Durante décadas, la pesca de arrastre ha sido cuestionada por su impacto sobre los ecosistemas marinos. Sin embargo, gran parte de esa destrucción ocurría lejos de cualquier mirada, a decenas o cientos de metros de profundidad, donde las redes avanzaban sin que pudiéramos observar con claridad qué sucedía a su paso.
La película Ocean with David Attenborough ha conseguido cambiar esa perspectiva. Mediante cámaras colocadas cerca de los aparejos, sus responsables grabaron imágenes inéditas de animales intentando escapar mientras una red avanza por el fondo marino, levanta una espesa nube de sedimento y atrapa prácticamente todo lo que encuentra.
De acuerdo con National Geographic, las secuencias muestran rayas, peces y cefalópodos huyendo frente a una estructura de cadenas, cuerdas y mallas que se desplaza como un muro sobre el lecho oceánico. El resultado permite observar desde dentro una práctica cuyo rastro ya era conocido por la ciencia, pero que rara vez había sido documentada con semejante proximidad
Una práctica eficiente, pero brutal

La pesca de arrastre de fondo consiste en remolcar redes lastradas que permanecen en contacto con el lecho marino para capturar peces, crustáceos o moluscos. Su eficacia permite obtener grandes volúmenes de capturas, pero también hace que el aparejo roce, remueva o golpee todo lo que encuentra durante su recorrido.
El nivel de daño no es idéntico en todos los casos: depende de la clase de red, la frecuencia con la que se pesca una zona y la sensibilidad del terreno. Un fondo arenoso sometido previamente a perturbaciones puede responder de manera distinta a un arrecife de coral, una pradera submarina o un ecosistema de crecimiento lento.
Aun así, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura reconoce que los aparejos remolcados pueden causar daños físicos en el fondo y degradar las comunidades que viven asociadas a él. Corales, esponjas, moluscos y pequeños organismos bentónicos pueden necesitar años o décadas para recuperarse, cuando consiguen hacerlo.
Columnas de sedimento y especies no deseadas

Las redes no solo capturan a las especies comerciales. También pueden atrapar animales que no formaban parte del objetivo, ejemplares demasiado pequeños o criaturas sin valor para esa pesquería. Es lo que se conoce como captura incidental o bycatch.
La película señala que, en algunas operaciones, una parte considerable de lo recogido puede terminar devuelta al mar, muchas veces sin posibilidades de sobrevivir. Las imágenes muestran precisamente esa falta de selección: los animales que no consiguen apartarse quedan expuestos al mismo aparejo que persigue a las especies comercializadas.
A este problema se suma la nube que aparece detrás de los barcos. Cuando las cadenas y las redes remueven el fondo, los sedimentos quedan suspendidos y pueden desplazarse con las corrientes, reduciendo la visibilidad, cubriendo organismos cercanos y alterando la dinámica de nutrientes.
El fenómeno puede alcanzar dimensiones enormes. Imágenes del satélite Landsat difundidas por la NASA mostraron decenas de largas estelas de barro producidas por arrastreros en el golfo de México. En aguas poco profundas, algunas de esas marcas pueden permanecer visibles durante horas e incluso distinguirse desde el espacio.
El fondo del mar libera su secreto más peligroso
El sedimento marino también funciona como un gran almacén de carbono. Restos de organismos y materia orgánica pueden quedar enterrados durante largos periodos, alejados de la atmósfera. Al remover esas capas, la pesca de arrastre puede favorecer que una parte del carbono vuelva a transformarse en dióxido de carbono.
Un estudio dirigido por Trisha Atwood y publicado en Frontiers in Marine Science estimó que esta actividad podría haber provocado la llegada a la atmósfera de hasta 340 o 370 millones de toneladas de CO₂ anuales. Según sus modelos, entre el 55% y el 60% del CO₂ generado en el agua alcanzaría el aire durante los siete a nueve años posteriores.
La dimensión exacta de ese impacto sigue siendo discutida. Otros investigadores han advertido que existe bastante incertidumbre sobre cuánto carbono antiguo se degrada realmente después de cada perturbación y han cuestionado las estimaciones globales más elevadas. Lo que sí existe es un consenso más amplio en que el arrastre altera los flujos naturales de carbono del fondo marino y puede producir efectos locales sobre la química del agua.
Un llamado a repensar la pesca
El mensaje de Attenborough no consiste en presentar toda actividad pesquera como enemiga del océano. Millones de personas dependen de ella para alimentarse y trabajar, y muchas comunidades costeras necesitan que las poblaciones marinas se mantengan saludables a largo plazo.
La discusión pasa por decidir dónde pueden utilizarse determinados aparejos, qué hábitats deben quedar protegidos y cómo reducir el contacto con el fondo, la captura incidental y el descarte. La FAO ha estudiado alternativas como mejorar la precisión de las redes, limitar el tiempo de contacto, utilizar mapas detallados del fondo o emplear sistemas que mantengan parte del aparejo alejado del lecho marino.
Las áreas marinas protegidas forman parte de esa estrategia. Un trabajo publicado en Nature concluyó que una protección bien planificada podría generar beneficios simultáneos para la biodiversidad, las reservas de carbono y la productividad pesquera, aunque su aplicación debe considerar también a las comunidades que viven de esos recursos.
Las imágenes de Ocean resultan tan impactantes porque eliminan la distancia entre la red y sus consecuencias. Lo que desde la superficie parece simplemente un barco pescando se convierte, unos metros más abajo, en animales que huyen, sedimentos que cubren el paisaje y hábitats que pueden desaparecer en minutos.
La destrucción siempre estuvo ahí. La diferencia es que ahora, por primera vez, resulta mucho más difícil apartar la mirada.