La industria tecnológica lleva años intentando miniaturizar, acelerar y abaratar el hardware. Pero cada nuevo salto en potencia cuesta más energía, más agua, más materiales críticos y más presión sobre una cadena de suministro que ya no da la misma sensación de estabilidad que antes. En ese contexto, algunos laboratorios están mirando hacia un lugar bastante inesperado: los hongos.
La idea suena absurda… hasta que empiezas a mirar cómo funciona el micelio
Cuando pensamos en computación, solemos imaginar chips, circuitos, obleas de silicio y fábricas hipertecnológicas. No redes vivas creciendo en un sustrato húmedo. Pero eso es justamente lo que propone la computación fúngica, un campo emergente que explora si los hongos vivos, o más concretamente su micelio, pueden actuar como sistemas capaces de procesar información, detectar estímulos e incluso “recordar” señales previas Y aunque el concepto parezca sacado de una novela de ciencia ficción ecológica, tiene una base bastante más seria de lo que parece.
La clave está en entender qué es el micelio. No es solo “la parte invisible del hongo”, sino una red biológica de filamentos que crece, responde al entorno, reorganiza rutas y transmite señales químicas y eléctricas. En otras palabras: no piensa como un cerebro, pero tampoco es una masa pasiva sin comportamiento complejo.
Los hongos no son neuronas, pero se comportan de forma sospechosamente interesante

Desde hace décadas, algunos investigadores vienen observando que ciertos organismos fúngicos y similares presentan patrones eléctricos que recuerdan, al menos funcionalmente, a algunos comportamientos neuronales.
Uno de los nombres más importantes en este terreno es Andrew Adamatzky, director del Laboratorio de Computación No Convencional de la Universidad del Oeste de Inglaterra. Su trabajo con organismos como Physarum polycephalum (un moho mucilaginoso, no exactamente un hongo, pero muy útil en este tipo de estudios) mostró que estos sistemas pueden generar señales eléctricas complejas, reorganizar rutas y responder de manera adaptativa a distintos estímulos.
La idea no es que un hongo “piense” como una persona, ni mucho menos. El punto es otro: ciertos sistemas vivos pueden exhibir propiedades computacionales básicas sin necesidad de silicio. Y eso ya es bastante loco.
Qué significa exactamente “computar” con hongos
La computación fúngica no intenta construir un PC gamer con setas pegadas a una placa base. Al menos no todavía. Lo que busca es aprovechar algunas propiedades del micelio para funciones mucho más concretas: detectar cambios ambientales, transmitir señales, almacenar estados eléctricos y responder de forma adaptable a estímulos.
Para estudiar eso, los investigadores suelen insertar electrodos en sustratos colonizados por micelio y registrar de forma continua su actividad eléctrica. Luego analizan cómo cambian esas señales cuando se modifican variables como la humedad, la luz, la temperatura o los estímulos eléctricos externos. Lo interesante es que, en algunos experimentos, estas redes vivas muestran algo que en electrónica se considera muy valioso: propiedades memristivas.
El detalle más importante: algunos hongos pueden “recordar”

Uno de los hallazgos más sugerentes de este campo es que ciertos sistemas fúngicos parecen modificar su comportamiento eléctrico según experiencias anteriores. Es decir, si reciben estímulos repetidos, no reaccionan exactamente igual cada vez. Eso se parece a lo que en electrónica se conoce como un memristor, un componente capaz de cambiar su resistencia en función de señales pasadas. Dicho de otra manera: un sistema que conserva memoria de lo que le ocurrió antes.
Y si un material puede hacer eso, entonces ya no estamos hablando solo de un organismo interesante desde la biología. Estamos hablando de algo que podría desempeñar funciones computacionales reales. Uno de los estudios recientes más llamativos en este sentido ha trabajado con el micelio del shiitake, un hongo elegido no por exotismo, sino por algo mucho más útil: es resistente, barato, fácil de cultivar, no tóxico y comestible. Una combinación bastante más práctica que la de muchos materiales avanzados que usa hoy la industria electrónica.
La gran ventaja de los hongos no es solo lo que hacen, sino lo que cuestan al planeta
Aquí está una de las partes más serias de todo este asunto. Porque aunque la computación fúngica siga todavía en una fase muy preliminar, sí toca una herida real de la industria actual: el coste ambiental del hardware.
Fabricar semiconductores implica procesos extremadamente exigentes en energía, agua ultrapura, productos químicos y materiales críticos, incluyendo tierras raras y cadenas de suministro geopolíticamente tensas. Y eso antes incluso de hablar del problema de los residuos electrónicos.
Los hongos, en cambio, crecen en condiciones mucho más modestas, son biodegradables y pueden integrarse directamente en materiales o estructuras vivas. Eso abre un escenario muy distinto: en lugar de construir dispositivos compuestos por sensor + batería + procesador + carcasa, podrías tener sistemas donde parte de esas funciones estén integradas en un solo sustrato biológico. Y eso cambia bastante la conversación.
No van a reemplazar a Nvidia mañana, pero podrían cambiar otras cosas mucho antes

Conviene no pasarse de entusiasmo. La computación fúngica está todavía en una fase de prueba de concepto. Nadie está a punto de lanzar un portátil con micelio como CPU. Y si alguien te lo vende así, probablemente está intentando colocar ciencia ficción con branding ecológico. Pero eso no significa que el campo sea humo.
De hecho, su valor puede estar menos en sustituir por completo al silicio y más en abrir nuevas categorías de dispositivos. Por ejemplo, sistemas vivos capaces de actuar como sensores ambientales integrados, materiales inteligentes para arquitectura, embalajes activos, textiles funcionales o infraestructuras ecológicas con cierta capacidad de respuesta.
Ahí es donde este tipo de biocomputación podría encontrar su primer gran hueco: no como sustituto directo del ordenador clásico, sino como una nueva capa de hardware sostenible para tareas específicas.
La pregunta interesante ya no es si parece raro, sino si merece ser tomado en serio
Y la respuesta, a estas alturas, empieza a ser sí. No porque los hongos vayan a salvar por sí solos la crisis del hardware ni porque el futuro de la informática vaya a parecer un bosque enchufado. Sino porque este campo obliga a pensar algo que la industria lleva demasiado tiempo evitando: que quizá no toda computación del futuro tenga que parecerse a un chip cada vez más pequeño y cada vez más caro.
A veces, los avances más interesantes no consisten en apretar más fuerte el mismo modelo tecnológico. Consisten en aceptar que hay otras formas de construir inteligencia material. Y si una parte de ese futuro termina creciendo silenciosamente en un laboratorio húmedo, entre filamentos de micelio y electrodos, sería raro. Sí. Pero tampoco sería la primera vez que la tecnología más importante empieza pareciendo una idea completamente absurda.