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Ciencia

Los arqueólogos llevaban décadas leyendo el género en los ajuares funerarios del Neolítico, pero había un problema de fondo. Ahora, 125 esqueletos analizados en Hungría muestran que la vida real fue más flexible, menos rígida y bastante más humana de lo que sugerían las tumbas

Las marcas de esfuerzo, postura y uso repetido del cuerpo revelan que las comunidades agrícolas tempranas sí distinguían actividades por sexo, aunque dejaban espacio para trayectorias individuales menos previsibles.
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Durante mucho tiempo, una parte importante de la arqueología del Neolítico descansó sobre una idea bastante simple: si una tumba mostraba determinados objetos y una determinada posición del cuerpo, entonces también estaba diciendo algo claro sobre el lugar social de esa persona. Así, los entierros se convirtieron en una especie de mapa simbólico desde el que reconstruir jerarquías, identidades y roles de género en las primeras comunidades agrícolas de Europa. El problema es que los rituales funerarios no siempre reflejan la vida tal como fue. Reflejan, más bien, cómo una sociedad quiso representar a sus muertos.

Ahí es donde entra la bioarqueología. En lugar de leer solo los objetos depositados junto a un cuerpo, esta disciplina examina el propio cuerpo como archivo. Los huesos conservan huellas de esfuerzo, movimientos repetidos, posturas habituales y lesiones acumuladas a lo largo de años. Es decir: guardan rastros de la vida cotidiana, incluso cuando esa vida no coincide del todo con la imagen construida en la tumba. Y eso es exactamente lo que ha puesto sobre la mesa un nuevo estudio realizado en dos yacimientos neolíticos de Hungría. Tras analizar 125 esqueletos, los investigadores concluyen que las comunidades agrícolas tempranas sí manejaban normas de género, pero esas normas no eran tan inflexibles como durante mucho tiempo se dio por hecho.

Dos poblaciones cercanas, dos formas distintas de ordenar la vida social

Los arqueólogos llevaban décadas leyendo el género en los ajuares funerarios del Neolítico, pero había un problema de fondo. Ahora, 125 esqueletos analizados en Hungría muestran que la vida real fue más flexible, menos rígida y bastante más humana de lo que sugerían las tumbas
© Neolítico.

La investigación, publicada en American Journal of Biological Anthropology, se centró en dos asentamientos situados en la microregión de Polgár, en la actual Hungría: Polgár-Ferenci-hát y Polgár-Csőszhalom. Apenas cuatro kilómetros separaban ambos lugares, pero pertenecían a momentos algo distintos del Neolítico. El primero estuvo ocupado aproximadamente entre 5300 y 5070 a. C., mientras que el segundo corresponde a una fase posterior, entre 4800 y 4650 a. C. Esa cercanía geográfica, sumada a la relación genética detectada entre ambas poblaciones, ofrecía una oportunidad muy valiosa: comparar cómo dos comunidades emparentadas organizaban sus normas sociales y su trabajo cotidiano dentro de un mismo entorno cultural.

Los enterramientos ya mostraban una diferencia interesante. En Ferenci-hát, las tumbas presentaban una escasa diferenciación formal. Los cuerpos aparecían generalmente flexionados, colocados sobre el lado izquierdo y acompañados por muy pocos objetos. En Csőszhalom, en cambio, la lógica funeraria era más marcada. Allí sí aparecía una codificación más estricta del género: las mujeres solían ser enterradas sobre el lado izquierdo, los hombres sobre el derecho, y los ajuares también mostraban asociaciones más claras según el sexo. A primera vista, parecía que Csőszhalom había convertido el género en una categoría simbólica mucho más visible. Pero la pregunta importante era otra: ¿esa puesta en escena coincidía realmente con lo que las personas hicieron en vida?

Los huesos conservan lo que los rituales no siempre dicen

Para responder a esa pregunta, el estudio no se quedó en la superficie funeraria. Los investigadores observaron tres tipos de modificaciones óseas relacionadas con la actividad física. La primera fue la espondilólisis lumbar, una lesión asociada a cargas repetidas sobre la columna vertebral. La segunda, las entesopatías del húmero, alteraciones en los puntos donde músculos y ligamentos se insertan en el brazo, útiles para detectar usos repetidos y asimétricos de los miembros superiores. La tercera, las facetas metatarsales, pequeñas superficies articulares en los pies que suelen desarrollarse cuando los dedos se hiperextienden con frecuencia, algo relacionado con ciertas posturas repetidas, como el arrodillamiento prolongado.

Lo interesante de este enfoque es que no intenta adivinar el pasado desde símbolos, sino leer directamente lo que ese pasado dejó inscrito en los cuerpos. Y los resultados, lejos de confirmar una división cerrada y rígida del trabajo, dibujan una imagen bastante más matizada.

Una comunidad trabajaba más duro, pero no necesariamente de forma más desigual

Los arqueólogos llevaban décadas leyendo el género en los ajuares funerarios del Neolítico, pero había un problema de fondo. Ahora, 125 esqueletos analizados en Hungría muestran que la vida real fue más flexible, menos rígida y bastante más humana de lo que sugerían las tumbas
© Villotte et al. 2026.

