Comenz√≥ cuatro meses despu√©s de que se iniciara el experimento. Hasta principios del mes de julio de 1945, Lester Glick no hab√≠a experimentado ning√ļn problema a la hora de visitar restaurantes ‚Äúpara ver comer a la gente‚ÄĚ. Hab√≠a seguido al pie de la letra la ‚Äúregla de los amigos‚ÄĚ. Ese d√≠a, al igual que en d√≠as anteriores, hab√≠a salido de casa, y como el resto de sujetos de prueba, acompa√Īado de otro miembro. Juntos tuvieron que ver como una joven ped√≠a unas jugosas chuletas de cerdo para finalmente comerse s√≥lo la mitad. El colmo lleg√≥ cuando pidi√≥ una deliciosa tarta de queso, la cual y tras jugar con ella, la joven apart√≥, pag√≥ la cuenta y sali√≥ del restaurante. Ese d√≠a, los dos j√≥venes estallaron.

Tras salir del restaurante, Lester y su compa√Īero siguen a la chica. En un momento dado la detienen y comienzan a gritarle. Ambos le dicen que si le parece normal dejar tanta comida en el plato con el hambre y la pobreza que existe en el mundo. Los chicos le lanzan todo tipo de improperios y le indican que ella, como tantos otros, est√° contribuyendo a la pobreza mundial. La mujer no entiende nada, se pone a gritar en medio de la calle y sale corriendo.

Ella no pod√≠a saber que tanto Lester como su compa√Īero y otros 34 sujetos de prueba, hab√≠an estado desde el 12 de febrero de ese mismo a√Īo sobreviviendo con unas m√≠nimas calor√≠as a base de pan, patata, nabos y col. El resultado del experimento supuso una revoluci√≥n en muchos √°mbitos alimentarios.

Los hombres que quisieron pasar hambre

Los objetores de conciencia antes del experimento. Getty

En realidad y como dec√≠amos, todo comenz√≥ unos meses atr√°s. Lester y su compa√Īero eran objetores de conciencia que hab√≠an respondido a un llamamiento lanzado por el servicio p√ļblico bajo la siguiente premisa: ¬ŅPasar√≠as hambre para que ellos se alimenten mejor? Se trataba de un folleto acompa√Īado de la foto de un ni√Īo, un experimento que se iba a llevar a cabo en la Universidad de Minnesota auspiciado por el bi√≥logo Ancel Keys.

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Keys era precisamente el fundador del Laboratory of Physiological Hygiene en la universidad. No era un tipo cualquiera. El biólogo, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, había trabajado para el Ejército de Estados Unidos contribuyendo a mejorar el valor nutritivo de los kits y raciones de combate de los soldados norteamericanos, las célebres raciones K. Fue su primera gran contribución al estudio sobre la fisiología humana.

Folleto para el experimento. U. Minnesota

Con ese primer estudio buscaba averiguar qu√© tipo de dieta contribu√≠a al agotamiento, e investigar si las personas pierden vitaminas cuando sudaban. Hacia el final de la guerra, Keys se interes√≥ por una cuesti√≥n todav√≠a m√°s importante. La guerra hab√≠a dejado tras de s√≠ un problema a√ļn mayor:

En ese momento me di cuenta de que había mucha gente, millones de personas probablemente, que estaban en condiciones de semi-inanición. Yo quería saber cuál sería el efecto de ello, cuánto tiempo duraría, y lo que sería necesario para que volvieran a estar sanos y normales.

De esta forma puso en marcha el experimento. Y por extra√Īo que pudiera parecer, se apuntaron al mismo m√°s de 100 objetores de conciencia de manera voluntaria. De ellos, Keys seleccion√≥ a 36, aquellos que ve√≠a mejor preparados f√≠sicamente.

Con los sujetos elegidos llegamos al 19 de noviembre de 1944. Ese día trasladaron a los 36 objetores a una zona de la universidad. Durante los primeros tres meses fueron alimentados bajo una dieta normal mientras el biólogo analizaba los estados de salud, su ingesta nutricional promedio y otros detalles relacionados con el metabolismo de cada uno.

Ancle Keys en 1960. AP Images

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El 12 de febrero de 1945 comenzaba el experimento. Ahora s√≥lo ten√≠an dos comidas al d√≠a, una a las 08:30 de la ma√Īana y otra a las 17:00. Esas dos comidas ten√≠an una ‚Äúvariedad‚ÄĚ de tres men√ļs, es decir, durante los siguientes seis meses alternaban entre tres tipos de comida, todas correspondientes a los √ļnicos alimentos que pod√≠an alcanzar a comer las personas que estaban pasando hambre por toda Europa y Asia.

