La finca, ubicada en Sutherland, a unos 80 kilómetros al norte de Inverness, se convirtió en lo que hoy se conoce como la Reserva Natural de Alladale. Según describe el propio sitio oficial de Alladale, durante los primeros diez años se plantó más de un millón de árboles nativos (pino silvestre, abedul, sauce) siguiendo un patrón irregular pensado para imitar la regeneración natural de los bosques escoceses, en lugar de las hileras uniformes típicas de una plantación comercial.
El otro pilar del proyecto fue el control de la población de ciervos, que en 2003 superaba los 2000 ejemplares y devoraba cualquier brote joven antes de que pudiera convertirse en árbol adulto. Con cacerías de manejo y kilómetros de cercos de protección, la reserva redujo esa población a alrededor de 600 animales, el número que sus gestores consideran compatible con la regeneración del bosque.
36 ardillas y el regreso de una especie casi perdida

El giro decisivo llegó en 2013, cuando Alladale liberó 36 ardillas rojas (Sciurus vulgaris) en la reserva y en fincas vecinas, en sociedad con la Fundación Roy Dennis para la Vida Silvestre, una organización escocesa especializada en reintroducción de fauna. Los ejemplares provenían de distintas poblaciones estables de Escocia, elegidos así de forma deliberada para evitar problemas de consanguinidad genética en el nuevo núcleo poblacional.
La ardilla roja es nativa de Gran Bretaña, pero estuvo cerca de desaparecer por una combinación de factores: durante años se la persiguió por considerarla una plaga, perdió gran parte de su hábitat forestal, y a partir del siglo XX debió competir con la ardilla gris, una especie introducida desde Norteamérica que no solo le disputa el alimento sino que porta un virus (la viruela de la ardilla) letal para las ardillas rojas y prácticamente inofensivo para las grises, que actúan como portadoras inmunes.
El ciclo que un roedor puso en marcha

El regreso de las ardillas no fue solo un logro simbólico: generó un efecto en cadena sobre el propio bosque. Estos animales entierran piñas, nueces y semillas como reserva de alimento para el invierno, y como olvidan la ubicación de buena parte de esos escondites, terminan funcionando como agentes de dispersión de semillas, lo que acelera la regeneración natural del bosque plantado. Cámaras trampa instaladas en la reserva confirmaron, con los años, que la población se reproduce con normalidad y que ya se expandió más allá de los límites originales de la finca; un relevamiento con 30 cámaras trampa realizado en 2023 detectó 56 especies distintas en la reserva, entre ellas águila real, marta y ardilla roja.
Un sueño más grande, frenado por la escala y la política
Lister nunca ocultó una ambición mayor: cercar una superficie suficiente para reintroducir lobos y osos, replicando en Escocia el efecto que tuvo el regreso del lobo en el Parque Nacional de Yellowstone sobre la vegetación y la fauna. Ese plan sigue congelado. Las regulaciones del gobierno escocés, las leyes de acceso libre a la naturaleza y el rechazo de productores ganaderos de la zona lo mantienen sin avances concretos, y el propio Lister reconoció que haría falta prácticamente el doble de la superficie actual de la reserva para volverlo viable, lo que probablemente demande alianzas con otros propietarios de tierras o quede para las próximas generaciones.
Mientras tanto, Alladale avanzó con reintroducciones de menor escala pero también significativas, como un programa de cría en cautiverio del gato montés escocés, una de las subespecies felinas más amenazadas de Europa, desarrollado junto a la Sociedad Zoológica Real de Escocia.