Saltar al contenido
Ciencia

Iluminar las playas de noche se convirtió en tendencia global y ahora los biólogos advierten que destruye el ecosistema costero

Cada vez más ciudades costeras instalan luces artificiales en sus playas para hacerlas accesibles y seguras de noche. La ciencia lleva años documentando las consecuencias: menos biodiversidad, aves que no pueden anidar, invertebrados que abandonan la arena. El debate entre uso público y conservación está lejos de resolverse
Por

Tiempo de lectura 3 minutos

Comentarios (0)

Una playa de noche, en oscuridad casi total, puede parecer un espacio desaprovechado. Para muchos gestores municipales de todo el mundo, iluminarla es sinónimo de democratizarla: hacerla segura, accesible, económicamente activa. Pero para los biólogos que estudian los ecosistemas costeros, encender esas luces es exactamente lo mismo que contaminarla.

Este choque entre dos visiones legítimas —la playa como espacio público nocturno versus la playa como ecosistema que necesita oscuridad para funcionar— se repite en ciudades costeras de todo el planeta. Y la ciencia, en este punto, es bastante clara respecto a cuál de los dos lados tiene los datos a su favor.

Lo que dice la investigación: más luz, menos vida

Alumbrado Publico
© Milad Fakurian – Unsplash

El biólogo Luis Orlando, investigador del Instituto Clemente Estable de Uruguay y especialista en biodiversidad costera, analizó durante su doctorado la diversidad biológica de 16 playas del país. Su conclusión fue contundente: la iluminación artificial nocturna resultó ser uno de los factores más determinantes para explicar la diversidad de especies. A mayor iluminación, menor diversidad.

Orlando advierte que la luz no actúa sola, sino como indicador del impacto humano general —urbanización, tránsito, presencia constante de personas—, pero su efecto sobre los ciclos biológicos es directo y documentado. «Hay un montón de ciclos que se regulan con el día-noche», señaló en declaraciones a El Observador. «Desde un punto de vista ambiental, lo mejor sería que la playa permanezca oscura.»

Esta conclusión no es exclusiva de Uruguay. Investigaciones publicadas en revistas como Marine Pollution Bulletin y Global Change Biology documentan efectos similares en costas de Europa, América del Norte y Asia: la luz artificial nocturna altera los patrones de comportamiento de aves marinas, tortugas, peces de arrecife e invertebrados costeros. Las tortugas marinas, por ejemplo, se desorientan durante el desove y las crías no logran encontrar el camino al mar.

Quiénes pagan el precio: aves, invertebrados y el sistema entero

Los primeros afectados son las aves costeras, que ven interrumpidos sus ciclos de descanso, anidación y reproducción. Pero el impacto más silencioso recae sobre los invertebrados —cangrejos, isópodos, anfípodos— que son, en términos ecológicos, los trabajadores invisibles de la playa: reciclan la materia orgánica, limpian la arena y mantienen el equilibrio del sistema.

La pérdida de estos organismos no es solo un problema de biodiversidad abstracta. Orlando lo explica en términos de servicios ecosistémicos concretos: la playa actúa como filtro de materia orgánica marina y como barrera natural frente a tormentas. Cuando se degrada el ecosistema, se degrada también esa capacidad de protección. «Estamos alterando el potencial que nos protege contra las tormentas», advierte.

El argumento del otro lado: seguridad, acceso y economía

Quienes impulsan la iluminación de playas no ignoran estos datos, pero los ponderan de manera diferente. El argumento central es de equidad: sin iluminación, las playas son espacios diurnos por defecto, lo que excluye a trabajadores nocturnos, personas mayores que prefieren las horas frescas del verano y comunidades con menos recursos para trasladarse durante el día.

El argumento económico tampoco es menor. Las playas iluminadas activan el comercio gastronómico nocturno, extienden la temporada turística efectiva y generan empleo. En ciudades donde el turismo de playa es una industria central, esto tiene peso político y fiscal real.

¿Existe un término medio técnicamente viable?

La respuesta de los especialistas en iluminación es que sí, aunque con matices importantes. Las guías de la International Dark-Sky Association y diversas agencias ambientales europeas recomiendan un conjunto de medidas que pueden reducir significativamente el impacto sin eliminar la iluminación por completo: luz direccionada hacia el suelo (no hacia el cielo ni el mar), temperatura de color cálida (ámbar en lugar de blanco azulado), sistemas de regulación de intensidad según el horario y la ocupación, y restricción de la iluminación a accesos y pasarelas, no a la superficie de arena.

Estos criterios están siendo adoptados —con distintos grados de rigor— en costas de España, Australia, Estados Unidos y otros países donde el conflicto entre uso nocturno y conservación llegó primero a los tribunales o a los medios. La evidencia sugiere que mitigan el daño, pero no lo eliminan.

El propio Orlando, al conocer propuestas de iluminación focalizada y de baja intensidad, reconoció que este tipo de medidas ayudarían a «minimizar el impacto». No a eliminarlo. La oscuridad, en este debate, sigue siendo la mejor tecnología disponible para proteger un ecosistema que, a diferencia de una vereda o una plaza, no puede reemplazarse cuando deja de funcionar.

Compartir esta historia

Artículos relacionados