En n√ļmeros, que quiz√° queda m√°s claro, significa que los sujetos estaban ingiriendo unas comidas que proporcionaban un valor energ√©tico total diario de 1.500 calor√≠as, m√°s o menos la mitad de lo que todos los sujetos hab√≠an estado consumiendo antes de entrar a formar parte del experimento. El bi√≥logo hab√≠a calibrado la cantidad precisa de alimento suministrado seg√ļn el peso individual corporal de cada individuo. Su objetivo era que cada uno de ellos perdiera una cuarta parte de su peso durante los seis meses.

Despu√©s de la fase de inanici√≥n sigui√≥ un per√≠odo de tres mese de ‚Äúrehabilitaci√≥n‚ÄĚ donde los sujetos de prueba fueron divididos en grupos y engordados otra vez a trav√©s del uso de varios men√ļs diferentes estudiados por Keys.

Cuatro a√Īos despu√©s del experimento, Keys public√≥ sus hallazgos junto a todos los datos que hab√≠a recogido en un trabajo final de m√°s de 1.400 p√°ginas. Bajo el t√≠tulo de The Biology of Human Starvation, el experimento no s√≥lo hab√≠a investigado los procesos f√≠sicos como la p√©rdida de peso, la p√©rdida de cabello, la sensibilidad al fr√≠o o los cambios en la qu√≠mica del cuerpo y los √≥rganos internos, tambi√©n se adentr√≥ en el efecto que nos produce a los humanos la mala nutrici√≥n en la propia inteligencia, la capacidad de comprensi√≥n o la propia personalidad del individuo.

El hambre y el hombre

Los sujetos durante el experimento. Getty

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Algunos de los hallazgos más interesantes del experimento de Keys fueron los relativos a los cambios mentales que se produjeron como consecuencia del hambre. Muchos hombres fueron presa de la apatía y la depresión. El hambre hizo que todo lo demás fuera irrelevante. Descuidaron sus costumbres de higiene personal, se convirtieron en individuos más solitarios y la gran mayoría de ellos sólo podía evocar el interés por las cosas que estaban relacionadas con los alimentos. Por otra parte también, perdieron su apetito sexual, la mayoría de entretenimientos como las películas les aburrían, a excepción, claro está, de aquellas escenas donde salía gente comiendo, que les disparaba la adrenalina.

El 10 de mayo fue el momento en el que Lester Glick, nuestro hombre del comienzo, escribió lo siguiente en su diario:

Mi hambre ha adquirido nuevas dimensiones que nunca podr√≠a haber imaginado. Parece que mis huesos, los m√ļsculos, el est√≥mago y mi mente se han unido en su anhelo por la alimentaci√≥n.

Esto da una idea de lo que estaba pasando tanto exterior como interiormente en cada individuo. Tanto Lester como muchos otros hombres hablaban cada vez menos y si lo hac√≠an, a menudo se trataba de temas sobre la comida. Lo mismo ocurr√≠a con la lectura, muchos de ellos acud√≠an a textos de recetas como material de lectura preferido. La fijaci√≥n era tan compulsiva por los alimentos que se manifestaba en un comportamiento poco habitual: llegaron a comparar precios de comida en anuncios de peri√≥dicos, o se dedicaban a ver a personas comer o llevaban a cabo compras compulsivas para el futuro como utensilios de cocina. Incluso despu√©s del experimento, tres de los sujetos de prueba cambiaron su profesi√≥n por ¬Ņadivinan? S√≠, cocineros.

Los investigadores analizando los cambios. Getty

A medida que la fase de inanici√≥n llegaba a su fin, la fase m√°s dif√≠cil para todos, algunos de los hombres llegaron a pasar horas delante de su escasa comida. Los sujetos reorganizaban el peque√Īo plato que ten√≠an delante en un intento de que pareciera m√°s grande de lo que era. Cuando terminaban, llegaba una segunda fase donde se dedicaban a lamer los platos hasta que estaban completamente limpios. S√≥lo en ese momento pasaban a la tercera fase, planificar cuanto quedaba para la pr√≥xima comida.

