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Ciencia

La Voyager 1 está a punto de alcanzar una distancia que cambiará para siempre nuestra forma de comunicarnos con el espacio

La sonda más distante construida por la humanidad está a punto de superar un límite que parece imposible. Su viaje comenzó hace casi medio siglo y todavía guarda sorpresas.
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Hay distancias que resultan difíciles de imaginar incluso cuando se expresan con cifras. Millones de kilómetros, miles de millones y años luz son conceptos que desbordan nuestra percepción cotidiana. Sin embargo, una pequeña nave lanzada cuando todavía no existían muchas de las tecnologías actuales está a punto de alcanzar una marca que permitirá comprender mejor hasta dónde ha llegado la exploración humana.

La protagonista es la Voyager 1, una sonda espacial que lleva casi medio siglo alejándose de la Tierra. Su próximo hito no consiste en llegar a un planeta desconocido ni en descubrir una nueva estrella. Es algo aparentemente más sencillo, pero extraordinario: alcanzar una distancia desde la que la luz necesita un día entero para llegar hasta nosotros.

La fecha prevista para este acontecimiento es el 18 de noviembre. Cuando suceda, la nave habrá establecido un nuevo récord y pondrá de manifiesto una de las grandes dificultades de explorar el universo: cuanto más lejos llegamos, más complicado resulta mantener el contacto con aquello que enviamos.

Un día de luz que resume casi medio siglo de exploración

Un día luz es la distancia que recorre la luz durante 24 horas en el vacío. Aunque pueda parecer una unidad pequeña en comparación con los años luz que suelen utilizarse para describir el universo, equivale aproximadamente a 25.900 millones de kilómetros.

Para poner esa cifra en perspectiva, un año luz representa unos 9,46 billones de kilómetros. Incluso esa distancia resulta modesta cuando se compara con las dimensiones de nuestra galaxia. La estrella más cercana al Sol, después de nuestra propia estrella, forma parte del sistema de Alpha Centauri y se encuentra a unos 4,2 años luz de distancia.

La Voyager 1, por su parte, se aproxima al umbral de un día luz después de 49 años de viaje. Según los cálculos de la NASA, cruzará esa frontera el 18 de noviembre, a las 5:16 de la madrugada en la costa este de Estados Unidos, aproximadamente a las 11:16 en la España peninsular.

La fecha marcará un momento histórico para la exploración espacial. Ningún otro objeto fabricado por seres humanos ha llegado tan lejos de nuestro planeta.

Pero la distancia también tendrá una consecuencia práctica. A partir de ese momento, una orden enviada desde la Tierra necesitará aproximadamente 24 horas para alcanzar la nave. Si la Voyager 1 responde inmediatamente, la señal tardará otro día en regresar. En otras palabras, una comunicación completa requerirá alrededor de 48 horas, incluso sin contar posibles demoras adicionales.

Y el tiempo seguirá aumentando a medida que la sonda continúe su recorrido por el espacio interestelar.

Voyager 2 salió de la Tierra en 1977 y todavía nos habla desde el espacio interestelar. La NASA acaba de encontrar una forma de robarle al menos un año más antes de que empiece a apagarse para siempre
© NASA/JPL-Caltech.

Dos sondas que cambiaron nuestra visión del sistema solar

La historia comenzó en 1977, cuando la NASA lanzó dos naves prácticamente gemelas: Voyager 2, el 20 de agosto, y Voyager 1, el 5 de septiembre. Aunque la segunda despegó después, siguió una trayectoria más rápida que le permitió adelantarse a su compañera.

El objetivo inicial era aprovechar una alineación excepcional de los planetas gigantes para estudiarlos de cerca. Aquella oportunidad permitió realizar observaciones que no habrían sido posibles mediante telescopios terrestres.

Las sondas revelaron detalles sorprendentes de Júpiter y Saturno, así como de Urano y Neptuno, que fueron visitados por la Voyager 2. Entre los descubrimientos más llamativos estuvo la intensa actividad volcánica de Ío, una de las lunas de Júpiter, cuya superficie alberga volcanes capaces de expulsar material a enormes alturas.

También estudiaron los anillos de Saturno, los campos magnéticos planetarios y numerosas lunas que ampliaron el conocimiento científico del sistema solar.

La misión terminó convirtiéndose en algo mucho más ambicioso que un recorrido por los planetas. Las dos naves continuaron funcionando cuando sus objetivos originales ya se habían cumplido, prolongando una aventura que pocos esperaban que llegara tan lejos.

