Las vacunas se diseñan para enseñarle al sistema inmunitario a reconocer amenazas concretas, pero durante los últimos años diferentes estudios han detectado una asociación inesperada que parece ir mucho más allá de evitar una infección. Personas vacunadas contra enfermedades tan distintas como herpes zóster, gripe, neumococo, hepatitis o tétanos han mostrado, en determinados trabajos poblacionales, un menor riesgo posterior de desarrollar demencia.
La relación más consistente se ha observado con la vacuna contra el herpes zóster, aunque encontrar un patrón similar con vacunas dirigidas contra patógenos completamente diferentes ha abierto una pregunta mucho más interesante: ¿es posible que la vacunación esté modificando nuestra respuesta inmunitaria de una manera que también termine protegiendo al cerebro?
El sistema inmunitario también podría tener una memoria que desconocíamos
Tradicionalmente se consideraba que la capacidad de recordar un patógeno pertenecía principalmente al sistema inmunitario adaptativo, formado, entre otros componentes, por los linfocitos T y B. Después de una vacuna, estas células aprenden a identificar una amenaza determinada y responden con mucha mayor rapidez si vuelven a encontrarla.
El sistema inmunitario innato, en cambio, era visto como una defensa mucho más básica e inespecífica que reaccionaba rápidamente ante cualquier amenaza, pero sin conservar memoria de encuentros anteriores.

Esa idea empezó a cambiar en 2011 con el concepto de inmunidad entrenada. Diferentes investigaciones demostraron que algunas células de la inmunidad innata también pueden experimentar modificaciones duraderas después de una infección o vacunación, haciendo que respondan de manera diferente frente a estímulos posteriores.
El proceso no modifica la secuencia del ADN, sino que produce cambios epigenéticos, pequeñas modificaciones químicas capaces de alterar qué genes se activan y con qué intensidad.
Una vacuna contra la tuberculosis ofreció una pista importante
Una de las vacunas que ayudó a consolidar esta teoría fue la BCG, utilizada principalmente contra la tuberculosis. Experimentos realizados tanto en animales como en humanos mostraron que su administración podía potenciar respuestas inmunitarias no solo frente a Mycobacterium tuberculosis, sino también frente a microorganismos completamente diferentes.
Es decir, parecía preparar de alguna manera las defensas innatas para responder mejor a amenazas que la propia vacuna nunca había sido diseñada para combatir.
Lo interesante es que un estudio de 2023 también encontró una asociación entre recibir BCG y un menor riesgo de demencia, sumándose a los resultados obtenidos con otras vacunas.
El herpes zóster tiene una explicación sencilla. La gripe complica el misterio
En algunos casos existe una explicación relativamente directa. El virus varicela-zóster permanece escondido durante décadas en las células nerviosas y puede reactivarse con la edad. Evitar esa reactivación podría reducir episodios inflamatorios que, con el paso del tiempo, contribuyan al deterioro cerebral.
Sin embargo, esta teoría resulta menos evidente cuando aparecen asociaciones similares con otras vacunas.
Un gran estudio reciente sobre vacunación contra la gripe encontró incluso que las dosis altas administradas a personas mayores se asociaban con una reducción del riesgo de demencia superior a la observada con dosis estándar. Ese posible efecto dependiente de la dosis ha reforzado el interés por estudiar mecanismos que vayan más allá de prevenir simplemente una infección concreta.

La hipótesis apunta hacia la inflamación del cerebro
Los investigadores proponen que la inmunidad entrenada podría ayudar a mantener mejor controlados diferentes microorganismos y modular la respuesta inflamatoria del organismo. Esto, a su vez, podría disminuir episodios de neuroinflamación, un proceso relacionado con distintas enfermedades neurodegenerativas.
La idea sigue siendo una hipótesis y todavía no permite afirmar que las vacunas prevengan directamente la demencia. Gran parte de la evidencia procede de asociaciones observacionales, por lo que será necesario identificar con precisión los mecanismos involucrados.
Aun así, el fenómeno abre una posibilidad fascinante: una vacuna diseñada para protegernos de una infección podría estar modificando nuestras defensas de una forma mucho más amplia y duradera de lo que imaginábamos, con efectos que quizá lleguen incluso hasta el envejecimiento del cerebro.