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La miel de EE.UU. todavía contiene lluvia radioactiva de las pruebas nucleares en la Guerra Fría

Ilustración para el artículo titulado
Imagen: Peter Shanks/Flickr (Other)

Una nueva investigación llevada a cabo por un equipo de la Universidad William & Mary en Williamsburg, Virginia, ha demostrado que todavía hoy se pueden encontrar rastros de lluvia radiactiva de las pruebas nucleares llevadas a cabo en las décadas de 1950 y 1960 en la miel estadounidense.

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El estudio habla del cesio-137, el isótopo radiactivo identificado que, aunque cae por debajo de los niveles considerados dañinos, las cantidades medidas enfatizan la persistencia de contaminantes ambientales en la era nuclear, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de medio siglo después de que terminaran las pruebas de bombas.

Según ha explicado el investigador principal, el geoquímico Jim Kaste:

Hubo un período en el que probamos cientos de armas nucleares en la atmósfera. Lo que hizo fue poner una capa de estos isótopos en el medio ambiente durante un período de tiempo muy estrecho.

Uno de esos isótopos fue el cesio-137, un subproducto de la fisión nuclear que implica la reacción del uranio y el plutonio, y que a menudo se puede encontrar en trazas en las fuentes de alimentos debido a dicha contaminación nuclear del medio ambiente. En cualquier caso, no estoy tratando de decirle a la gente que no debería comer miel. Yo les doy miel a mis hijos. Ahora tomo más miel que cuando comencé este proyecto, de hecho.

Dicha investigación comenzó como un seminario para estudiantes de primer año en 2017. Mientras enseñaba a sus alumnos, Kaste quería demostrarles los impactos de las pruebas de bombas H llevadas a cabo en Nuevo México, Nevada y Utah en Estados Unidos. Cuando se marcharon en las vacaciones de primavera, les pidió que trajeran alimentos vegetales de origen local de dondequiera que fueran para realizar pruebas de cesio en el laboratorio.

Así fue como descubrieron que aunque muchos de los productos mostraban detecciones diminutas de cesio, la miel de un mercado de agricultores en Raleigh, Carolina del Norte, estaba 100 veces más caliente que el resto. Según Kaste:

No podía creerlo, de verdad. Lo volví a medir porque pensé que algo le había pasado al contenedor o que mi detector estaba loco. Reproduje la medida. Y fue, de nuevo, 100 veces más fuerte que cualquiera de estos otros alimentos.

De esta forma, el investigador y sus colegas comenzaron a investigar cómo el cesio-137 podía viajar tales distancias, desde sitios aislados de pruebas atómicas hasta las plataformas de la costa este de Estados Unidos. ¿De qué forma? Tomando tarros de miel de varias regiones del país analizaron cada muestra en busca de evidencia del isótopo radiactivo. En total, se analizaron 122 muestras de miel.

Lo que encontraron fue que 68 de estas muestras contenían cantidades variables de cesio-137. Florida, Georgia y Carolina del Sur se llevaron los principales premios por ser radiactivos con mayor frecuencia, mientras que los estados al norte de Virginia tenían solo 12 muestras de un total de 40 que contenían cesio-137.

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Así surgió la siguiente pregunta: ¿cómo es que las abejas son tan buenas para recoger uno de los isótopos más peligrosos de la historia?

El estudio tiene una hipótesis:

Tras las pruebas de la bomba atómica, la lluvia radiactiva se lanzó a la atmósfera debido a los intensos gradientes de presión de las reacciones de fisión. Gran parte de esto volvió a caer y permaneció en su lugar de nacimiento, los sitios de prueba, mientras que el resto se llevó al este y regresó a la Tierra a través de la lluvia. Como el cesio-137 yacía en el suelo, tendría sentido que la miel más “radiactiva” se encontrara en lugares con más precipitaciones.

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Sin embargo, Kaste y su equipo detectaron una correlación alternativa: no era la lluvia la que se correlacionaba con el contenido de cesio-137, sino los niveles de potasio del suelo. Se trata de un elemento clave para el crecimiento de las plantas (la mayoría de fertilizantes lo llevan), y el equipo cree que como los átomos de potasio se parecen mucho a los átomos de cesio-137, las plantas piensan lo mismo.

De esta forma, cuando el suministro de potasio es bajo, es posible que las plantas estén bajando sus estándares y tomando el siguiente elemento disponible, que en este caso es, ni más ni menos, que un isótopo radiactivo de la era de la Guerra Fría.

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El resto lo hacen las abejas, que una vez se deleitan con el néctar, llevan el cesio-137 a sus colmenas y a la miel. [Nature vía IFLscience]

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