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Ciencia

Las élites minoicas y micénicas llevaban fragmentos de meteoritos en los dedos. Un estudio de 91 objetos revela que el hierro caído del cielo era un símbolo de poder

Mucho antes de que el hierro pudiera obtenerse de forma habitual en hornos, los gobernantes del Egeo ya lo convertían en anillos combinados con oro, plata y bronce. No era un metal cotidiano: era una rareza llegada del espacio.
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Durante la Edad del Bronce, llevar un anillo de hierro podía resultar bastante más extraordinario que exhibir uno de oro. No porque el metal fuese más brillante ni porque permitiera crear joyas especialmente delicadas, sino porque las sociedades del Egeo todavía no dominaban su producción a gran escala. Conseguirlo implicaba acceder a una materia prima escasa que, en algunos casos, había caído literalmente del cielo.

Un estudio dirigido por Matthieu Gounelle, del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, y Eleni Mantzourani, de la Universidad Nacional y Kapodistríaca de Atenas, ha analizado 91 objetos de hierro procedentes de 33 yacimientos y conservados en 19 museos. El objetivo era descubrir cuándo comenzaron los habitantes de la Grecia antigua a utilizar hierro obtenido de minerales terrestres y cuánto dependieron anteriormente de los meteoritos.

Los resultados, publicados en el Journal of Archaeological Science, identificaron 13 anillos con cantidades significativas de níquel, uno de los principales indicadores utilizados para reconocer hierro meteórico. Nueve tienen una procedencia extraterrestre considerada muy probable, otro encaja razonablemente con esa explicación y tres necesitan análisis adicionales. No todos pueden darse por confirmados, pero el patrón general apunta hacia una práctica reservada para las élites minoicas y micénicas.

Antes de dominar los hornos, el hierro llegaba ya preparado desde el espacio

Extraer hierro de una roca terrestre no consiste simplemente en calentarla hasta que se derrita. El mineral contiene oxígeno y otras impurezas que deben separarse mediante un proceso de reducción, algo que exige combustible, temperaturas elevadas y un conocimiento técnico que no se generalizó en el Mediterráneo hasta el final de la Edad del Bronce y el comienzo de la Edad del Hierro.

Los meteoritos metálicos resolvían parte de ese problema. Cuando un fragmento del núcleo de un asteroide alcanzaba la superficie terrestre, traía consigo una aleación de hierro y níquel que podía trabajarse mediante calentamiento y martillado, sin necesidad de obtener primero el metal a partir de un mineral.

Para distinguir ambos orígenes, los investigadores utilizaron un equipo portátil de fluorescencia de rayos X. La técnica, explica Greek Reporter, permite estudiar la composición de una pieza sin cortar, perforar ni retirar muestras, algo fundamental cuando se trabaja con objetos únicos y extremadamente frágiles. La concentración de níquel se convirtió en la pista principal: es habitual en los meteoritos de hierro, pero mucho menos frecuente en el hierro producido mediante la metalurgia antigua.

El método tiene límites. La corrosión puede modificar la superficie y una concentración elevada de níquel no confirma por sí sola el origen extraterrestre. Por eso los autores establecen distintos grados de probabilidad en lugar de afirmar que los 13 anillos proceden con absoluta certeza de meteoritos.

No eran simples joyas: casi todos aparecieron dentro de tumbas de la élite

La composición química no fue la única pista. También resultó revelador el contexto en el que aparecieron los objetos. Con una sola excepción, los anillos ricos en níquel procedían de tumbas de cámara y tholoi, grandes construcciones funerarias asociadas a individuos de alto rango. Compartían espacio con recipientes de oro, joyas de ámbar y sellos tallados en piedra, objetos que difícilmente pertenecieron a personas comunes.

La excepción apareció en Anemospilia, un santuario minoico de Creta. El anillo se encontraba en el dedo de un hombre al que los arqueólogos han interpretado como una figura religiosa destacada. Incluso en ese caso, por tanto, el hierro meteórico estaba relacionado con alguien que habría ocupado una posición especial dentro de la comunidad.

Además, no se trataba de aros sencillos. Todos eran anillos con sello y la mayoría combinaba el hierro rico en níquel con oro, plata o bronce. Su superficie plana podía utilizarse para imprimir una marca sobre arcilla, una acción vinculada con el control de mercancías, documentos y propiedades dentro de las administraciones palaciegas.

El hierro caído del cielo no habría sido valioso únicamente por su escasez. Convertido en un sello, permitía que su propietario llevara en la mano una señal de autoridad política, económica o religiosa.

Grecia tenía pocos meteoritos, así que posiblemente importaba el hierro desde Egipto

La procedencia de la materia prima sigue siendo una hipótesis. Grecia no es un lugar especialmente favorable para conservar meteoritos metálicos: la humedad y las características del terreno facilitan su corrosión, mientras que los desiertos permiten encontrarlos y preservarlos durante periodos mucho más prolongados.

Los investigadores proponen que parte del hierro pudo llegar desde Egipto, conectado con el Egeo mediante las grandes redes comerciales de la Edad del Bronce. Allí los meteoritos eran más fáciles de localizar y el hierro celeste ya tenía un significado excepcional. El célebre puñal de Tutankamón, por ejemplo, también fue fabricado con una aleación procedente de un meteorito. La ruta egipcia es plausible, aunque el estudio no demuestra que todos los anillos compartieran ese origen.

El análisis también detectó una separación social entre los dos tipos de hierro. Cuando comenzó a aparecer metal producido a partir de minerales terrestres, este se utilizó principalmente en objetos menos refinados. El hierro meteórico continuó reservado para piezas elaboradas y cargadas de prestigio, con muy poco solapamiento entre ambos usos.

Esa tradición comenzó a desaparecer aproximadamente al mismo tiempo que colapsaban los palacios minoicos y micénicos. Las rutas comerciales se debilitaron, las estructuras políticas cambiaron y el hierro terrestre empezó a hacerse cada vez más accesible.

El metal no perdió necesariamente su utilidad. Perdió aquello que lo había convertido en extraordinario. Cuando el hierro dejó de ser una sustancia casi imposible de conseguir, llevar un fragmento de meteorito en el dedo ya no comunicaba el mismo poder. Durante siglos, sin embargo, las élites del Egeo pudieron exhibir algo que el oro no ofrecía: una joya fabricada con un material que no pertenecía a la Tierra.

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