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Ciencia

Borges imaginó un futuro sin nombres, memoria ni deseo y hoy empieza a resultar inquietantemente familiar. El psicoanálisis se pregunta qué queda del inconsciente cuando todo ocurre en un presente perpetuo

En uno de sus relatos más melancólicos, Borges imaginó una humanidad sin nombres, cronología ni interés por el pasado. Medio siglo después, el psicoanálisis recupera aquella ficción para formular una pregunta incómoda: si perdemos el lenguaje con el que narramos nuestra historia, ¿qué ocurre con el deseo y con el inconsciente?
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El psicoanalista y escritor Antonio Ramón Gutiérrez propone una inquietante pregunta en un reciente artículo publicado en Página/12: ¿Qué futuro le espera al inconsciente en un mundo que parece haber renunciado a la historia, al lenguaje y al deseo? A partir de un lúcido análisis de los efectos del capitalismo contemporáneo sobre la subjetividad, y recuperando la imaginación distópica de Borges, Gutiérrez lanza una advertencia sobre el tipo de humanidad que podría estar por venir.

El futuro más inquietante imaginado por Jorge Luis Borges no estaba gobernado por máquinas rebeldes, guerras interminables ni sistemas de vigilancia. Era un mundo aparentemente pacífico en el que las personas habían aprendido a olvidar.

En ese porvenir ya no había nombres propios, apenas importaban los hechos y la historia había sido abandonada por considerarse una acumulación innecesaria de detalles. El lenguaje seguía existiendo, pero había perdido buena parte de aquello que permite a una persona reconocerse como heredera de un pasado y proyectarse hacia algo que todavía no ocurrió.

El psicoanalista y escritor Antonio Ramón Gutiérrez recuperó esa imagen en un artículo publicado en Página/12 para plantear una pregunta incómoda: ¿qué futuro puede tener el inconsciente en una época marcada por la deshistorización, el debilitamiento del lazo social y una relación cada vez más empobrecida con la palabra? Su planteamiento no describe un diagnóstico universal ni una conclusión científica, sino una lectura crítica de la subjetividad contemporánea desde el psicoanálisis.

Cuando el lenguaje se desvanece y el sujeto pierde sus anclajes

Gutiérrez sostiene que estamos asistiendo a una transformación profunda del orden simbólico que sostenía al sujeto moderno. En determinados sectores sociales aparecen, según su análisis, una creciente desconexión respecto del pasado, dificultades para imaginar el porvenir y una reducción del lenguaje a fórmulas inmediatas que dejan cada vez menos espacio para la metáfora, la duda y la elaboración.

No se trata simplemente de que las personas utilicen menos palabras. El problema aparece cuando el lenguaje deja de funcionar como una herramienta para construir sentido, narrar una experiencia o relacionar lo que sucede hoy con aquello que ocurrió antes.

La filosofía ha insistido en que la identidad no es una pieza inmóvil escondida dentro de nosotros. Paul Ricoeur desarrolló la idea de “identidad narrativa”: comprendemos quiénes somos enlazando recuerdos, decisiones, vínculos y proyectos dentro de una historia que permanece abierta y puede ser reinterpretada. Sin esa continuidad narrativa, los acontecimientos corren el riesgo de convertirse en episodios aislados y difíciles de integrar.

Borges, el porvenir y la desaparición del deseo

En “Utopía de un hombre que está cansado”, incluido en El libro de arena, Borges presenta a Eudoro Acevedo, un hombre del siglo XX que llega inexplicablemente a un futuro remoto.

Su anfitrión no tiene un nombre reconocible. Explica que en su época ya no existen la cronología, la historia ni las estadísticas, y que las escuelas enseñan el arte del olvido, especialmente el olvido de todo aquello que sea personal o local. La humanidad ha regresado a una lengua común y ya no concede demasiada importancia a los hechos.

A primera vista, ese mundo parece haber superado los nacionalismos, la política y algunas de las disputas que atormentaban al siglo XX. Sin embargo, detrás de esa aparente serenidad aparece algo mucho más oscuro: también se han debilitado la singularidad, la filiación y el interés por dejar una huella.

Borges lleva esa lógica hasta una última escena perturbadora. El habitante del futuro se dirige voluntariamente a una cámara letal, integrada en una sociedad que contempla la muerte sin dramatismo y que incluso ha olvidado quién fue Hitler. El olvido ha eliminado conflictos, pero también las referencias necesarias para comprender la violencia y atribuir responsabilidades.

El empuje hacia el objeto y la utopía de la muerte

La lectura de Gutiérrez conecta esa ficción con el discurso capitalista descrito por Jacques Lacan. Bajo esta lógica, el malestar no se elabora mediante la palabra ni el vínculo con los demás: se intenta resolver mediante objetos que prometen una satisfacción rápida y renovable.

El problema es que cada objeto deja de satisfacer en cuanto aparece el siguiente. El deseo, que implica una falta, una espera y una pregunta todavía abierta, es reemplazado por una sucesión de consumos destinados a impedir cualquier pausa.

El psicoanalista Stijn Vanheule explica que, desde la teoría lacaniana, el discurso capitalista puede funcionar como un intento de ignorar tanto los límites como la dimensión del inconsciente. El consumo ofrece respuestas inmediatas allí donde antes podía aparecer una pregunta sobre el deseo, el vínculo o la propia responsabilidad.

En esa dinámica, el sujeto no deja necesariamente de querer cosas. Al contrario: puede quererlas de manera incesante. Lo que se debilita es la posibilidad de reconocer qué deseo propio existe detrás de esa acumulación de estímulos, mercancías y satisfacciones fugaces.

Una advertencia, no un epitafio

La reflexión de Gutiérrez no afirma que el inconsciente haya desaparecido ni que estemos condenados a convertirnos en los habitantes sin nombre imaginados por Borges. Funciona como una advertencia sobre las condiciones que permiten que exista un sujeto capaz de recordar, hablar, desear y construir un futuro.

La memoria resulta fundamental para conectar la identidad individual con otras personas y con el paso del tiempo. No es un archivo exacto, sino un proceso mediante el cual reconstruimos experiencias pasadas para orientar nuestras decisiones presentes.

Defender el lenguaje, desde esta perspectiva, no consiste en proteger un vocabulario elegante ni en rechazar todas las nuevas formas de comunicación. Consiste en preservar la posibilidad de detenerse, nombrar una pérdida, contar una historia y formular una pregunta cuya respuesta no llegue de inmediato.

Porque el inconsciente necesita tiempo, contradicciones y palabras. Y una sociedad que convierte todo en presente, que olvida antes de comprender y que reemplaza cada deseo por un nuevo objeto puede seguir hablando sin descanso mientras pierde, poco a poco, la capacidad de decir algo sobre sí misma.

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