancy. Su alimentación arrasó vegetación, favoreció la erosión y convirtió partes de un paisaje boscoso en algo parecido a un semidesierto. Las tortugas gigantes también competían con ellas por los recursos.
El Proyecto Isabela comenzó a tomar forma en 1997. Su escala terminaría siendo monumental: más de 140.000 cabras eliminadas en más de 500.000 hectáreas, con un coste de unos 10,5 millones de dólares. En aquel momento fue el mayor esfuerzo de restauración insular realizado hasta la fecha.
El helicóptero podía acabar con miles. Las últimas cabras costaban una fortuna

El principio era casi una operación militar. En Isabela, la caza aérea comenzó en 2004 y en su primera gran fase permitió eliminar 55.657 cabras desde helicópteros. Los cazadores terrestres, apoyados en algunos casos por perros, actuaban principalmente en lugares donde la vegetación complicaba las operaciones aéreas.
Pero cuanto mejor funcionaba el sistema, peor se volvía su eficiencia. Las cabras restantes eran escasas, estaban dispersas y habían aprendido a refugiarse. En Santiago, donde fueron eliminadas cerca de 79.600, la mayoría costó entre 10 y 100 dólares por ejemplar. Algunas de las últimas llegaron a superar los 10.000 dólares por animal debido al esfuerzo necesario para encontrarlas.
Había que hacer que las cabras salieran de sus escondites. O, mejor todavía, conseguir que otra cabra fuese a buscarlas.
Los investigadores capturaron animales vivos, los identificaron, esterilizaron y equiparon con transmisores de radio antes de liberarlos nuevamente. Las cabras son gregarias, de modo que un ejemplar aislado tiende a buscar compañía. Los equipos podían seguir la señal del radiocollar desde un helicóptero y comprobar si su “Judas” había encontrado algún superviviente.
Entre marzo de 2005 y marzo de 2006 desplegaron unas 700 cabras Judas en Isabela. Durante 465 días fueron localizadas 5.470 veces. Gracias a esas operaciones, los cazadores abatieron 3.439 cabras salvajes que estaban directamente acompañando a una Judas, además de otras 1.085 detectadas durante las mismas misiones.
Y después llegaron las “Mata Hari”
La estrategia todavía podía perfeccionarse. Algunas de las cabras utilizadas eran hembras esterilizadas a las que se implantaron hormonas para mantenerlas durante largos periodos en celo. Los investigadores descubrieron que podían convertirse en reclamos especialmente eficaces para localizar machos que hubieran conseguido sobrevivir aislados.
El nombre elegido era inevitable: cabras Mata Hari. En diciembre de 2005 fue eliminada la última cabra asilvestrada conocida del norte de Isabela. Las operaciones principales terminaron en 2006, después de retirar 62.818 ejemplares de esa isla en apenas dos años. Algunas Judas permanecieron deliberadamente allí como sistema de vigilancia.
El resultado fue mucho más allá de las cabras. Tras la eliminación de mamíferos invasores se documentó, por ejemplo, la recuperación del rascón de Galápagos en Santiago, mientras que en Alcedo la vegetación volvió a disponer del espacio necesario para recuperarse y las tortugas gigantes dejaron de competir contra decenas de miles de herbívoros introducidos.
El Proyecto Isabela dejó además una lección bastante peculiar para la conservación: cuando quedan miles de invasores, el problema puede solucionarse con fuerza. Cuando queda uno solo, hace falta inteligencia. Y en Galápagos, durante un tiempo, la mejor herramienta para encontrar una cabra resultó ser otra cabra.