Cuando cesó la actividad minera, el paisaje parecía condenado a permanecer cubierto de excavaciones, pendientes inestables y canales artificiales. Sin embargo, lo que ocurrió durante los años siguientes convirtió aquellas cicatrices industriales en refugios para cientos de especies.
En una extensión de 300 hectáreas, los pozos que antes servían para extraer recursos comenzaron a llenarse lentamente con agua de lluvia y filtraciones subterráneas. Sin bombas que la retiraran ni trabajadores que mantuvieran despejado el terreno, el agua recuperó espacio y formó lagos, estanques y pequeñas zonas inundables.
La transformación ocurrió en Paul de Toirões, una antigua explotación minera de Portugal donde se extrajeron estaño, tungsteno y arena durante décadas. La actividad continuó hasta comienzos de 2010. Después, el silencio reemplazó a la maquinaria y el paisaje inició una evolución inesperada.
El agua convirtió las cicatrices de la mina en nuevos hábitats
La minería había dejado profundas excavaciones, desniveles pronunciados y sistemas de drenaje creados para evitar que el agua se acumulara. Una vez interrumpida la explotación, esa infraestructura dejó de cumplir su función y los antiguos pozos comenzaron a inundarse.
No todos evolucionaron de la misma manera. Algunos se transformaron en lagunas profundas y permanentes, mientras que otros dieron lugar a estanques temporales que aparecen durante las épocas más húmedas y se reducen cuando llega el calor. Esta combinación produjo una variedad de ambientes capaz de atraer plantas, insectos, anfibios, reptiles, aves y mamíferos.

La recuperación ya estaba en marcha cuando Rewilding Portugal asumió la gestión del terreno a finales de 2022. Su objetivo no fue borrar por completo el pasado minero ni reconstruir artificialmente un ecosistema, sino reforzar los procesos naturales que se habían activado durante más de una década de abandono.
Entre las primeras intervenciones, se suavizaron los bordes de algunas lagunas. Las paredes demasiado empinadas dificultaban que numerosos animales pudieran acercarse al agua o salir de ella. Al reducir las pendientes, los estanques se volvieron más accesibles y comenzaron a ofrecer mejores condiciones para la alimentación y la reproducción.
También se eliminaron varios canales de drenaje y se levantaron pequeñas barreras destinadas a retener el agua durante más tiempo. La intención era recuperar el funcionamiento de los humedales y evitar que las lluvias abandonaran rápidamente el terreno.
La vegetación nativa comenzó a recuperar el espacio perdido
La intervención también alcanzó las zonas arboladas. Algunas hileras de cipreses exóticos fueron retiradas para permitir que especies propias de la región, como los robles, volvieran a crecer sin tanta competencia.
Este cambio no produjo resultados inmediatos, pero abrió espacio para una regeneración más diversa. Con el avance de las plantas nativas, aparecieron nuevos refugios, zonas de sombra y fuentes de alimento. El paisaje dejó de ser una superficie degradada relativamente uniforme y comenzó a convertirse en un mosaico de ambientes terrestres y acuáticos.

Los primeros relevamientos confirmaron la magnitud del cambio. Entre 2023 y 2024, los especialistas identificaron 94 especies de plantas acuáticas distribuidas por los humedales de la antigua mina. La cifra reveló que incluso los sectores transformados radicalmente por la actividad industrial podían recuperar una biodiversidad notable si el agua permanecía y la vegetación tenía oportunidad de expandirse.
Los estanques temporales resultaron especialmente valiosos. Aunque pueden parecer menos importantes que los grandes lagos, proporcionan espacios de reproducción para anfibios e insectos y zonas de alimentación para numerosas aves. Al secarse parcialmente durante determinadas épocas, también generan condiciones distintas que favorecen a organismos adaptados a esos ciclos.
Más de 200 especies encontraron refugio entre los antiguos pozos
Para conocer mejor la fauna presente, los investigadores recurrieron a análisis de ADN ambiental. Esta técnica permite detectar rastros genéticos dejados por los organismos en el agua, el suelo y otros elementos del entorno, incluso cuando los animales son difíciles de observar directamente.
Los resultados permitieron registrar más de 200 especies en el conjunto del predio. Entre ellas aparecieron nutrias, tortugas, anfibios, libélulas y numerosas aves. El lugar también comenzó a recibir especies como la cigüeña negra, el aguilucho lagunero, la espátula común y el alcotán europeo.

Los antiguos pozos ya no son únicamente vestigios de la minería. Ahora funcionan como puntos de alimentación, descanso y reproducción dentro de un paisaje que continúa cambiando. La combinación de lagos permanentes, charcas estacionales, vegetación emergente y áreas boscosas ofrece oportunidades para animales con necesidades muy diferentes.
La recuperación todavía no ha terminado. Rewilding Portugal planea repetir los relevamientos durante los próximos años para comprobar cómo evoluciona la biodiversidad a medida que crecen los robles, se consolidan los humedales y aparecen nuevas especies.
Paul de Toirões no volvió al estado que tenía antes de la minería. En su lugar, está surgiendo un ecosistema distinto, construido sobre las huellas de la explotación. Dieciséis años después del cierre, aquello que parecía un terreno arruinado demuestra que, cuando el agua regresa y recibe el espacio necesario, la naturaleza puede convertir incluso una mina abandonada en un refugio lleno de vida.