En 1724 una roca cayó del cielo cerca de Steinbach, en el este de Alemania. Casi tres siglos después, un fragmento de ese meteorito terminó en un laboratorio de la Universidad de la Sorbona con una misión muy concreta: comprobar si una ecuación escrita en 2019 decía la verdad sobre cómo viaja el calor dentro de la materia. La respuesta fue sí, y de paso dejó a la vista un material con un comportamiento térmico que casi nunca se ve en la naturaleza.
El estudio no es nuevo: se publicó en julio de 2025, pero vale la pena repasarlo porque el hallazgo sigue siendo tan raro como útil.
Cristales y vidrios: dos reglas opuestas

Para entender lo especial del meteorito hay que recordar cómo se comportan los sólidos con el calor. En un cristal, donde los átomos forman una red ordenada y repetitiva, la conductividad térmica suele bajar a medida que sube la temperatura: las vibraciones de la red chocan cada vez más entre sí y el calor avanza con más dificultad. En un vidrio, donde los átomos están desordenados, ocurre lo contrario y la conductividad tiende a aumentar al calentarlo.
Durante décadas, esos dos mundos se describieron con herramientas teóricas distintas. Los materiales intermedios, con algo de orden y algo de desorden, quedaban en una zona gris difícil de predecir.
La ecuación que unió los dos mundos
En 2019, Michele Simoncelli, entonces estudiante de doctorado en la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), junto con Nicola Marzari y Francesco Mauri, de la Universidad Sapienza de Roma, propuso una sola ecuación capaz de describir la conducción del calor tanto en cristales como en vidrios. El trabajo, publicado en Nature Physics, también permitía hacer predicciones sobre los materiales que están a medio camino entre ambos.
Una de esas predicciones apuntaba a un caso extremo: si un material tenía un orden de enlaces similar al de un cristal pero una geometría desordenada, como la de un vidrio, las dos tendencias opuestas podían anularse. El resultado sería una conductividad térmica que casi no cambia con la temperatura.
Una muestra de 300 años
El candidato ideal era la tridimita, una forma de dióxido de silicio (el mismo compuesto del cuarzo) que en los años sesenta se describió como típica de los meteoritos. Con permiso del Museo Nacional de Historia Natural de París, el equipo experimental de la Sorbona, formado por Etienne Balan, Daniele Fournier y Massimiliano Marangolo, talló una muestra del meteorito de Steinbach y midió su conductividad con una técnica llamada termorreflectancia.
Los resultados, publicados en Proceedings of the National Academy of Sciences, mostraron que la conductividad térmica de la tridimita meteórica se mantiene prácticamente constante entre 80 y 380 kelvin, es decir, entre unos -193 y 107 °C. Es justo lo que la ecuación había anticipado: un sólido que no sigue la regla de los cristales ni la de los vidrios, sino que queda en equilibrio entre ambas.
Simoncelli, que hoy es profesor de física aplicada en la Universidad de Columbia, encabezó el análisis teórico del nuevo trabajo. Las simulaciones y los datos experimentales coincidieron en que el material combina el orden de enlaces de un cristal con la geometría irregular de un material amorfo.
De los meteoritos a los hornos de acero
El interés no es solo académico. La tridimita también aparece en la superficie de los ladrillos refractarios de sílice que recubren los hornos de la industria siderúrgica, y el equipo calcula que un material muy parecido al del meteorito podría formarse allí tras décadas de envejecimiento térmico. Controlar mejor cómo se mueve el calor a través de esos ladrillos podría hacer más eficientes los hornos.
La escala del problema es enorme. Según los autores, producir un kilo de acero emite alrededor de 1,3 kilos de dióxido de carbono, y la siderurgia figura entre las industrias más intensivas en emisiones del planeta. Aun así, el paso de la teoría a una mejora real en los altos hornos todavía no se ha demostrado y requerirá ensayos industriales.
Un mineral con pasaporte marciano
La tridimita tiene además una conexión inesperada con la exploración espacial. En 2016, el equipo del rover Curiosity informó que había encontrado este mineral en el cráter Gale de Marte, en concentraciones que sorprendieron a los geólogos porque suele asociarse con volcanismo rico en sílice. Entender cómo se comporta frente al calor ayuda a interpretar mejor la historia térmica de rocas que nunca estuvieron en la Tierra.
Al final, un fragmento caído del cielo en el siglo XVIII y guardado durante generaciones en las colecciones de un museo terminó sirviendo para validar una teoría del siglo XXI. Pocas veces la física de materiales encuentra su mejor prueba en una vitrina.