Inicialmente, a todos ellos se les permitían tener chicles o beber café. Ocurrió que conforme pasaron los días, algunos de los sujetos comenzaron a beber hasta 15 tazas al día y llegaron a tener la capacidad de mascar hasta 40 paquetes de chicles. En consecuencia, Keys restringió su ración diaria a un máximo de 9 tazas de café y 2 paquetes de chicle.

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Tampoco todos lograron llegar hasta el final del experimento. Uno de ellos tuvo un altercado en una tienda. En un ataque de ansiedad, el hombre entró y comenzó a devorar lo que tenía delante suya: paquetes de galletas, fruta, caramelos… el tipo acabó hospitalizado y salió del grupo experimental. Lester en cambio si aguantó. Poco antes de que terminara el experimento tomó un lápiz y comenzó a masticar la madera mientras escribió en su diario:

Esto sabe muy bien. Pienso continuamente en cómo el canibalismo puede llegar a ser una opción terrible para una persona que se muere de hambre, y en todo momento trato de quitarme el pensamiento de mi mente, pero la realidad es que no puedo parar de pensar en ello.

Los sujetos con sus rutinas de ejercicios. Getty

La tentaci√≥n de comer en secreto era tan grande que el bi√≥logo se vio obligado a introducir lo que denomin√≥ como el ‚Äúsistema de amigos‚ÄĚ al segundo mes de las pruebas. Se trataba de una regla en la que a ninguno de los objetores se les permit√≠a salir del laboratorio si no iban acompa√Īados por al menos otra persona.

A lo largo de las 24 semanas del experimento los hombres anhelaban el inicio de la fase final. Y sin embargo, cuando se produjo el ansiado momento, la fase de rehabilitaci√≥n result√≥ ser una decepci√≥n: el tama√Īo de las porciones solamente se hab√≠a incrementado gradualmente y la sensaci√≥n de hambre constante en los sujetos apenas hab√≠a disminuido. As√≠, el 20 de septiembre de 1945, Lester volvi√≥ a escribir en su diario:

Ya son siete semanas en rehabilitación y los síntomas de hambre no han disminuido significativamente. Nuestra mirada, el hambre que tenemos, nuestra mínima subida de peso… toda parece verificar nuestra mínima rehabilitación.

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Un mes despu√©s, el 20 de octubre de 1945 a las 17:00, los sujetos tomaron su √ļltima comida en grupo. Se trataba de la primera comida en las 48 semanas que llevaban donde no hab√≠a ning√ļn tipo de restricci√≥n. En su trabajo, el bi√≥logo explicaba que el deseo por comer libremente fuera de la dieta era tan extremo, que de haberlo aplazado una semana m√°s podr√≠a haber acabado en crisis emocionales severas y una m√°s que posible rebeli√≥n.

La escena, como dir√≠a Keys, fue m√°s que simb√≥lica. Con el suntuoso banquete delante, los sujetos se llenaron mucho m√°s r√°pido de lo que hab√≠an esperado y al final de la comida la mayor√≠a de los hombres se qued√≥ mirando con gesto de incredulidad la gran cantidad que a√ļn quedaba (y que no pod√≠an comer porque estaban llenos).

Imagen de un objetor a los cuatro meses. Getty

Una vez finalizado, ninguno de ellos result√≥ con da√Īos severos, aunque todos necesitaron varios meses para que sus funciones corporales volvieran a normalizarse. Tras el experimento, los hombres afirmaron que a menudo se sent√≠an con hambre a pesar de que eran incapaces de comer m√°s. Un gran n√ļmero de ellos com√≠a hasta que se pon√≠an enfermos, e inmediatamente despu√©s comenzaban el proceso de nuevo.

Keys estaba pisando el terreno de una enfermedad que desgraciadamente abunda en la sociedad actual. Debido a la similitud de este comportamiento a los síntomas de la bulimia, el trabajo que llevó a cabo con estos 38 sujetos juega un papel fundamental en la actualidad para la investigación de los trastornos alimentarios. La fijación compulsiva de los sujetos de prueba, todos hambrientos por comida, apáticos y recluidos de su mundo, son exactamente los mismos síntomas que suelen manifestar aquellas personas que sufren de anorexia.

Las causas que encontró Keys son precisamente las comportamientos que a menudo consideramos como las causas de los trastornos en la alimentación, aunque también puede ser el caso (como con los objetores de conciencia), que sea simplemente debido a los efectos de la inanición.