La famosa imagen conocida como Punto azul pálido, tomada por la Voyager 1 en 1990 a petición del astrónomo Carl Sagan, mostró la Tierra como un diminuto punto suspendido en la oscuridad. Aquella fotografía se transformó en un recordatorio de la fragilidad de nuestro planeta y de su insignificancia aparente frente a la inmensidad cósmica.

La frontera que las llevó más allá de la influencia del Sol

En agosto de 2012, la Voyager 1 atravesó la heliopausa, el límite de la heliosfera, la región dominada por el viento solar. Se convirtió así en la primera nave humana en entrar en el espacio interestelar. Su gemela alcanzó esa frontera en 2018.

Esto no significa que ambas hayan escapado por completo de la influencia gravitatoria del Sol, que se extiende mucho más lejos. Sin embargo, sí comenzaron a explorar un entorno diferente, donde pueden medir partículas y campos magnéticos que ayudan a los científicos a comprender las condiciones existentes fuera de la burbuja solar.

Cada nueva medición aporta información sobre una región que ninguna otra nave había explorado directamente.

La Voyager 1 no dispone de cámaras activas para seguir fotografiando los planetas. Sus instrumentos visuales se apagaron hace décadas para ahorrar energía. En esta etapa, su valor científico depende de los instrumentos que todavía funcionan y de los datos que consigue transmitir a la Tierra.

La Voyager 2 también continúa su recorrido, aunque necesitará más tiempo para alcanzar la misma distancia. Las estimaciones sitúan su llegada al límite de un día luz en noviembre de 2035, unos nueve años después que su compañera.

El desafío de mantener con vida a dos máquinas de los años setenta

La supervivencia de las Voyager constituye uno de los mayores logros de la ingeniería espacial. Las sondas no utilizan paneles solares, ya que se encuentran demasiado lejos del Sol para obtener energía suficiente de esa manera.

En su lugar, dependen de generadores termoeléctricos de radioisótopos, que convierten en electricidad parte del calor producido por la desintegración del plutonio. El sistema es fiable, pero su capacidad disminuye gradualmente con el paso del tiempo.

Las naves pierden aproximadamente cuatro vatios de potencia cada año. Para prolongar su funcionamiento, los ingenieros han tenido que apagar calentadores y equipos científicos, priorizando aquellos instrumentos que todavía pueden ofrecer información valiosa.

Cada decisión supone un equilibrio entre conservar energía y mantener las mediciones más importantes. Además, los problemas técnicos resultan especialmente difíciles de resolver porque las señales tardan muchas horas en recorrer la distancia entre la Tierra y la nave.

En los últimos años, el equipo de la misión también ha trabajado para solucionar fallos informáticos y recuperar sistemas que llevaban décadas sin utilizarse. Estas intervenciones demuestran que todavía es posible mantener operativas tecnologías diseñadas en una época muy diferente.

Los cálculos más optimistas apuntan a que las sondas podrían continuar enviando información durante otros 10 o 15 años, aunque su duración real dependerá de la evolución de sus sistemas.

Un mensaje de la Tierra que seguirá viajando durante miles de años

Cuando finalmente se agote su energía, las Voyager dejarán de comunicarse con nosotros. Sin embargo, eso no significará el final de su viaje.

Las dos naves seguirán desplazándose por el espacio durante millones de años, incluso después de que sus instrumentos hayan dejado de funcionar. En su interior transportan el Disco de Oro, un registro preparado para representar a la humanidad ante posibles civilizaciones extraterrestres.

El disco contiene sonidos, música, saludos en distintos idiomas e imágenes seleccionadas para ofrecer una pequeña muestra de la vida en la Tierra. Su propósito es simbólico y científico: dejar un mensaje humano en un viaje que podría prolongarse mucho más allá de nuestra propia historia.

Dentro de unos 40.000 años, ambas sondas pasarán relativamente cerca de otras estrellas, aunque eso no significa que vayan a alcanzar planetas habitados ni que exista una probabilidad conocida de que alguien encuentre los discos.

El próximo 18 de noviembre, la Voyager 1 estará un paso más lejos de nosotros que cualquier otra creación humana. Un día de luz puede parecer una distancia modesta en términos astronómicos, pero representa algo extraordinario: la capacidad de una especie para enviar una máquina más allá de su entorno inmediato y mantenerla en funcionamiento durante décadas.

Y mientras la señal de la nave tarde cada vez más en regresar, su viaje seguirá recordándonos que la exploración del universo no termina cuando dejamos de ver nuestro planeta. Apenas comienza cuando nos atrevemos a mirar más allá.

 

[Fuente: ABC]

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