Hoy, con la figura de Weinstein completamente desacreditada tras la exposición pública de décadas de abusos y prácticas mafiosas en Hollywood, el episodio cobra un sentido muy distinto. Pero incluso entonces, su reputación ya era temida. No solo por actrices, sino también por directores que sufrían su control obsesivo del montaje y su tendencia a humillar a cualquiera que se interpusiera en su camino creativo.
El origen del conflicto: Guillermo del Toro
Uno de los cineastas que más padeció ese poder fue Guillermo del Toro. Su debut en Hollywood con Mimic (1997), producida por Miramax, se convirtió en una experiencia traumática. Weinstein destrozó el montaje original, impuso cambios constantes y sometió al director mexicano a una presión extrema. Tanto fue así que Del Toro llegó a definir aquella etapa como una pesadilla creativa.
Cameron, amigo íntimo del mexicano, no solo fue testigo de ese maltrato profesional. Cuando el padre de Del Toro fue secuestrado en México, Cameron movió contactos y recursos para intentar ayudar en su liberación. Esa lealtad personal explica por qué el director de Terminator y Avatar nunca toleró a Weinstein.

La noche de Titanic
En 1998, Titanic se convirtió en un fenómeno sin precedentes. La película ganó 11 premios Óscar, igualando el récord histórico, y consolidó a Cameron como uno de los cineastas más poderosos del mundo. Pero ni siquiera en esa noche de gloria pudo escapar del productor.
Durante una discusión especialmente acalorada entre bastidores, Weinstein cruzó una línea. El enfrentamiento subió de tono hasta el punto de que Cameron estuvo a punto de utilizar una de sus estatuillas como arma improvisada.
Durante años se habló de ello como una exageración de Hollywood. Hasta que el propio Cameron lo confirmó.

“Sí, pasó. Pero fue en defensa propia”
En una entrevista de respuestas rápidas con The New York Times, el director decidió hacer limpieza de mitos. Cuando le preguntaron directamente si era cierto que casi golpea a Weinstein con un Óscar, Cameron no dudó:
“Sí. Es verdad. Pero fue en defensa propia”.
No dio más detalles. Tampoco hizo falta. Con el historial del productor ya expuesto, pocos dudan de que la situación fuese tan desagradable como peligrosa.
La anécdota deja una imagen poderosa: incluso en el momento más alto de su carrera, James Cameron estuvo dispuesto a manchar el oro de Hollywood para defender sus principios. Porque, a veces, ni once Óscar bastan para silenciar la rabia contenida.
Fuente: SensaCine.