Aunque las luces de la ciudad nos resultan indispensables para la seguridad y el confort nocturno, la ciencia comienza a desvelar un lado menos conocido de esta claridad artificial. Nuevas investigaciones demuestran que la vegetación urbana está modificando su comportamiento de formas que podrían tener un impacto mucho mayor del que imaginamos. Te contamos qué se ha descubierto y por qué nos concierne a todos.
Cuando la noche no es noche: cómo las luces de la ciudad engañan a las plantas
En nuestras urbes, la oscuridad ya no es lo que era. Los faroles, carteles luminosos y pantallas mantienen la noche bajo un resplandor constante que, según un estudio publicado en Nature Cities, está reprogramando el reloj interno de las plantas. Los datos satelitales analizados en 428 ciudades del hemisferio norte entre 2014 y 2020 revelaron que la vegetación urbana brota unos 12 días antes en primavera y retrasa su letargo otoñal más de 11 días respecto a la vegetación rural.

El equipo de investigación, liderado por Lin Meng de la Universidad Vanderbilt, empleó técnicas avanzadas para aislar el impacto de la luz artificial frente a otros factores como la temperatura o la contaminación. En muchos casos, la luz nocturna resultó ser un factor más determinante que el propio efecto de “isla de calor” característico de las ciudades.
Un fenómeno desigual con consecuencias inesperadas
El impacto de la luz artificial no se distribuye por igual: las ciudades de Europa y Asia oriental destacan por adelantar más la brotación, mientras que en Norteamérica el retraso otoñal es mayor. El tipo de vegetación, las políticas de alumbrado y el clima local parecen modular estos efectos. Y hay un protagonista clave: el uso creciente de luces LED de espectro azul, que activan receptores de luz en las plantas y prolongan su actividad.

Si bien un ciclo de crecimiento más largo podría contribuir a la captura de carbono y ofrecer beneficios ambientales, también entraña riesgos. Los desajustes fenológicos pueden favorecer especies invasoras, alterar la relación con los polinizadores o agravar alergias por el alargamiento de la temporada de polen, como ya se ha visto en algunas ciudades estadounidenses.
Hacia un alumbrado más responsable
Los autores del estudio proponen soluciones sencillas pero efectivas: reducir la intensidad lumínica en zonas verdes, emplear espectros cálidos y rediseñar la orientación de las luces. En un mundo cada vez más iluminado, repensar cómo y dónde encendemos nuestras farolas podría ser clave para armonizar la vida urbana con los ciclos de la naturaleza.
Fuente: Meteored.