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Ciencia

La NASA encerró a 3.300 abejas en el Challenger para ver si olvidaban cómo construir sin gravedad. Siete días después habían levantado un panal casi perfecto en pleno espacio

El enjambre aprendió a volar, almacenó alimento y fabricó celdas prácticamente normales en microgravedad. La reina incluso puso 35 huevos, aunque el experimento también descubrió que la gravedad deja una marca invisible en cada panal terrestre.
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El 6 de abril de 1984, el transbordador espacial Challenger despegó del Centro Espacial Kennedy con cinco astronautas, un enorme laboratorio orbital, el equipo necesario para reparar un satélite averiado y unos pasajeros que difícilmente podían comprender dónde estaban: alrededor de 3.300 abejas y una reina.

La misión STS-41-C ha pasado a la historia por la primera reparación de un satélite en órbita. Los astronautas capturaron el Solar Maximum Mission, sustituyeron varios componentes y lo devolvieron al espacio. Sin embargo, en la cubierta intermedia del Challenger se estaba desarrollando otro experimento mucho más pequeño y extraño.

La pregunta parecía sencilla: ¿podrían las abejas construir un panal cuando ya no existiera un “abajo” que guiase su trabajo?

La idea había salido de un estudiante de instituto

La NASA encerró 3.300 abejas en el Challenger para comprobar si sabían construir sin gravedad. Siete días después habían levantado 200 centímetros cuadrados de panal
© NASA.

El proyecto nació dentro del Shuttle Student Involvement Program, una iniciativa de la NASA y la Asociación Nacional de Profesores de Ciencias de Estados Unidos. La propuesta había sido presentada por Daniel Poskevich cuando estudiaba en el instituto Waverly Central, en Tennessee.

Las abejas viajaron dentro del Bee Enclosure Module, una caja de aluminio con una cubierta transparente de policarbonato que permitía fotografiar su interior. El dispositivo contaba con tres marcos de madera, un pequeño espacio de vuelo, ventilación y un comedero con una solución azucarada. El módulo original se conserva actualmente en la colección del Museo Nacional del Aire y el Espacio del Smithsonian.

En la Tierra se mantuvo otro grupo de control en un recinto semejante. La comparación debía revelar si la microgravedad alteraba la supervivencia de las abejas, su capacidad para desplazarse y, sobre todo, la geometría de las celdas que construían.

Los primeros movimientos en órbita fueron caóticos. Sin peso y sin una dirección vertical clara, algunas abejas flotaban o chocaban contra las paredes. Pero el enjambre fue adaptándose y acabó caminando por el módulo, alimentándose y realizando vuelos cortos dentro de la cámara.

Construyeron un panal casi indistinguible de uno terrestre

La NASA encerró 3.300 abejas en el Challenger para comprobar si sabían construir sin gravedad. Siete días después habían levantado 200 centímetros cuadrados de panal
© Shutterstock.

Cuando el Challenger aterrizó en la Base Edwards el 13 de abril, después de seis días, 23 horas y 40 minutos en órbita, las abejas habían fabricado aproximadamente 200 centímetros cuadrados de panal, el equivalente a unos 31 centímetros cuadrados.

El estudio científico publicado en Apidologie explicó que el enjambre también había almacenado solución azucarada en las nuevas celdas. La densidad, la profundidad, el diámetro y el grosor de sus paredes eran muy similares a los de los panales fabricados con gravedad.

La diferencia apareció en la orientación. En la Tierra, las celdas presentan una ligera inclinación coherente respecto a la gravedad, una característica que contribuye a la estructura del panal. En órbita, las abejas conservaron la inclinación, pero las celdas no apuntaban de forma consistente hacia una misma dirección. Podían fabricar la estructura sin gravedad, aunque habían perdido la referencia que ordenaba su orientación.

La reina puso 35 huevos, pero ninguno llegó a desarrollarse

La NASA encerró 3.300 abejas en el Challenger para comprobar si sabían construir sin gravedad. Siete días después habían levantado 200 centímetros cuadrados de panal
© NASA.

La colonia también mantuvo parte de su actividad reproductiva. Durante el vuelo, la reina depositó alrededor de 35 huevos en el panal recién construido. Sin embargo, después de regresar a la Tierra y ser trasladados a una colmena convencional, ninguno consiguió eclosionar.

El experimento no demostró que una colonia pudiera reproducirse indefinidamente lejos de la Tierra. Sí reveló algo extraordinario: incluso dentro de una caja, orbitando el planeta a miles de kilómetros por hora, el comportamiento colectivo de las abejas fue capaz de reorganizarse.

Cuatro décadas después, una revisión científica sobre insectos en el espacio sigue considerando aquella misión como uno de los escasos experimentos realizados con abejas melíferas en microgravedad. Si algún día los seres humanos cultivan alimentos en hábitats cerrados fuera de la Tierra, necesitaremos comprender también cómo sobreviven y trabajan los pequeños polinizadores. En 1984, aquellas 3.300 abejas demostraron que, incluso sin un arriba ni un abajo, sabían por dónde empezar.

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