¿Qué hace que el cerebro humano sea tan diferente del de nuestros parientes evolutivos más cercanos? Aunque compartimos aproximadamente el 98% del ADN con los chimpancés, nuestro cerebro desarrolló capacidades extraordinarias relacionadas con el lenguaje, el pensamiento abstracto y la planificación.
Durante décadas, los científicos intentaron identificar los genes responsables de estas diferencias. Sin embargo, una nueva investigación sugiere que la respuesta no necesariamente está en poseer genes completamente distintos, sino en cómo y cuándo se utilizan los que ya compartimos.
El estudio, publicado el 9 de octubre de 2026 en la revista Nature Communications, identificó mecanismos genéticos que podrían haber contribuido a la expansión del cerebro humano durante la evolución.
El misterio del cerebro humano y su enorme desarrollo
El neocórtex es una región cerebral fundamental para las funciones cognitivas superiores, como el lenguaje, el razonamiento y la toma de decisiones.
En los seres humanos, esta estructura presenta un desarrollo mucho mayor que en chimpancés y gorilas.
Aunque investigaciones anteriores identificaron algunos genes relacionados con el crecimiento cerebral, estos no eran suficientes para explicar completamente las diferencias evolutivas.
Para investigar el fenómeno, científicos de la Universidad Técnica de Dresde, en Alemania, utilizaron organoides cerebrales: estructuras tridimensionales cultivadas a partir de células madre que reproducen determinados aspectos del desarrollo temprano del cerebro.
Los investigadores desarrollaron organoides humanos, de chimpancés y de gorilas, y compararon su actividad genética durante las primeras etapas de formación cerebral.

Descubren cientos de interruptores genéticos diferentes
Los resultados mostraron que las tres especies comparten gran parte de los mecanismos genéticos responsables del desarrollo cerebral.
Sin embargo, encontraron diferencias importantes en su regulación.
El equipo identificó aproximadamente 600 regiones reguladoras del ADN que presentan una actividad elevada en determinadas células precursoras del cerebro humano. Estas regiones, conocidas como potenciadores o interruptores genéticos, controlan cuándo y con qué intensidad se activan otros genes.
Su funcionamiento puede compararse con un regulador de luz: no cambia la bombilla, sino la intensidad con la que ilumina.
En el cerebro humano, estos mecanismos parecen modificar la actividad de genes relacionados con la forma y las prolongaciones de ciertas células nerviosas.
Cómo pequeñas modificaciones producen un cerebro más grande
Los investigadores prestaron especial atención a las células gliales radiales basales, fundamentales para producir neuronas durante el desarrollo del neocórtex.
En los humanos, estas células presentan prolongaciones más complejas y ramificadas que pueden facilitar su interacción con el entorno. Esa mayor complejidad podría favorecer la recepción de señales que estimulan la proliferación celular.
Para comprobarlo, el equipo modificó la actividad de dos genes, FAM107A y CNGA3, en organoides humanos.
Los experimentos mostraron alteraciones en la estructura de estas células, respaldando la participación de ambos genes en su desarrollo.
Los resultados sugieren que pequeños cambios en la regulación genética pueden contribuir a diferencias importantes en la formación cerebral.
Human-specific morphoregulatory signatures in basal radial glia characterise neocortex evolution
https://t.co/NPH4wQg3VH— Chris Stringer (@ChrisStringer65) October 28, 2026
Qué significa este descubrimiento para la evolución humana
El hallazgo refuerza una idea fundamental de la biología evolutiva: no siempre hacen falta genes completamente nuevos para producir características diferentes.
La evolución también puede reutilizar mecanismos existentes y modificar su funcionamiento. En este caso, los científicos proponen que ciertas células precursoras humanas adquirieron patrones de actividad genética que favorecieron una mayor complejidad estructural.
Sin embargo, los organoides son modelos simplificados y no reproducen todas las características de un cerebro real. Por eso, los resultados no explican por sí solos el origen de la inteligencia humana.
Aun así, el estudio ofrece una nueva perspectiva sobre cómo pequeñas diferencias moleculares pudieron contribuir, a lo largo de millones de años, al desarrollo del cerebro que caracteriza a nuestra especie.