Hace 66 millones de años, un asteroide de unos diez kilómetros encontró la Tierra completamente indefensa. No había telescopios siguiéndolo, cálculos orbitales, alertas internacionales ni una nave preparada para intentar apartarlo del camino. Si algo semejante volviera a ocurrir dentro de miles, millones o decenas de millones de años, la humanidad podría encontrarse en una situación radicalmente diferente.
Eso es precisamente lo que ha querido recordar el astrónomo Humberto Campins durante el congreso The Many Pathways to Space, celebrado en Oviedo: los grandes impactos son, en escalas suficientemente largas, “inevitables” y una civilización que pretenda sobrevivir durante mucho tiempo debería prepararse para ellos.
Conviene aclarar un detalle: Campins no es un funcionario de la NASA, como sugieren algunos titulares. Es profesor de Física y Astronomía en la Universidad de Florida Central y miembro del equipo científico de OSIRIS-REx, la misión de la NASA que trajo muestras del asteroide Bennu. Y su advertencia tampoco significa que haya ahora mismo una enorme roca dirigiéndose hacia nosotros.
No hay un asteroide conocido camino de la Tierra. Ese no es el problema

La propia NASA señala actualmente que no existe ninguna amenaza significativa conocida de impacto durante los próximos 100 años o más. Su sistema Sentry recalcula continuamente las órbitas de los objetos cercanos a la Tierra para detectar posibles encuentros futuros.
La ESA hace algo similar y mantiene una Risk List de objetos para los que se ha calculado alguna probabilidad de impacto distinta de cero. Esa lista ronda actualmente los 2.000 asteroides, pero aparecer en ella no significa que un objeto vaya a impactarnos: muchas de esas probabilidades son diminutas y desaparecen cuando nuevas observaciones permiten precisar la órbita.
El verdadero problema es el tiempo. Un asteroide peligroso descubierto con décadas de anticipación puede ser un problema de ingeniería. Uno descubierto cuando faltan semanas puede convertirse en un problema prácticamente imposible.
Por eso NASA está construyendo NEO Surveyor, un telescopio infrarrojo espacial diseñado específicamente para descubrir objetos potencialmente peligrosos, incluidos asteroides oscuros difíciles de detectar con telescopios convencionales. Su lanzamiento está previsto no antes de septiembre de 2027.
En 2022 hicimos algo que hace unas décadas parecía ciencia ficción: mover un asteroide

Encontrarlo es solo la mitad de la defensa planetaria. La otra mitad consiste en responder una pregunta mucho más incómoda: ¿qué hacemos si descubrimos que realmente viene hacia nosotros?
En septiembre de 2022, NASA estrelló deliberadamente la sonda DART contra Dimorphos, una pequeña luna del asteroide Didymos que no representaba ningún peligro para la Tierra.
La nave no intentaba destruirla. Quería empujarla. Funcionó.
Antes del impacto, Dimorphos tardaba 11 horas y 55 minutos en completar una órbita alrededor de Didymos. Después de recibir el golpe de DART, ese periodo se redujo inicialmente en unos 32 minutos, demostrando por primera vez a escala real que un impactador cinético puede modificar deliberadamente el movimiento de un asteroide.
La desviación necesaria para salvar la Tierra ni siquiera tendría que ser espectacular. Con suficiente antelación, un cambio minúsculo en la velocidad de un asteroide puede acumularse durante años hasta conseguir que, cuando llegue al punto donde estaba nuestro planeta, la Tierra ya no esté allí.
Los dinosaurios tuvieron un problema que nosotros ya hemos empezado a resolver
NASA creó en 2016 su Planetary Defense Coordination Office para coordinar la detección, seguimiento y caracterización de asteroides y cometas potencialmente peligrosos. Además, agencias y organismos internacionales realizan periódicamente ejercicios con amenazas ficticias para comprobar cómo responderían gobiernos, científicos y servicios de emergencia ante un impacto real.
Nada de esto significa que debamos mirar al cielo esperando una catástrofe. Significa algo bastante más interesante.
Los impactos de asteroides son uno de los pocos grandes desastres naturales que no solo podemos predecir con años de antelación, sino que potencialmente podemos impedir. La Tierra seguirá cruzándose con rocas mientras exista el sistema solar. En ese sentido, Campins tiene razón: tarde o temprano otra vendrá hacia nosotros.
La diferencia es que, por primera vez en los 4.500 millones de años de historia de este planeta, una especie está aprendiendo a verla venir y a empujarla hacia otro lado.