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Tecnología

Las baterías ya no tendrían que dictar la forma de nuestros dispositivos. Investigadores imprimieron en 3D un electrolito capaz de adaptarse a casi cualquier diseño

Un equipo de la Universidad de Texas en El Paso desarrolló un electrolito polimérico en gel que puede imprimirse en 3D con geometrías complejas y un rendimiento cercano al de materiales convencionales. El avance no crea todavía una batería comercial lista para usar, pero sí apunta a una idea poderosa: que el almacenamiento de energía pueda integrarse en la forma del dispositivo, y no al revés.
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Durante años, muchos dispositivos han tenido que diseñarse alrededor de una limitación bastante poco glamorosa: la batería. Da igual si hablamos de un reloj inteligente, un implante médico, un dron o un componente aeroespacial. La celda ocupa espacio, tiene una forma concreta y obliga a los ingenieros a reservarle un hueco. Ahora, un equipo de investigadores de la Universidad de Texas en El Paso quiere cambiar esa relación de fuerzas.

Según informó la propia UTEP, el grupo liderado por Alexis Maurel, del Departamento de Ingeniería Metalúrgica, de Materiales y Biomédica, desarrolló una forma de imprimir en 3D un componente esencial de las baterías en casi cualquier forma. La investigación fue realizada junto con Sandia National Laboratories y publicada en Communications Engineering, una revista del grupo Nature.

El componente silencioso que hace funcionar una batería

El protagonista del estudio no es el electrodo, ni el litio como tal, sino el electrolito. Es la parte de la batería que permite el movimiento de iones entre los electrodos, haciendo posible la carga y descarga. En muchas baterías convencionales, ese electrolito es líquido y debe estar encerrado dentro de una carcasa rígida para evitar fugas y problemas de seguridad.

El equipo de UTEP trabajó con una alternativa: un electrolito polimérico en gel. De acuerdo con el artículo publicado en Communications Engineering, los investigadores combinaron una resina fotocurable PEGDA con un electrolito líquido de litio y después imprimieron el material mediante fotopolimerización en cuba, una técnica en la que la luz endurece el material capa por capa.

La clave está en que el resultado no es solo imprimible. También funciona. El estudio reporta conductividades iónicas de hasta 3,4 × 10⁻³ S/cm en la formulación basada en DEC y 3,1 × 10⁻³ S/cm en la basada en PC, valores cercanos a los obtenidos con electrolitos fabricados mediante métodos convencionales. Los autores también identificaron una proporción óptima de una parte de resina por cuatro partes de electrolito, capaz de equilibrar rendimiento electroquímico y buena impresión.

Imprimir baterías en aire ambiente también importa

Las baterías ya no tendrían que dictar la forma de nuestros dispositivos. Investigadores imprimieron en 3D un electrolito capaz de adaptarse a casi cualquier diseño
© UTEP.

Uno de los detalles más interesantes del trabajo está en lo que no hizo falta usar. Muchas investigaciones sobre baterías requieren atmósferas controladas, cámaras selladas o condiciones libres de oxígeno y humedad. En este caso, según UTEP, los electrolitos pudieron imprimirse en aire ambiente de laboratorio y conservaron su rendimiento.

Eso no significa que mañana cualquier impresora 3D doméstica pueda fabricar baterías avanzadas. Pero sí reduce una barrera importante: si un proceso solo funciona en condiciones muy delicadas, su escalado industrial se vuelve más difícil y caro. En cambio, una técnica compatible con condiciones más normales puede acercarse con más facilidad a laboratorios universitarios, centros tecnológicos y líneas piloto de fabricación.

El estudio también comprobó estabilidad electroquímica hasta aproximadamente 4,5 voltios frente a Li⁰/Li⁺ y pruebas de deposición y disolución de litio durante más de 100 ciclos en celdas simétricas. No es el final del camino, pero sí una señal de que el material puede comportarse como algo más que una demostración bonita de impresión 3D.

La batería deja de ser una caja

Para mostrar la libertad de diseño, el equipo imprimió discos, una estructura tipo panal y un cubo sólido de un centímetro. Son formas simples, pero sirven para ilustrar el cambio de mentalidad: en lugar de colocar una batería estándar dentro de un producto, se podría diseñar el almacenamiento de energía para que encaje en los espacios disponibles del propio dispositivo.

Alexis Maurel lo resumió de forma directa en el comunicado de UTEP: durante años, la forma de la batería ha dictado la forma del dispositivo que alimenta; con este avance, los investigadores muestran que un componente electrolítico de alto rendimiento puede imprimirse con prácticamente cualquier geometría y colocarse donde se necesite.

Las aplicaciones más obvias están en campos donde cada milímetro cuenta: dispositivos médicos implantables, sensores portátiles, electrónica flexible, drones, robótica o piezas aeroespaciales. En esos entornos, una batería con forma de bloque puede ser un problema. Una batería integrada en la estructura del producto, en cambio, podría ahorrar espacio y peso.

Todavía no es una batería comercial

Conviene poner el avance en su sitio. Lo que UTEP ha demostrado no es una batería completa lista para llegar al mercado, sino un componente fundamental que podría integrarse en futuras celdas de litio más personalizables. La propia universidad señala que el siguiente paso del equipo será refinar las formulaciones e incorporar estos electrolitos impresos en celdas completas.

Ese camino exigirá resolver varias cuestiones: durabilidad a largo plazo, compatibilidad con electrodos reales, comportamiento bajo estrés mecánico, seguridad térmica y escalado de producción. Además, una batería no mejora solo porque tenga una forma más libre. También debe ofrecer suficiente densidad energética, estabilidad y coste competitivo.

Aun así, el avance apunta hacia una dirección clara. La electrificación está haciendo que cada vez más objetos necesiten almacenar energía: desde wearables hasta sensores ambientales, vehículos ligeros, robots o dispositivos médicos. No todos caben bien dentro de la lógica de una batería rectangular.

La impresión 3D de electrolitos no elimina de golpe las limitaciones del almacenamiento energético. Pero sí abre una puerta sugerente: que la batería deje de ser ese bloque que condiciona el diseño y se convierta en una pieza moldeable, integrada y casi invisible. En un futuro lleno de objetos conectados y electrificados, esa libertad de forma puede ser tan importante como unos minutos más de autonomía.

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