Uno de los primeros hallazgos fue la diferencia en la carga física general entre ambos yacimientos. En Ferenci-hát apenas se detectó un caso de espondilólisis entre veinte individuos observables. En Csőszhalom, en cambio, la prevalencia fue mucho más alta: entre siete y ocho casos en treinta individuos examinados. Eso sugiere que los habitantes de este segundo asentamiento soportaban esfuerzos físicos más intensos o más repetitivos.

Lo importante es que esta diferencia no se repartía de forma clara entre hombres y mujeres. La lesión aparecía en ambos sexos con una distribución bastante similar, lo que indica que el trabajo duro no era exclusivamente masculino. Este punto resulta especialmente interesante porque rompe con una lectura demasiado automática del género en las sociedades prehistóricas. Aunque existieran normas y asociaciones simbólicas, el desgaste del cuerpo sugiere que hombres y mujeres compartían, al menos en parte, cargas físicas comparables.

El brazo derecho masculino sí cuenta una historia distinta

Donde sí aparece una señal más consistente de diferenciación es en el uso de los brazos. En los hombres de ambos yacimientos se detectó un patrón poco habitual en el brazo derecho: una distribución de lesiones que sugiere movimientos repetidos, unilaterales e intensos, comparables a los que hoy generan ciertas actividades de lanzamiento o golpeo. La coincidencia del patrón en ambas comunidades refuerza la idea de que algunos comportamientos específicamente masculinos estaban bastante extendidos en las primeras sociedades agrícolas europeas.

No sabemos con absoluta certeza qué actividad concreta provocó ese desgaste, pero las hipótesis apuntan a tareas como el uso reiterado de herramientas o armas arrojadizas. En otras palabras, hay indicios claros de que ciertas prácticas sí estuvieron asociadas de forma preferente a la población masculina. Sin embargo, esa constatación no invalida el resto del cuadro. Más bien lo complica: muestra que existían pautas colectivas, sí, pero no una división absolutamente cerrada en todos los ámbitos del trabajo.

La flexibilidad aparece justo donde las tumbas parecían más estrictas

Quizá el hallazgo más sugerente del estudio aparece en el análisis de las facetas metatarsales y su relación con los ajuares funerarios. En Csőszhalom, los individuos enterrados con herramientas de piedra pulida —objetos asociados habitualmente al mundo masculino— presentaban con mayor frecuencia huellas de posturas repetidas compatibles con actividades concretas. Eso sugiere una cierta especialización laboral vinculada al género. Pero hay un detalle decisivo: al menos una mujer enterrada con esos objetos mostraba las mismas marcas óseas.

Ese caso cambia bastante el enfoque. Porque demuestra que la asociación entre género, objeto funerario y actividad no era absoluta. Había normas, sí. Había expectativas sociales, también. Pero no una prohibición rígida que impidiera atravesar esos límites. En otras palabras, la vida real permitía trayectorias menos previsibles que las que sugiere una lectura superficial de las tumbas.

El Neolítico no fue un mundo sin normas, pero tampoco una prisión identitaria

Los arqueólogos llevaban décadas leyendo el género en los ajuares funerarios del Neolítico, pero había un problema de fondo. Ahora, 125 esqueletos analizados en Hungría muestran que la vida real fue más flexible, menos rígida y bastante más humana de lo que sugerían las tumbas
© Villotte et al. 2026.

En conjunto, el estudio apunta a una realidad social mucho más compleja que la caricatura de una división del trabajo completamente fija. Hay patrones claros: el uso asimétrico del brazo en los hombres, ciertas asociaciones funerarias, determinados objetos vinculados a una codificación del sexo. Pero también hay desviaciones significativas, cuerpos que no encajan del todo con la representación ritual, actividades compartidas, y experiencias individuales que atraviesan o matizan la norma.

Eso vuelve especialmente valiosa la comparación entre Ferenci-hát y Csőszhalom. En la primera comunidad, la diferenciación de género apenas se subraya en las tumbas. En la segunda, en cambio, la codificación simbólica es mucho más fuerte. Y, aun así, incluso allí aparecen señales de flexibilidad. Esto sugiere que la representación social del género podía intensificarse en el plano ritual sin que eso implicara una correspondencia perfecta con la vida cotidiana.

Los huesos no desmontan el género en el Neolítico, pero sí obligan a pensarlo mejor

La conclusión más interesante del trabajo no es que en el Neolítico no existieran roles de género. Sí existían. Lo que cambia es la forma de entenderlos. No eran reglas absolutas, uniformes e inmutables, sino marcos sociales dentro de los cuales había margen para variaciones, solapamientos y experiencias individuales divergentes. Eso hace a estas comunidades más reconocibles y, en cierto sentido, más cercanas: menos mecánicas, menos encorsetadas, más humanas.

A veces, la arqueología ha tendido a imaginar el pasado como un sistema demasiado ordenado, donde cada persona ocupaba un lugar fijo y cada tumba confirmaba una estructura perfecta. Este estudio recuerda algo esencial: la vida rara vez fue tan limpia como sus símbolos. Y cuando los huesos empiezan a hablar, lo que aparece no es una sociedad sin normas, pero tampoco una donde todo estaba escrito de antemano.

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