Antes de que los humanos aprendieran a producir hierro de forma habitual en hornos, había una manera mucho más extraordinaria de conseguirlo: esperar a que cayese del espacio.
Los meteoritos metálicos contienen hierro y concentraciones de níquel características que permiten distinguirlos del metal obtenido posteriormente mediante fundición de minerales terrestres. En plena Edad del Bronce, cuando trabajar el hierro todavía era excepcional, encontrar uno de aquellos fragmentos significaba disponer de un material extremadamente raro.
Ahora, una investigación publicada en el Journal of Archaeological Science sugiere que las élites minoicas y micénicas lo convirtieron directamente en joyería de prestigio. Tras cinco años estudiando objetos conservados en museos griegos, los investigadores encontraron una pista sorprendentemente consistente: siempre que aparecía hierro rico en níquel, estaba en un anillo. Y eso probablemente no era casualidad.
Analizaron 91 objetos de hierro. Los 13 que tenían la pista de un meteorito eran anillos

Matthieu Gounelle, del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, y Eleni Mantzourani, de la Universidad de Atenas, analizaron mediante fluorescencia de rayos X portátil 91 artefactos procedentes de 33 yacimientos de Grecia continental, el Peloponeso, las islas del Egeo y Creta. El método permitía estudiar objetos extremadamente valiosos sin destruirlos.
Había armas, colgantes, alfileres, fragmentos metálicos y joyas. Trece objetos destacaron por contener cantidades significativas de níquel. Los trece eran anillos o fragmentos de ellos. Los investigadores consideran que nueve tienen un origen meteórico muy probable, otro bastante probable y tres requieren más análisis.
Muchos eran además anillos de sello elaborados combinando aquel extraño hierro con oro, plata o bronce. Casi todos aparecieron en tumbas de cámara o tholos acompañados de vasos de oro, joyas de ámbar y sellos de piedra, contextos asociados claramente con personas de alto estatus.
Uno de los casos más fascinantes procede del santuario minoico de Anemospilia, en Creta. Todo apunta a que aquel hierro no era simplemente otro metal. Era algo para enseñar.
Es posible que el metal viajara desde los desiertos de Egipto

Los investigadores incluso plantean de dónde pudo salir. Encontrar meteoritos en Grecia y Creta resulta complicado: el clima favorece su corrosión y una enorme parte del territorio circundante es mar. Los desiertos egipcios, en cambio, son lugares excelentes para preservarlos durante largos periodos. Dado que existían redes comerciales entre ambas regiones durante la Edad del Bronce, los autores proponen que parte del hierro meteórico pudo importarse desde Egipto. Es una hipótesis, no una procedencia demostrada para cada anillo.
Hay un precedente célebre: la daga encontrada junto a Tutankamón también fue fabricada con hierro de meteorito. Lo interesante es que, cuando el hierro obtenido mediante fundición comenzó a aparecer en Grecia, ambos materiales no tuvieron inicialmente el mismo prestigio. El hierro terrestre se encuentra generalmente en piezas menos refinadas; el meteórico seguía reservado para esos llamativos anillos.
Y entonces, alrededor del 1200 a. C., la moda desapareció

Los anillos ricos en níquel prácticamente desaparecen coincidiendo aproximadamente con el colapso de los sistemas palaciegos de finales de la Edad del Bronce. Los autores plantean varias explicaciones: cambios políticos, ruptura de redes comerciales o, sencillamente, que aquella moda terminara igual que terminan tantas otras.
Hay además una corrección importante respecto a algunas informaciones que están circulando: estos anillos no tienen 5.800 años. El estudio analiza objetos de la Grecia del segundo milenio a. C.; la mayoría de los anillos meteóricos pertenecen a la Edad del Bronce Tardía, hace aproximadamente entre 3.200 y 3.600 años. Y eso no hace la historia menos extraordinaria.
Mucho antes de que el hierro se convirtiera en uno de los materiales más comunes de nuestra civilización, hubo personas para quienes un pedazo de ese metal era tan raro que solo podían obtenerlo del cielo, mezclarlo con oro y llevarlo en el dedo para que todos supieran quiénes eran.