Saltar al contenido
Ciencia

La Tierra está perdiendo velocidad desde hace miles de millones de años. La Luna es la responsable de un cambio que terminará alterando para siempre la duración de nuestros días

Nuestro satélite se aleja unos cuatro centímetros cada año mientras transfiere lentamente energía de la rotación terrestre a su propia órbita. Si esa tendencia se mantuviera, habría que esperar cientos de millones de años para sumar otra hora al día.
Por

Tiempo de lectura 4 minutos

Comentarios (0)

Los días terrestres no han durado siempre 24 horas y tampoco lo harán para siempre. En el pasado remoto, nuestro planeta giraba mucho más deprisa; en el futuro lejano, cada rotación completa necesitará algo más de tiempo. El principal responsable de esta transformación es un compañero que parece limitarse a iluminar las noches: la Luna.

La atracción lunar genera mareas, pero esas enormes masas de agua no permanecen perfectamente alineadas con el satélite. La rotación de la Tierra desplaza ligeramente los abultamientos oceánicos, creando una interacción gravitatoria que frena al planeta y transfiere momento angular a la órbita lunar. Como resultado, la Tierra gira más lentamente mientras la Luna se aleja unos cuatro centímetros al año, una distancia medida mediante los reflectores instalados por las misiones Apollo.

Una extrapolación sencilla permite imaginar jornadas de 25 horas dentro de aproximadamente 200 millones de años. Sin embargo, esa cifra no debe entenderse como una cuenta atrás ni como una predicción con fecha de estreno: la velocidad a la que cambia la rotación terrestre no es constante y depende de numerosos procesos geológicos, oceánicos, atmosféricos y climáticos.

Un día dura 24 horas, salvo cuando estamos midiendo otra cosa

La Tierra está perdiendo velocidad desde hace miles de millones de años. La Luna es la responsable de un cambio que terminará alterando para siempre la duración de nuestros días
© Scott Webb.

Parte de la confusión procede de que la astronomía utiliza varias definiciones de “día”. El día solar medio (la base histórica de nuestros relojes) se fija en 24 horas. En cambio, el día sideral mide cuánto tarda la Tierra en completar una rotación respecto a las estrellas lejanas y dura aproximadamente 23 horas, 56 minutos y 4 segundos.

Los cuatro minutos de diferencia no significan que los relojes lleven siglos mintiéndonos. Mientras la Tierra gira sobre sí misma, también avanza por su órbita alrededor del Sol, de modo que necesita rotar un poco más para que el astro vuelva a ocupar la misma posición aparente en el cielo.

También existe el día solar aparente, medido entre dos pasos consecutivos del Sol por un mismo meridiano. Su duración varía ligeramente a lo largo del año debido a la órbita elíptica terrestre y a la inclinación del eje. Según el Observatorio Naval de Estados Unidos, esas diferencias diarias son del orden de segundos (en los casos extremos, cerca de medio minuto), mientras que el desfase acumulado entre un reloj solar y el tiempo medio puede alcanzar unos 16 minutos. No son jornadas civiles que repentinamente duren varias horas más o menos.

La Luna alarga el día, pero no lo hace a una velocidad constante

La NASA estima que la fricción de las mareas lunares ha incrementado históricamente la duración del día en una media cercana a 2,4 milisegundos por siglo. Otras reconstrucciones que incorporan procesos como el reajuste de la corteza después de las glaciaciones obtienen valores efectivos próximos a 1,7 u 1,8 milisegundos por siglo.

Si se dividiera la hora que falta para llegar a 25 por un ritmo aproximado de 1,8 milisegundos por siglo, el resultado rondaría los 200 millones de años. Pero se trata de una cuenta lineal aplicada a un sistema que no lo es. La posición de los continentes, la profundidad de los océanos y la forma de las costas modifican la disipación de las mareas; incluso hubo etapas en las que las mareas atmosféricas compensaron parcialmente el frenado lunar y mantuvieron la duración del día cerca de 19,5 horas durante cientos de millones de años.

Por eso, afirmar que los días “tendrán 25 horas a partir de una fecha” exagera lo que sabemos. La tendencia general está bien establecida, pero no existe un calendario capaz de señalar el año exacto.

Presas, terremotos y deshielo también cambian la rotación, aunque por muy poco

La Tierra está perdiendo velocidad desde hace miles de millones de años. La Luna es la responsable de un cambio que terminará alterando para siempre la duración de nuestros días
© INVDES.

Redistribuir masa puede acelerar o ralentizar ligeramente un objeto en rotación. En la Tierra ocurre con terremotos, corrientes oceánicas, movimientos atmosféricos, acumulaciones de agua y pérdida de hielo.

La presa china de las Tres Gargantas es uno de los ejemplos más repetidos. Sin embargo, la cifra correcta ofrecida por el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA no es de 0,6 microsegundos: si su embalse estuviera completamente lleno, la redistribución de agua aumentaría la duración del día en aproximadamente 0,06 microsegundos y desplazaría el polo unos dos centímetros.

El cambio climático puede producir un efecto mayor, aunque todavía minúsculo para la vida cotidiana. Al pasar hielo y agua subterránea hacia los océanos, una parte de la masa se desplaza hacia regiones más alejadas del eje de giro, ralentizando el planeta como un patinador que abre los brazos. La NASA calcula que entre 2000 y 2018 este proceso añadió una tendencia equivalente a 1,33 milisegundos por siglo y contribuyó al desplazamiento del eje terrestre en unos diez metros durante los últimos 120 años.

Nada de esto obligará a cambiar próximamente los relojes ni regalará una hora adicional a las generaciones futuras cercanas. Los días de 25 horas pertenecen a una Tierra tan lejana que los continentes, los océanos y probablemente las especies que la habiten serán completamente distintos. La física indica que llegarán; lo que no puede ofrecernos es una fecha exacta para apuntar en el calendario.

Compartir esta historia

Artículos relacionados