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Ciencia

La reproducción en la prehistoria: costumbres y métodos de nuestros antepasados

Los últimos hallazgos científicos sobre los neandertales revelan detalles asombrosos sobre su vida sexual. ¿Qué tanto se parecen —o diferencian— de nosotros? Más de lo que imaginas.
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Aunque durante años los neandertales fueron retratados como seres brutos y primitivos, la ciencia actual está desmantelando esa imagen simplista. Nuevas investigaciones nos permiten acceder, aunque sea parcialmente, a su mundo íntimo. ¿Cómo eran sus prácticas sexuales? ¿Qué nos dice la genética sobre sus costumbres? Y lo más inquietante: ¿qué tanto de su legado vive en nosotros hoy?

Un legado enterrado que comienza a revelarse

Hablar sobre la vida sexual de los neandertales puede parecer una tarea imposible, pero los avances científicos están cambiando ese panorama. A pesar de que esta especie humana se extinguió hace unos 40.000 años, los restos que han dejado —en especial sus fósiles y el material genético preservado— están arrojando luz sobre aspectos cada vez más complejos de su vida.

neandertales
© Youtube – PBS Eons

Una de las fuentes más insólitas ha sido el sarro dental. La antropóloga Laura Weyrich, de la Universidad Estatal de Pensilvania, analizó placas dentales fosilizadas de varios individuos neandertales. En uno de ellos detectó una bacteria común hoy en día en nuestras bocas: Methanobrevibacter oralis. ¿Cómo llegó allí? Entre las posibles respuestas, los besos y el compartir alimentos figuran como los más probables. Esto sugiere comportamientos sociales y afectivos que se asemejan bastante a los nuestros, incluso en lo íntimo.

Claves ocultas en la anatomía y el ADN

Entender cómo eran los órganos sexuales de los neandertales resulta crucial para comprender sus hábitos reproductivos. Gracias a la secuenciación genética lograda en las últimas décadas —reconocida incluso con el Premio Nobel de Medicina en 2022—, hoy sabemos que estos humanos arcaicos compartían muchas similitudes anatómicas con nosotros.

Por ejemplo, los chimpancés, nuestros parientes vivos más cercanos, tienen pequeñas espinas en el pene que facilitan la reproducción en especies altamente promiscuas. Sin embargo, ni los neandertales ni los denisovanos —otro grupo humano extinguido— tenían esta característica. Esto sugiere que su comportamiento sexual probablemente era más monógamo.

Los científicos creen que la ausencia de estas púas podría estar relacionada con relaciones sexuales más estables, menos agresivas y con menor competencia directa entre machos, algo que refuerza la idea de vínculos de pareja más duraderos, al estilo humano moderno.

Más activos de lo que creemos… e inclinados a la endogamia

Aunque se presume que los neandertales eran monógamos, su vida sexual probablemente era intensa. La alta mortalidad infantil y una esperanza de vida reducida obligaban a las parejas a mantener una actividad sexual frecuente para asegurar descendencia suficiente. Algunos estudios sugieren incluso varias cópulas diarias.

Image: Bart Maat / ANP / AFP (Getty Images)
Image: Bart Maat / ANP / AFP (Getty Images)

Este patrón de comportamiento también abre la puerta a una práctica poco cómoda para la moral actual: el incesto. Estudios genéticos han demostrado que muchos individuos neandertales nacieron de padres estrechamente emparentados. Esto no sólo responde a costumbres sociales distintas, sino también a un contexto geográfico de aislamiento extremo.

Durante el Paleolítico superior, se estima que en zonas de Europa central podían habitar entre 900 y 3.800 personas. Con semejante baja densidad —menos de una persona por cada 100 kilómetros cuadrados—, las opciones de pareja eran escasas. De hecho, hoy en día hay más personas en la Antártida en temporada alta. En este contexto, las uniones entre familiares no sólo eran comunes, sino posiblemente inevitables.

La paleoantropóloga María Martinón añade otro dato revelador: a pesar de que los humanos modernos y los neandertales convivieron por más de 60.000 años, el intercambio genético fue mínimo. En promedio, sólo un 3% de nuestros genes actuales proviene de ellos. Según Martinón, esto sugiere que, aunque hubo relaciones sexuales entre las dos especies, no se encontraron particularmente atractivas entre sí.

Posturas, cuerpo y evolución: el sexo cara a cara

Uno de los grandes indicios sobre las prácticas sexuales de los neandertales proviene de la anatomía comparada. En el reino animal, son pocas las especies que copulan mirándose de frente. Los humanos somos una excepción, y ese detalle podría remontarse también a los neandertales.

Algunos relatos de la era colonial afirmaban que los europeos enseñaron esta postura a los pueblos originarios americanos, pero se trata más de prejuicios racistas que de hechos históricos. Lo cierto es que la postura cara a cara no es una invención cultural reciente, sino una consecuencia directa de nuestra evolución anatómica.

El bipedismo —la capacidad de caminar erguidos— modificó profundamente la pelvis femenina. La rotación hacia adelante de la cadera y el reposicionamiento de la vagina facilitaron las relaciones sexuales en posición frontal. Esta postura no sólo permite una mayor intimidad visual, sino también mayor eficacia en la fecundación.

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© Gorodenkoff – shutterstock

Si aplicamos este conocimiento a los neandertales, es plausible pensar que, al compartir con nosotros la mayoría de estos cambios anatómicos, también pudieron mantener relaciones sexuales cara a cara. Más aún si consideramos que las necesidades emocionales, sociales y reproductivas eran similares.

Una intimidad más humana de lo que creíamos

Lejos de la caricatura del cavernícola tosco y violento, los neandertales comienzan a revelarse como seres complejos, con comportamientos sociales sofisticados y una vida íntima que no distaba tanto de la nuestra. Besaban, compartían alimentos, formaban vínculos de pareja y posiblemente hacían el amor como nosotros.

La ciencia aún no ha dicho la última palabra sobre ellos. Pero cada nuevo hallazgo arqueológico y genético abre una ventana a un pasado que no sólo nos conecta con otra especie, sino que también nos obliga a replantearnos qué significa realmente ser humano.

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