Quince centímetros no parecen demasiado impresionantes cuando hablamos de criaturas prehistóricas. Leolepis matogrossensis, sin embargo, tenía algo que compensaba su reducido tamaño: prácticamente todo su cuerpo estaba protegido por una armadura de escamas endurecidas con dentina y esmalte, los mismos materiales básicos presentes en nuestros dientes.
Vivió hace aproximadamente 254 millones de años, cuando Sudamérica todavía estaba unida a África dentro de Gondwana y los dinosaurios ni siquiera habían aparecido. Ahora, un fósil excepcionalmente completo encontrado en Mato Grosso, Brasil, ha permitido describirlo como una especie desconocida hasta ahora.
El trabajo, publicado en Journal of South American Earth Sciences, tiene además un ingrediente geológico difícil de ignorar: el ejemplar procede de la Formación Corumbataí, en las proximidades de Araguainha, el mayor cráter de impacto conocido de Sudamérica. Y su mundo estaba a punto de desaparecer.
Un pez pequeño protegido por unas 50 filas de escamas
El ejemplar fue descubierto por el geólogo Léo Adriano de Oliveira, a quien homenajea precisamente el nombre Leolepis: combina Leo con lepis, “escama” en griego antiguo. En un primer momento, algunos habitantes de la zona llegaron incluso a confundir el fósil con una rana.
La anatomía contó otra historia.
Leolepis era un actinopterigio, miembro del enorme linaje de peces de aletas radiadas al que pertenecen actualmente animales tan distintos como atunes, salmones o bacalaos. El ejemplar alcanza unos 150 milímetros y conserva buena parte del cráneo y del cuerpo articulados, algo especialmente raro en el registro fósil brasileño de esta época.
Su característica más evidente era la protección exterior: alrededor de 50 filas longitudinales de escamas ganoideas cubrían su cuerpo fusiforme. A diferencia de las escamas flexibles de muchos peces actuales, aquellas estructuras proporcionaban una protección considerablemente más rígida.
Sus dientes, pequeños y cónicos, llevan a los investigadores a plantear que probablemente se alimentaba de pequeños invertebrados y materia vegetal.
Vivía en un gigantesco lago donde hoy está Brasil

El paisaje tampoco se parecía demasiado al Mato Grosso actual. La zona formaba parte de un enorme lago poco profundo surgido de un antiguo mar interior, en una época en la que Sudamérica y África permanecían conectadas. El sistema acuático estaba además atravesando una transformación progresiva mientras el clima se hacía más árido.
Por eso el fósil resulta especialmente valioso. La mayoría de los peces pérmicos conocidos en Brasil aparecen representados únicamente por dientes, escamas o fragmentos aislados de hueso. Leolepis, en cambio, conserva suficiente anatomía como para situarlo en el árbol evolutivo de los primeros peces de aletas radiadas.
El análisis publicado por Valéria Gallo y sus colegas lo presenta además como el primer pez paleozoico articulado de este tipo descrito en Mato Grosso.
Después llegó un asteroide. Y luego, la mayor extinción conocida
La coincidencia temporal es espectacular. El Natural History Museum sitúa Leolepis alrededor de 254 millones de años atrás, mientras que el impacto que creó Araguainha ocurrió aproximadamente hacia los 252 millones de años, cuando un asteroide de unos tres kilómetros golpeó la región.
Eso no significa que este pez concreto “sobreviviera” al impacto. El fósil no permite afirmar algo así, y las dataciones geológicas manejan márgenes de incertidumbre. Lo que sí sabemos es que su especie habitó aquel ecosistema muy cerca, tanto espacial como temporalmente, de una perturbación extraordinaria. Y había algo todavía peor en camino.
Hace unos 252 millones de años se produjo la extinción masiva del Pérmico-Triásico, la mayor conocida en la historia de la Tierra. Las grandes erupciones volcánicas de aquella época siguen siendo la explicación principal de la crisis; el impacto de Araguainha pudo haber añadido una perturbación regional adicional, pero no se considera la causa de la extinción global.
Por eso Leolepis es bastante más que otro pez fósil. Sus 15 centímetros y su pequeña armadura conservan una fotografía extraordinariamente rara de un ecosistema de Gondwana en los últimos compases del mundo anterior a la mayor catástrofe biológica que ha sufrido el planeta.