Cuando las cabras llegaron a las islas Galápagos no lo hicieron por accidente. Marineros, piratas y balleneros las liberaron deliberadamente para disponer de una reserva de carne durante sus futuros viajes. El problema apareció mucho después: sin grandes depredadores y rodeados de vegetación que nunca había evolucionado frente a un herbívoro semejante, aquellos pocos animales se multiplicaron hasta transformar el paisaje.
A finales del siglo XX, la situación era especialmente grave en Santiago, Pinta y el norte de Isabela. Las cabras arrancaban plantas, descortezaban árboles y competían directamente con las tortugas gigantes por el alimento. En el volcán Alcedo, al norte de Isabela, su población llegó a estimarse en unos 100.000 ejemplares. El sobrepastoreo había dejado zonas erosionadas y alterado hábitats donde vivían algunas de las especies más singulares del planeta.
La respuesta fue el Proyecto Isabela, desarrollado por el Parque Nacional Galápagos y la Fundación Charles Darwin entre 1997 y 2006. A menudo se afirma que fueron eliminadas más de 200.000 o 250.000 cabras, pero el estudio científico que reconstruyó la operación documenta más de 140.000 animales retirados de unas 500.000 hectáreas. La cifra superior parece proceder de estimaciones iniciales de población y de recuentos más amplios, no del balance confirmado de la campaña.
Los helicópteros resolvieron la parte sencilla; el problema eran las últimas cabras
Los equipos comenzaron con cazadores a pie, perros entrenados y operaciones aéreas. Desde los helicópteros podían localizar grandes grupos en terrenos volcánicos abiertos y eliminar rápidamente una parte importante de la población. La estrategia funcionaba mientras quedaban rebaños numerosos, pero se volvía cada vez menos eficaz a medida que sobrevivían animales aislados y más difíciles de encontrar.
Y en una erradicación no basta con eliminar el 90% o el 99%. Una sola pareja puede reproducirse y reconstruir la población en pocos años. El verdadero desafío consistía en localizar hasta el último ejemplar escondido entre barrancos, campos de lava y vegetación densa.
Los conservacionistas recurrieron entonces a las llamadas cabras Judas. Capturaban algunos ejemplares, los esterilizaban, les colocaban radiotransmisores y volvían a liberarlos. Como son animales sociales, aquellas cabras buscaban instintivamente a otras. Los cazadores seguían su señal, eliminaban al pequeño grupo encontrado y dejaban viva a la rastreadora para que repitiera el proceso.
En el norte de Isabela llegaron a utilizarse unas 770 cabras Judas. Algunas hembras fueron además inducidas hormonalmente para permanecer receptivas durante más tiempo y atraer especialmente a los machos; recibieron el nombre de “Mata Hari”. Esta adaptación resultó decisiva para localizar a los últimos supervivientes cuando los métodos convencionales ya no funcionaban.
Eliminar las cabras no reconstruyó el ecosistema de inmediato, pero le permitió respirar

El objetivo no era acabar con los animales por considerarlos dañinos en sí mismos. Las cabras domésticas formaban parte del problema porque habían sido introducidas en un sistema insular que no podía soportar su presión. En Galápagos, muchas plantas crecieron durante milenios sin grandes mamíferos capaces de devorarlas, pisotearlas o impedir su regeneración.
Tras completar las campañas, la vegetación comenzó a recuperarse rápidamente en Santiago y el norte de Isabela. Volvieron a crecer arbustos, árboles y especies endémicas que habían quedado reducidas a zonas inaccesibles. En Santiago, Galápagos Conservancy describe una recuperación veloz que incluye plantas amenazadas presentes únicamente en la isla.
El cambio también llegó a los animales. Un estudio publicado en Biological Conservation comparó poblaciones del rascón de Galápagos antes y después de retirar cabras, cerdos y burros de Santiago. Su densidad aumentó de manera notable, en gran parte porque la recuperación de la vegetación devolvió la cobertura húmeda y densa que esta pequeña ave necesita para sobrevivir.
Investigaciones posteriores sobre su genoma concluyeron que la eliminación de las cabras fue importante para evitar episodios graves de endogamia en varias poblaciones. Es decir, el proyecto no solo recuperó plantas visibles: también ayudó a preservar la diversidad genética de especies que dependían de esos hábitats.
La operación fue un éxito, pero la naturaleza no regresó exactamente al punto de partida
La recuperación tampoco significa que las islas hayan vuelto automáticamente al estado anterior a la llegada humana. Algunos ecosistemas conservan huellas del pastoreo y, cuando desaparece un herbívoro abundante, la vegetación puede crecer de forma distinta a la histórica. Estudios realizados en otras islas de Galápagos muestran que los arbustos y árboles se recuperan después de eliminar las cabras, aunque la composición final no siempre reproduce el paisaje original.
Las tortugas gigantes también desempeñan un papel fundamental. Al comer plantas, dispersar semillas y abrir senderos, actúan como ingenieras del ecosistema. Retirar a las cabras eliminó una presión artificial, pero recuperar por completo los procesos naturales exige proteger y, en algunos lugares, restaurar también las poblaciones de tortugas.
El Proyecto Isabela terminó costando unos 10,5 millones de dólares y se convirtió en la mayor erradicación insular de cabras realizada hasta entonces. Su legado no es únicamente el número de animales retirados, sino una idea mucho más poderosa: incluso un ecosistema devastado durante siglos puede conservar suficiente capacidad para reconstruirse cuando desaparece la presión que lo mantenía al límite.