En el corazón de Tarragona, bajo el municipio de l’Espluga de Francolí, se extiende la cueva de la Font Major. Con casi cuatro kilómetros explorados, es la séptima cavidad de conglomerado más larga del mundo. Pero lo fascinante no son sus dimensiones, sino la línea de tiempo que encierra entre sus paredes: 120.000 años de huellas humanas que convierten cada metro en un testimonio de supervivencia, ritual y memoria.
De cazadores prehistóricos a cultos íberos

Los primeros indicios datan del Paleolítico, cuando los grupos humanos entraban en la cueva de forma estacional, coincidiendo con la caza. Se han hallado restos dentados de rinocerontes, ciervos e hienas. Más tarde, en el Neolítico, la cueva se convirtió en hogar permanente: hay evidencias de cultivos, domesticación de animales y prácticas funerarias.
En la Edad del Bronce aparecieron las primeras ofrendas rituales, que continuaron en época íbera. Para estas culturas, la Font Major era un lugar sagrado vinculado al agua, fuente de regeneración. Allí depositaban cerámicas y objetos que el río subterráneo todavía arrastra hasta la superficie.
Un lugar sagrado, un refugio y un misterio

Con el Imperio Romano llegaron monedas que prueban el contacto con el mundo clásico. En la Edad Media, la cueva siguió siendo referencia local, y en la Guerra Civil se utilizó como polvorín. En tiempos recientes, incluso sirvió para cultivar champiñones o envejecer cava.
Hoy se puede recorrer con guías o en una ruta de aventura, con neopreno y frontal, siguiendo el cauce del río subterráneo que da origen al Francolí. El recorrido se detiene en el primer sifón, y lo desconocido empieza justo allí: un recordatorio de que la cueva aún no ha revelado todos sus secretos.
Fuente: National Geographic.